Leonor Watling retratada en excluiva para Forbes en el hotel Gran Meliá Palacio de los Duques. Foto: Oscar Arribas

Hay dos palabras a las que Leonor Watling (Madrid, 1975) recurre con más frecuencia que otras. Una es “suerte” y la otra, “jugar”. La primera la emplea para explicar la fortuna de tener mucho trabajo, pero también de gozar de una bonita familia, amigos y una buena vida. Motivos para estar agradecida en el terreno laboral, desde luego, no le faltan. Sólo en el último año y medio ha encadenado varios trabajos: de la serie Nasdrovia a la narración de la saga de Harry Potter en audiolibro, la nueva película de Félix Viscarret (Desde la sombra) o los conciertos que sigue dando con su grupo musical, Marlango. Y todo esto pasando por uno de los proyectos más ambiciosos de la televisión reciente: la adaptación de La templanza, la novela de María Dueñas, (26 de septiembre) en Amazon Prime. En esta megaproducción de Atresmedia Studios y Boomerang TV la actriz interpreta a Soledad Montalvo que, junto a Mauro Larrea (interpretado por Rafael Novoa), son los protagonistas de una historia sobre la superación de la adversidad y las segundas oportunidades que transcurre en el siglo XIX entre México, Londres, Cuba o Jerez.

La segunda palabra, la referida al juego, tal vez le venga de su vertiente británica (es hija de inglesa), y no sólo apela a la interpretación (play) sino a que en cierto modo, para ella, la vida sigue siendo el patio de su recreo.

La templanza es, junto a la prudencia, la fortaleza y la justicia, una de las cuatro virtudes cardinales. ¿Cuál de ellas cultiva más?

Creo que la prudencia y la justicia. Al menos lo intento. Pero reconozco que esa cosa tan infantil de “eso no es justo” sigue pesando mucho en mí. Eso, y la idealización de que siempre tiene que haber algún tipo de justicia universal. Muchas veces la injusticia me enoja de un modo muy ingenuo.

En los tiempos que corren tampoco está de más tener un poco más de  templanza.

Sí, la verdad. Y creo que en la tercera ola ya estamos todos con mucha falta de contacto, de tacto, de olfato… Somos animales de manada y nos está costando mucho esta distancia. Nos falta sincronía, que es algo que a veces sucede en los conciertos. Este verano dimos varios y fueron todos muy emocionantes, con ese algo que nos conecta y que se contagia como la risa. Como las luciérnagas, que laten a la vez. Nos hace falta eso.

Cuando comenzó en la música con Marlango parecía que era un plan B a su trabajo como actriz, ¿lo sigue sintiendo así?

Aquella decisión no fue concebida sólo como un plan B, también había un fuerte componente creativo. De algún modo sentía que hacer sólo una cosa me iba a llevar a la amargura. La música me encanta, porque puedo jugar en mi prao. Y, bueno, también porque en ella tengo un compañero, Alejandro [Pelayo, pianista y mitad fundacional de su grupo], que me acompaña, y al que cuando le digo: “Oye, que me han invitado a jugar en otro patio”, él me deja y me dice que disfrute. Pero antes de eso yo ya sabía que estar sólo en un espacio de creatividad no me iba a hacer feliz.

Y no le ha ido nada mal: puede elegir.

Uy, no. En este trabajo no puedes elegir, la única opción que tienes es decir que no. A veces aciertas y otras, no, pero no puedes elegir lo que te ofrecen. Yo no tengo pudor en reconocer que trabajo mucho, pero también que tengo muchísima suerte. No creo que eso le quite mérito a lo que hago, creo que es realista. Igual que aceptamos que alguien tiene una mala racha y todo el mundo está de acuerdo en decir “vaya mala suerte”, también hay que aceptar que hay momentos en los que la suerte te sonríe. Y en ese caso lo único que puedes decidir es si decir sí o no.

En más de una ocasión ha dicho que sus decisiones no son económicas. ¿Acaso no le motiva el dinero?

Hay una frase de un amigo a la que recurro a menudo que dice: “Para saber cómo es alguien, no mires lo que dice, sino lo que hace”. Reconozco, por mi experiencia vital, que a lo largo de mi vida el dinero ha sido importante y que quiero estabilidad económica. Pero luego, de repente, miro hacia atrás y me digo: “Hombre, si el dinero fuera mi motor, la verdad, lo estoy haciendo muy mal…”.

¿Quiere decir que no se ha hecho rica?

Quiero decir que las decisiones que he tomado me han permitido tener una vida cómoda de momento; y digo “de momento” porque en esta profesión no es fácil proyectar el futuro. Pero también, que he rechazado cosas que pagaban muy bien porque mi relación con la vida y con el trabajo es más visceral que económica. Así que volviendo a eso que me he dicho siempre a mí misma de que el dinero importa, pues igual tampoco es tan cierto, porque si no habría tomado decisiones bastante distintas.

¿Y cómo se lleva con los números?

Soy bastante desastre, pero tengo esa fe en el capitalismo socialdemócrata de que, cuando lo tengo lo gasto, y cuando no, no lo gasto. Así que soy capitalista, no te voy a engañar. Y si tenía alguna duda, Escohotado me las ha quitado. Pero creo que hay otro tipo de capitalismo que esta panda de adolescentes que nos gobierna no está teniendo en cuenta, que es el del sentido común, el de que, si yo gano más, pago más a mis músicos y, si gano menos, les doy la opción de que no trabajen sin represalias… Además, tengo la suerte de vivir en los dos mundos: soy empresaria en la música y empleada en el cine, así que no me da ningún pudor pedir ni que me pidan, creo que tiene que ser una conversación abierta, fluida y honesta. Vaya, que tengo un piso alquilado, pero, si las cosas están mal, le bajo la renta a mi inquilino. No le aprieto.

