Mucho antes de la existencia oficial de ningún título universitario, desde que el ser humano camina sobe la tierra, la mujer ha ejercido labores de sanitaria y cuidadora de enfermos. Por ejemplo, ya en la prehistoria era quien asistía en los partos y quien se dedicaba a curar a los aquejados con mejunjes que creaba con plantas.

Tampoco faltan en la historia de la medicina nombres femeninos que hicieron grandes contribuciones a la materia. Y, sin embargo, como en la mayor parte de aspectos de la vida, sus logros han sido silenciados y su labor ha quedado relegada a un segundo plano. No sin consecuencias, por supuesto: su capacidad para ejercer no se permitió durante siglos; y su falta de representación dentro de la medicina se ha extendido a todos los aspectos, hasta el punto de infrarrepresentarla en los estudios y ensayos clínicos. Esta es la convulsa historia de discriminación que ha sufrido la mujer en la medicina.

Para conocer a las pioneras en materia hay que remontarse hasta el antiguo Egipto. Existen algunos ejemplos dudosos como el sonado caso de Merit-Ptah, jefa de medicina de la corte del faraón durante la Segunda Dinastía (2850 a.C a 2700 a.C), cuya existencia ha sido cuestionada por Jakub Kwiecinski, un historiador de la Universidad de Colorado (Estados Unidos), quien asegura que se trata de un invento de la obstetricia feminista Kate Campbell Hurd-Mead (1867-1941). Por no posicionarnos ante el debate, la siguiente a la que sí se le atribuye oficialmente el título de médica no llegó mucho después. Fue Peseshet, que ejerció como “supervisora de las mujeres médicas” durante la Dinastía IV (2630 a.C a 2500 a.C). 

Mucho después, ya en la Edad Media de la era común, destaca Trótula di Ruggiero, conocida como Tróttula de Salerno por haber sido profesora en la Escuela de Salerno en Italia (la primera escuela de medicina) en el siglo X. Considerada actualmente como la primera persona en el mundo en especializarse en Ginecología y Obstetricia, aunque no siempre fue así: “Sus textos tuvieron tanta influencia que siglos después se llegó a considerar que no era mujer, sino varón”, aseguran Mercedes Pérez Fernández y Juan Gérvas (ambos médicos) en su libro El encarnizamiento médico con las mujeres (Los libros del lince, 2016). Un siglo después, Hildegarda de Bingen escribirá dos libros de ciencias naturales y medicina (Physica y Cause et Cure) en los que pone de manifiesto sus conocimientos sobre el cuerpo humano y la manera de curarlo a través de la medicina natural. Y es desde este momento cuando la figura de la mujer se desdibuja de la historia. 

El año 2017 fue, según los datos del INE, el primero en el que el número de colegiadas superó al de colegiados: 127.979 frente a 125.817 

No volverá a aparecer hasta el siglo XIX, concretamente en 1847, cuando la británica Elizabeth Blackwell se convierte en la primera mujer en recibir el título. En ese momento aún quedaban años para que la catalana Dolors Aleu se convirtiera oficialmente en la primera médica en España. Eso sí, el camino hasta conseguirlo no fue de rosas ni nada parecido. Necesitó un permiso especial de su padre, que era político, y acudía a la universidad con escolta. Dicen las malas lenguas que porque la apedreaban al ir a clase. Desde entonces, las mujeres han ido ocupando cada vez más sitios en las aulas de las facultades de medicina. El año 2017 fue, según los datos de la Estadística de Profesionales Sanitarios Colegiados del Instituto Nacional de Estadística (INE), el primero en el que el número de colegiadas superó al de colegiados: 127.979 frente a 125.817. 

Invisible en estudios y ensayos

El gran problema de la historia truncada entre la mujer y la medicina no se queda simplemente en haber sido privada durante siglos de un título y de la capacidad de ejercer como médica —que dice la Fundeu que es la forma adecuada de llamarla y no en masculino— sino en el hecho de que ha sido sistemáticamente discriminada de los estudios y ensayos clínicos de todas las enfermedades.

En el libro La mujer invisible (Seix Barral, 2020), la periodista y escritora Caroline Criado Perez explica cómo “históricamente se ha asumido que no había ninguna diferencia fundamental entre el cuerpo masculino y el femenino, aparte del tamaño y la función reproductiva, por lo que durante años los estudios médicos se han centrado en lo masculino como ‘norma’, y todo lo que queda fuera de ello se considera ‘atípico’ o incluso ‘anormal”. Lo dice también la socióloga estadounidense Rene Almeling: “La ciencia ve el cuerpo del hombre como el estándar y el de la mujer como el reproductivo”. 

De hecho, en la literatura científica “son frecuentes las referencias al ‘hombre de 70 kilos’ como si incluyera ambos sexos […]. Cuando se menciona a las mujeres, se las presenta como una variación del ser humano estándar”, explica Criado Pérez en su libro. Un auténtico problema cuando, en realidad, somos biológicamente diferentes. “Hay diferencias genéticas y hormonales que influyen en el perfil de salud y de las enfermedades, en el sistema inmune y en una diferente susceptibilidad a contraer determinadas patologías”, afirma María Rosa Arroyo Castillo, vicesecretaria de la Organización Médica Colegial de España (OMC). Sin embargo, este sesgo se ha cuestionado poco o nada a lo largo de siglos de investigación. 

