Del 6 al 18 de noviembre tiene lugar la COP27, una nueva Cumbre del Clima de Naciones Unidas que este año se celebra en Egipto centrada en la reducción de la huella de carbono de individuos y organizaciones de todo el mundo con impacto en el calentamiento global.

Cada vez son más las empresas que miden su huella de carbono con el objetivo de reducir su impacto sobre el clima, y las entidades financieras no son una excepción.

De hecho, su esfuerzo incluye no solo el cálculo de sus emisiones directas, sino también de sus inversiones, imputándose como propias las emisiones de los diferentes activos en los que invierten, como ya hace Mapfre AM.

La gestora –con casi 40.000 millones de euros de activos bajo gestión– tiene operativa una metodología propia para medir la totalidad de gases de efecto invernadero (GEI) que emite por efecto directo e indirecto de su actividad.

El método de cálculo de la huella de carbono en la cartera de inversión “sirve para parametrizar, seguir los riesgos asociados al cambio climático y elaborar una estrategia de reducción de emisiones”, explica Javier Miralles, gestor de fondos de inversión de MAPFRE AM.

Un futuro por delante

Desde Mapfre AM reconocen que la medición de la huella de carbono sobre las inversiones se encuentra, a día de hoy, “en una etapa muy inicial”, dado que la regulación “aporta propuestas de cálculo únicamente a la renta variable cotizada y renta fija corporativa”. El gran problema, explican, es que “existe una serie de dificultades a la hora de realizar los cálculos para otros tipos de activos que la propia regulación no aclara (es el caso, por ejemplo, de activos financieros, futuros, fondos de terceros, ETFs o la renta fija gubernamental)”. Es de esperar que, a medida que se vaya definiendo la regulación, se especifique la manera exacta de realizar los cálculos y se optimice el acceso a los datos, el reporte de la huella de carbono sea cada vez más exacto.