A quien sí ha apretado la pandemia es a buena parte de su gremio: músicos, actores, técnicos…

Nos ha dado muy fuerte. Pero yo tengo la infinita suerte de estar rodando como hacía mucho que no rodaba y de hacer trabajos que me encantan. Y doy las gracias, porque lo que está pasando en la música y el resto de los espectáculos en vivo está siendo dramático. Y esto no es una competición de ver quién lo pasa peor –porque también están el turismo, la hostelería y otros muchos–, pero para los músicos y los actores de teatro hay además algo muy personal y es que este trabajo te conecta con quién eres. Aparte de lo laboral, de la hipoteca, de la angustia… este trabajo te alimenta el alma.

En su casa, para colmo, son dos, usted y su pareja, Jorge Drexler. ¿Cómo han sorteado la situación?

Los dos somos unos privilegiados en esta profesión, la verdad, porque podemos vivir de lo que trabajamos, porque hemos ahorrado y eso nos da un colchón que nos permite no entrar en pánico y encima, para mí –aunque suene extraño– estos dos últimos años son de los que más he trabajado en mi carrera… Así que lo llevamos tratando de enfocarnos en la parte positiva, porque nosotros somos como la espuma del café. Es decir, somos los que más ve la gente, pero detrás de nuestros trabajos hay un montón de técnicos y gente con otros oficios que no se ven, que trabajan para que tú estés sobre el escenario. Toda esta gente no tiene cobertura, porque son trabajadores intermitentes, y para la mayoría no valen ni los ertes.

Tampoco es usted de las que lanzan quejas, ¿por pudor o por respeto?

Recuerdo a una doctora que conocí hace tiempo, que trabajaba en Médicos Sin Fronteras. Era de las que iba a montar campamentos en lugares en crisis, una mujer extraordinaria, con tres hijos. Y hace años, con aquella otra crisis económica que vivimos, yo le preguntaba si, al volver, no le costaba escuchar nuestras quejas de primer mundo. Ella me decía: “No, yo no juzgo, porque le duele lo mismo a alguien de clase media quedarse sin trabajo y sin casa y ves que le destruye mucho más profundamente que a otra gente que vive en un campo de refugiados”. Lo que venía a decir es que el dolor no se puede comparar.

Y usted, tan afortunada, trabajando mucho, con una familia y un compañero estupendos, buenos amigos y, encima, con talento y belleza…

¡A veces tengo miedo a que me pase algo terrible! Porque uno tiende a pensar que la vida compensa, por ese espíritu de justicia del que hablaba antes. O me digo, ay, no puedo tener tanta suerte, se me caerá una maceta, ¿no? A veces lo pienso, en serio, ahora lo llevo mejor, con menos edad lo llevaba fatal.

… lo que quería decir es que usted también tendrá derecho a quejarse de algo.

Claro, pero precisamente por ser consciente de mi suerte, tengo cuidado de a quién le suelto mi mochila de mierda. Porque todos tenemos una mochila así, con nuestras dudas y complejos, malas rachas y de todo. Así que miro bien a quién le suelto mis frustraciones, o con quién me quejo de que no voy a tener un día libre porque voy a enganchar dos rodajes. Ahora, esto no deja de ser mi micromundo, con sus pequeñeces y microdramas. Es como ver la realidad con el zoom de las cámaras: a veces está bien hacer macro y zoom, ponerlo en perspectiva, pero sin ignorarlo. Y, aparte, también tengo la suerte de tener un círculo de gente cercana maravillosa que me conoce y separa mucho esa imagen idealizada de la realidad.

Esa imagen idealizada que proyecta la fama, ¿le pesa?

Con la fama, ese subproducto de nuestro trabajo, también he tenido mucha suerte, igual porque en persona no me parezco mucho a como soy en pantalla, o igual porque se nota que soy tímida y la gente se acerca con cuidado. En mi caso se da de una manera natural. Si no estás cómodo en determinadas situaciones encuentras el modo de no estar en ellas. Así que yo evito lo que no me va, salvo en las circunstancias obligatorias. Yo estoy más cómoda encima de un escenario que en una alfombra roja. Pero pesarme, no me pesa.

Se hizo muy famosa con la serie ‘Raquel busca su sitio’, siendo una veinteañera.

Sí, aquella fama no la llevé bien. Pasé unos años siendo muy consciente de mí misma, que es una cosa espantosa. Es como ser adolescente otra vez, mirándote todo el rato el ombligo. Y la fama también es como un pueblo, que dices, ay, no le puedo dar un beso a Manolo, por si te ven y el qué dirán; y al mismo tiempo, para la gente del pueblo eres alguien cercano. Así que lo entiendo y tengo que decir que, en general, la gente es muy maja.

Díganos, como cantante ¿a quién le gustaría cantarle las cuarenta?

¡Hay tantos! Lo que está pasando me da una sensación como de parvulario. Me viene esa imagen de patio de colegio en el que a veces te dan ganas de coger el balón, pararlo y decir: “¿Podéis parar de hacer el imbécil? ¿Podéis miraros y hablar un momento?”. Es que a veces no entiendo nada, ¡me parece que son una panda de adolescentes!

¿Se refiere al panorama en general o a la política española en particular?

A la política, pero no sólo la de España. Es algo global. A veces dan ganas de decir a muchos, ¿es que no habéis leído un libro de historia en vuestra vida?