Para justificar esta falta de representación de las mujeres en estudios y ensayos clínicos —apunta Criado Pérez en su libro— algunos autores alegan que son más difíciles de reclutar. Sin embargo, el principal argumento ha sido que es más complicado estudiarlas por sus hormonas fluctuantes y atípicas. Esta misma diferencia de sustancias químicas entre sexos hace que ni siquiera se incluyan hembras en las investigaciones de medicamentos que se realizan con roedores, apunta un estudio de 2019 elaborado por Rebecca M. Shansky, profesora del Laboratorio de Neuroanaromía y Comportamiento de la Universidad del Nordeste (Boston, Estados Unidos) y publicado en la revista Science. “La excusa siempre es el ciclo menstrual, que hace que los datos sean demasiado complicados”, aseguró Shansky. 

Así ocurre que, una vez aprobados, algunos medicamentos no actúan de la misma manera en hombres y en mujeres. En su trabajo, Shansky pone el ejemplo del zolpidem, un fármaco utilizado para trastornos del sueño que fue testado en roedores machos y posteriormente en hombres. Una vez aprobado, los médicos se dieron cuenta de que las diferencias biológicas entre sexos hacían que, ante la misma dosis, el cuerpo de la mujer lo metabolizara mucho más despacio y, por lo tanto, sus efectos eran mucho más duraderos. Actualmente se receta una dosis menor. Y no es el único caso. A día de hoy se sabe que la falta de representación de las mujeres en este tipo de investigaciones tiene consecuencias en los efectos secundarios de los medicamentos: «Hay estudios que concluyen que son 2,5 veces más probables en mujeres”, explica Arroyo, quien añade que está “asociado al uso de las mismas dosis para ambos sexos”.

Mientras el 57% de personas con problemas crónicos de riñón son mujeres, en los estudios solo llegan al 44% de representación y en los ensayos clínicos el porcentaje se reduce hasta el 42%

Más allá de los fármacos, la infrarrepresentación también afecta al diagnóstico de las enfermedades. Una vez más, esto se debe a que no se ha incluido a la mujer en los estudios. Así lo demuestra una investigación realizada por expertos del Instituto Allen de Inteligencia Artificial en Seattle (Estados Unidos) en 2019, en la que se analizó la participación de la mujer en un total de 43.000 trabajos sobre diversas enfermedades publicados entre 1993 y 2018. Las conclusiones muestran, por ejemplo, que mientras el 57% de personas con problemas crónicos de riñón son mujeres, en los estudios solo llegan al 44% de representación y en los ensayos clínicos el porcentaje se reduce hasta el 42%. También ocurre en otras enfermedades como las diversas formas de hepatitis, el VIH, los problemas digestivos e incluso las patologías cardiovasculares. 

Esta misma negligencia hacia las mujeres ha traspasado la puerta de los laboratorios hasta asentarse en las consultas médicas, afirma Arroyo: “Se han detectado diferencias significativas según el sexo en la realización de angiografías coronarias [una prueba con la que se detectan anomalías en los vasos sanguíneos]. También una menor sospecha diagnóstica de infartos en mujeres porque los síntomas y signos son diferentes, así como la respuesta al tratamiento y el pronóstico”, asegura la vicesecretaria de la OMC. No sorprenden entonces los datos de la Fundación Española del Corazón, que afirman que las mujeres españolas fallecen un 8% más por problemas cardiovasculares que los hombres. “Las enfermedades cardiovasculares tienen distinta incidencia, evolución y pronóstico en la población en función del sexo; sin embargo, hasta hace pocos años, ni la sociedad ni los facultativos han asumido estas diferencias, perjudicando significativamente a la mujer”, afirma la Fundación Española del Corazón. 

«Las enfermedades cardiovasculares tienen distinta incidencia, evolución y pronóstico en la población en función del sexo; sin embargo, hasta hace pocos años, ni la sociedad ni los facultativos han asumido estas diferencias, perjudicando significativamente a la mujer»

Ocurre también con el ictus, dice Arroyo: “Es la primera causa de muerte de mujeres en España, pero se les realizan menos pruebas diagnósticas y se administran menor tratamientos. También la EPOC (la enfermedad pulmonar obstructiva crónica) puede ser un caso de infradiagnóstico en mujeres por la variabilidad en la incidencia según territorios”. Esta patología es la tercera causa de muerte en el mundo y la cuarta en España, según la Asociación de Pacientes con EPOC. Con esta información parece clara la afirmación que hacen Mercedes Pérez Fernández y Juan Gérvas en su libro: “Se discrimina a la mujer como paciente frecuentemente por el hecho de serlo”. Una discriminación que enferma y mata. 

Aunque poco a poco, afortunadamente esta brecha se hace cada vez más pequeña. “En 1991 surgió el concepto ‘sesgo de género en la atención sanitaria’, que se define como ‘a igual necesidad sanitaria en hombres y mujeres se realiza un mayor esfuerzo diagnóstico o terapéutico en un sexo respecto al otro, pudiendo contribuir a desigualdades en salud’. Identificar estos sesgos es una estrategia para incorporar la perspectiva y el análisis de género en la atención sanitaria, en la educación médica y en la investigación. Actualmente, en los estudios se dirigen las intervenciones desagregando por sexo, lo que puede ayudar a determinar una respuesta diferente en hombres y mujeres. Además, las revistas científicas con alto factor de impacto ya están publicando resultados desde la perspectiva de género para promover una  atención sanitaria más eficiente y equitativa”, concluye la vicesecretaria de la OMC.