Vengo de una familia bastante tradicional y de ciencias. Mi padre era economista y mi madre dejó sus estudios para cuidarnos. Luego no se cansaría de repetirme: «No hagas lo mismo que yo, hija». Fui a la universidad en Barcelona, mi ciudad natal, y acabé haciendo periodismo y comunicación. La elección no fue recibida con excesivo entusiasmo en casa, pero siempre me apoyaron para que estudiara lo que me hiciera feliz.

Me fui de Erasmus a Lisboa, una experiencia que me abrió nuevos horizontes y me generó unas ganas tremendas de ver mundo. Así que al acabar los estudios me fui a Nueva Zelanda. Desde allí salté a Francia para formarme en gestión cultural. Me trasladé a Islandia, donde me metí en el mundo de los festivales de cine, que me llevaron a Holanda. Después, a México, pero una llamada familiar me obligó a volver. Para entonces yo ya llevaba tres o cuatro años fuera de casa. Vivía en un ambiente internacional, que intenté buscar —sin éxito— en el mundo del cine de Barcelona.

Un día, a través de una amiga, me uní a un grupo de personas que querían montar eventos relacionados con el mundo del emprendimiento. Yo no tenía ni idea de qué iba aquello, pero tenía tanta curiosidad que decidí quedarme en la ciudad. Ahí se abrió un mundo que ni siquiera sabía que existía: gente lanzando proyectos en diferentes sectores por su propia cuenta y riesgo, que hacían uso de la tecnología, que se movían en un contexto internacional… Todo eso me fascinó. Luego, conocí a Cecilia Tham y su proyecto Mob Makers of Barcelona, un lugar en el que las personas pueden juntarse para compartir y desarrollar ideas. Ya no quise irme. Me fie de mi intuición.

Al principio era algo que desconocía por completo, pero me di cuenta de que muchas personas iban aprendiendo y construyendo cosas sobre la marcha. Era gente con una enorme motivación de querer cambiar las cosas. Allí pasé cinco años que para mí fueron como uno. Al mismo tiempo fue la relación más larga que había tenido hasta el momento. Pude aprender a empaparme del espíritu emprendedor, del poder de la comunidad, de tener valores que te unen con otras personas, y la capacidad propia de aprender y crear. 

Estábamos en un momento en el que había mucha gente joven en el paro y, a la vez, no dejaba de subir la demanda de perfiles tecnológicos. Cuando llevaba un lustro de estar rodeada a diario de emprendedores y emprendedoras me dije: «Este es mi momento. Ahora tengo que ir sola». Creo que es algo que nunca me hubiese planteado si no hubiese visto cómo muchas personas como yo lo hacían. Y no solo eso: me sentí muy apoyada; me encontraba en un lugar seguro para emprender.

Entonces, Cecilia y yo decidimos combinar todos los ingredientes que formaban parte de la esencia de Mob Makers of Barcelona —emprendimiento, tecnología, creatividad…— en una receta que acabó convirtiéndose en un programa formativo que diese respuesta al gap tecnológico que hay entre hombres y mujeres.  Así nació en 2018 la precuela de AllWomen: Future Funded, un crowdfunding que permitía a las mujeres recaudar financiación para poder formarse en tecnología. Lo que pretendíamos era darle una identidad propia a lo que estábamos haciendo con los programas de formación.

Al principio era un proyecto mixto, sin género, pero Cecilia y yo fuimos a una conferencia sobre tecnología donde solo había una mujer como ponente. En ese momento vimos claro que teníamos que enfocarlo hacia las mujeres. La iniciativa consistía en que diferentes personas (familiares, amigos, vecinos, empresas) podían aportar financiación para que tú pudieses formarte a cambio de que, por ejemplo, luego prestases los servicios digitales que necesitasen. Ese proyecto, que en su versión teórica es increíble porque diferentes partes de la sociedad aportan y reciben, en la práctica fue un fracaso total como negocio. Eso sí, hubo muchos aprendizajes. 

Si lo llamo la precuela de AllWomen se debe precisamente a que, un día, tomando un café con una de las chicas a las que conseguimos financiación, nos comentó que estaba aprendiendo mucho en el curso, pero que todos los proyectos con los que estaban poniendo en práctica sus nuevas habilidades estaban orientados a los hombres. Por ejemplo, nos habló de proyectos en los que debían conseguir crear un battleship o un partido de fútbol.

Esto fue una anécdota que me hizo hacer el clic. Me di cuenta de que estábamos enviando a mujeres a espacios diseñados por y para hombres. Y pensé que si orientábamos esos proyectos a productos más universales o con los que las mujeres se sintieran más identificadas, el aprendizaje sería mucho mayor. Por ejemplo, nosotros creamos Happiness Scores y analizamos cuáles son los índices que miden la felicidad en el mundo. 

