La invasión de Ucrania y la enésima amenaza al suministro de gas en Europa no son más que un nuevo capítulo de una larga historia de volatilidad en los precios de la energía.

En el último año, el precio del gas natural importado aumentó un 300%. Y, si bien la energía proviene de muchas fuentes diferentes, como el carbón, la energía hidroeléctrica, la nuclear o las energías renovables, el coste de la energía en el continente se determina principalmente por el precio del gas.

Esta recurrente situación está provocando, una vez más, el endurecimiento de las condiciones de vida de decenas de miles de ciudadanos, que ven cómo se encarece la factura de la luz y el gas en un contexto ya de por sí inflacionario que hincha el coste de la cesta de la compra.

La crisis energética pone en riesgo el nivel de vida de los europeos y perjudica a la economía, dada la disminución en el consumo y un menor gasto e inversión. Pero lo peor parece que está aún por llegar. Las previsiones de la gestora de activos internacional Fidelity apuntan a fuertes aumentos en las facturas de energía en toda Europa hasta, al menos, 2023.

La mayoría de las medidas impulsadas por los gobiernos hasta ahora contemplan apoyo financiero a las familias o ciertas rebajas de impuestos, pero no son más que parches y soluciones a corto plazo que no hacen nada para proteger a los consumidores de futuros episodios de altos precios energéticos.
Sin embargo, existen soluciones más a largo plazo que no solo suavizan el impacto de los altos precios de la energía, sino que también reducen las emisiones de CO2 y van a permitir minorar nuestra dependencia de los hidrocarburos.

El aislamiento de edificios, las bombas de calor y el hidrógeno verde son soluciones reales a la dependencia energética europea de los hidrocarburos –la calefacción en edificios puede representar alrededor de una cuarta parte de las emisiones anuales, como ocurre en Reino Unido– y su desarrollo posibilitará, no solo dejar atrás las tensiones energéticas cíclicas, sino también liberarse de la enorme dependencia de países como Rusia.

El aislamiento y las bombas de calor pueden mejorar drásticamente la eficiencia energética de un edificio y cualquier necesidad residual de calefacción puede abordarse potencialmente a través de otra tecnología baja en carbono: el hidrógeno verde.

Para ello, es imperativo endurecer los estándares de la construcción, abordar las necesidades de financiación y, en definitiva, acelerar la transición a la energía limpia, si queremos cumplir con el objetivo de cero emisiones netas y neutralidad climática que se ha marcado la UE para 2050.

En esta transición, además, también hay un lugar destacado para el sector financiero. Impulsar las finanzas verdes puede facilitar el acceso al capital y permitir e incentivar a los hogares a tomar medidas.

Esto podría incluir hipotecas ecológicas, que recompensan a las personas por comprar y poseer viviendas energéticamente eficientes, y préstamos ecológicos, que brindan apoyo inicial para las modificaciones relacionadas con la energía.
Políticas decididas y valientes para promover la transición ecológica permitirán no solo cumplir con los objetivos marcados, sino también reducir nuestra exposición a los precios volátiles de la energía.

En definitiva, tenemos ante nosotros una extraordinaria oportunidad para abordar la pobreza energética y el cambio climático simultáneamente, con el beneficio que esto tiene, y tendrá, para nuestras economías y para la calidad de vida de generaciones presentes y futuras.