A simple vista, existen muchas similitudes ente los últimos 12 meses y la década de 1970, una época marcada por la crisis del precio del petróleo y una política monetaria expansiva que se accionó junto al despilfarro fiscal. En ambos casos, esta combinación de factores dio lugar a una inflación increíblemente alta.

En los años 70, los daños económicos fueron tan importantes como para que la inflación se convirtiera en el mayor problema político. Derribó a presidentes de EEUU e introdujo una nueva forma de enfocar la política económica: la llamada economía de la ‘oferta’. También provocó que los bancos centrales se centraran más específicamente en la estabilidad de los precios. Al fin y al cabo, la creencia errónea entonces de que la debilidad económica era una amenaza mayor que la inflación descontrolada tuvo consecuencias dramáticas y negativas.

Por desgracia, los seres humanos tienen poca memoria. En gran medida, los errores del pasado se han repetido. También hemos añadido algunos nuevos a la mezcla.

Cuando se encomendó a los bancos centrales la tarea de garantizar la estabilidad de los precios, se pretendía imponer una restricción a los bancos centrales de la cantidad de dinero fácil que debían proporcionar. Se pretendía evitar que la inflación y las expectativas de inflación futura volvieran a desquiciarse y se alimentaran mutuamente de forma perniciosa y difícil de detener. No pretendía justificar el tipo de experimentos monetarios que los bancos centrales han llevado a cabo durante la última década o más. Ciertamente, no sobre la base de un objetivo teórica y empíricamente cuestionable de mover la inflación de los precios al consumidor del 1,6% al 2%, como la mayoría de los principales bancos centrales han hecho desde la crisis financiera mundial.

En gran medida, estos experimentos monetarios anteriores fracasaron. Lo hicieron porque la baja inflación estaba determinada en gran medida por fuerzas globales y estructurales, algunas de las cuales eran positivas para los consumidores occidentales, como la globalización de las manufacturas de bajo coste, que actuó como un choque positivo de la oferta y, por lo tanto, redujo los precios de los bienes de consumo, permitiéndonos consumir más.

Al negarse a reconocerlo y actuar cada vez con más fuerza, los bancos centrales de todo el mundo desarrollado esparcieron la pólvora por la economía mundial. Sólo faltaba una chispa. En el periodo posterior a la crisis, no sólo no hubo chispa, sino que los gobiernos actuaron como fuerza compensatoria. El rápido aumento de la deuda pública conforme se rescataba el sistema bancario propició el deseo de austeridad. Los bancos centrales intentaban encender el fuego mientras los gobiernos rociaban agua por todas partes.

La pandemia lo cambió todo. Las economías se cerraron como una cuestión de política gubernamental. Que los gobiernos se nieguen a ayudar a sus ciudadanos en un momento como el que vivimos habría invitado a la insurrección. Por supuesto, los bancos centrales les seguían el juego, ya que no necesitan muchas excusas para volver a poner en marcha las imprentas. Así, finalmente los dos principales brazos de la política se alinearon. La pólvora encontró al fin la chispa.

Si los bancos centrales hubieran analizado el pasado, habrían podido prever los riesgos potenciales. Podrían haber dejado de comprar activos al acabar lo peor de los confinamientos. Por desgracia, parece que proporcionar dinero gratis actúa como un canto de sirena entre los muy académicos banqueros centrales.

Ahora nos encontramos en esta incómoda encrucijada. Los bancos centrales se afanan en tratar de frenar las fuerzas inflacionistas que ayudaron a desatar hace unos 18 meses.

La historia reciente no sirve de guía para saber cuánto y hasta dónde subirán los bancos centrales los tipos de interés. En los últimos 40 años, los ciclos económicos se han ido alargando y los de endurecimiento monetario se han ido acortando. La última vez que nos enfrentamos a un episodio inflacionista de este tipo, la Fed tardó cuatro años en llevar el tipo de interés desde mínimos hasta máximos del 20%. Incluso entonces, los recortes se produjeron de forma prematura, lo que provocó la necesidad de una segunda serie de subidas y una brutal doble recesión.

En el último ciclo, el tiempo entre mínimo y máximo fue de unos tres años, pero tras la primera subida hubo nueve meses sin cambios. El BCE se encuentra en terreno desconocido, pues desde su creación ha habido muy pocas oportunidades de endurecer tipos.

Mirando hacia delante, vemos una nube cada vez más oscura en el horizonte, ya que todo ese dinero gratuito está siendo drenado del sistema, los consumidores se hunden bajo el peso del creciente coste de lo más esencial y los gobiernos se enfrentan a la ira potencial de los electores que podrían tener que elegir entre comer y calentarse este invierno.

La ironía, por supuesto, es que dentro de 12 meses, en ausencia de nuevas perturbaciones, es muy probable que la inflación caiga como resultado de la casi inevitable recesión mundial y del poder de los efectos de base de los pasados máximos en los precios de las materias primas. ¿Cuáles son las posibilidades de que los bancos centrales respondan bajando los tipos de interés y volviendo a poner en marcha las máquinas de imprimir dinero?

*James Atley es Investment Director de ABRDN