Esa anécdota, ese café con esa chica que conocimos a través de ese proyecto fallido, nos llevó a pensar que si diseñábamos la experiencia poniéndonos a nosotras en el centro el aprendizaje mejoraría. También nos preguntamos: «¿Qué pasaría si las profesoras fueran mujeres con las que poder compararse, que pudiesen explicar qué barreras han tenido en el terreno profesional, con las que hacer networking…?» Equivocándote aprendes un montón. Ese fue mi primer año de emprender sin formación previa en la empresa, que es una parte importante para emprender. Luego, a Cecilia y a mí solo nos hizo falta un gin-tonic para pasar del proyecto inicial a AllWomen. 

En AllWomen decidimos conservar la parte de la comunidad de Future Funded: sabíamos que es un gran asset y nuestra gasolina para crear. Podría decir que la comunidad forma parte del ADN de un proyecto en el que damos clase a mujeres adultas que, o bien tienen una experiencia profesional en un sector y quieren cambiar radicalmente y sumergirse en el entorno digital, o que buscan añadir una capa de tecnología digital a su cátedra. Y de esto hace ya cuatro años.

En todo este tiempo he podido ver cómo la brecha de género en el sector tecnológico está empezando a resolverse. Cuando lanzamos AllWomen recibimos bastantes críticas por ser un proyecto solo para mujeres. En su mayoría procedían de trolls de las redes sociales, pero también de esferas profesionales donde te decían que el talento no tiene género. Y, claro, al principio tuvimos que hacer mucho hincapié en que, si no tiene género, ¿por qué todos los CEOs son hombres?

Ahora veo que se está intentando comprender y abordar el problema. A nivel social somos conscientes de que existe una brecha. Sin embargo, me da la sensación de que son sobre todo las mujeres las que intentan armarse de valor y fuerza para acabar con la situación. Eso está bien, pero no es suficiente: las empresas también tienen que creérselo de verdad y actuar. Es cierto que algunas están cambiando su cultura, pero aunque las mujeres intentemos formar parte del ámbito digital, la demanda de las empresas va tan rápido que nosotras llegamos tarde todo el rato. 

Se trata de un problema que se arrastra desde la infancia. En los libros de texto, por ejemplo, faltan referentes de mujeres tecnólogas o científicas. A los niños y niñas de pequeños se les pone etiquetas y se les dice lo que les tiene que gustar, y luego en la adolescencia es complicado llevar la contraria. A mí me da la sensación de que estudié lo que estudié porque era una carrera más femenina. Nadie me dijo que podía dirigir una empresa y ahora es lo que más me gusta.

Desde pequeños nos cargamos con esos estereotipos en los que nos han encasillado. Ir luego a contracorriente es muy difícil. Es algo que percibo con algunas alumnas, mujeres adultas que tienen el síndrome de la impostora: creen que no pueden, que no son capaces o que es imposible. Y claro que son capaces, es cuestión de tiempo y esfuerzo. El problema es que a ti ya te han insistido en que para las mujeres es muy difícil y te limitas a ti misma. Hay que batallar constantemente contra esto. 

Sucede lo mismo en el mundo de la emprendeduría. A nosotras siempre nos han dicho que no sabíamos ser líderes y tomar riesgos, y la realidad es que nos han impedido tener una red de apoyo. Si lo piensas, los hombres siempre han podido generar sus networks y lobbies con otros hombres con los que sentirse cómodos. En cambio, cuando eres mujer y quieres emprender, el ambiente es más hostil; eres minoría y hay unas dinámicas a las que no estás acostumbrada. Eso al final son barreras que te impiden tener acceso a la inversión, a atreverte a hacerlo, a que la gente te pueda asesorar.

Al final, todo lo que tiene que ver con el poder sigue estando en manos de los hombres. Eso no significa que no lo podamos cambiar. Si equilibramos la balanza y apostamos por la diversidad todos ganamos. Lo que busca AllWomen es precisamente crear esta red de apoyo entre mujeres. Yo siempre he sido fan de tener mentoras, aunque vayan cambiando a medida que vas creciendo. Las necesito y les estoy muy agradecida. Además, creo que es muy importante poder tener a alguien que ya ha pasado por la misma situación que tú. 

Por todo esto estoy en cerebro y corazón totalmente comprometida con AllWomen, un proyecto que tiene todavía mucho recorrido y que va creciendo poco a poco. Cuando empezamos estábamos solo en Barcelona y ahora la mitad de nuestras alumnas vienen de España y de países de Europa. Al inicio solo teníamos un curso y ahora tenemos ocho. AllWomen tiene tantos caminos por desarrollar que es para mí un jardín infinito todavía por explorar.