Una joven ingresa dinero en un banco (noviembre de 1933). Foto: United States Extension Service/National Archives & Records Administration/PhotoQuest (Getty Images)

La falta de control sobre el entorno o incertidumbre está patente en todos los momentos de la vida. Sin embargo, no estamos preparados para convivir con ello; constantemente buscamos herramientas para controlar y anticiparnos a aquellas situaciones que creemos que pueden producirse con probabilidad. De la misma forma gestionamos nuestro patrimonio. Reaccionamos ante los acontecimientos a medida que van sucediendo; tomamos decisiones estratégicas cuando hay necesidades de cambio; definimos estructuras societarias concretas en función de la fiscalidad del momento. 

Los recientes acontecimientos mundiales, como el covid y, en especial, la invasión de Ucrania por Rusia, enfatizan la incertidumbre social, política y económica del mundo. La guerra de Ucrania confirma una tendencia que ya nos marcó la pandemia: la importancia de contar con recursos propios para poder soportar una posible nueva crisis mundial. 

No obstante, sorprendentemente, la incertidumbre en la esfera personal se presenta como un reto mayor que el intentar controlar los efectos externos: es más sencillo en ocasiones decidir una inversión millonaria que tener una conversación con nuestros hijos sobre qué pasará el día que uno falte. Somos emoción y, en el fondo, la incertidumbre es una emoción incómoda, que cuando nos afecta de forma indirecta es más sencilla de gestionar que si nos afecta directamente. 

En la esfera personal, la simple mención de que pueda tener lugar el fallecimiento repentino de una persona cercana, el diagnóstico de una enfermedad grave o una eventual crisis matrimonial, generan una incomodidad más difícil de gestionar que cualquier otra decisión relevante de inversión o de negocio. 

Esta extrema sensibilidad crea una barrera protectora que nos hace sentir en un entorno seguro, de ficticia inmortalidad, eterna juventud y de armoniosas relaciones personales. Perdemos de vista que, en defecto de previsión expresa, será la ley, la que establecerá los efectos personales y patrimoniales de las situaciones particulares que puedan acontecer en cada caso concreto.

Del mismo modo que intentamos anticiparnos a las eventuales fluctuaciones del mercado, deberíamos prever los efectos de posibles situaciones inciertas que puedan ocurrir en la esfera personal. No debe olvidarse que detrás de todo patrimonio hay personas y lo que les suceda a estas personas tiene un impacto directo en el patrimonio. 

Si prestamos atención, comprobaremos que con una mínima previsión podríamos eliminar la incertidumbre de la esfera personal y evitar que la ocurrencia de situaciones no deseadas ponga en riesgo la gestión y propiedad de los patrimonios. La realidad es que la práctica profesional nos muestra que no estamos emocionalmente preparados para afrontar este trabajo de reflexión y de diálogo con el entorno familiar.

En definitiva, en la gestión de los patrimonios interfieren, por un lado, aspectos externos inciertos, más conocidos aunque indeterminados, que marcan tendencias y estrategias de administración e inversión; y, por otro lado, aspectos personales aleatorios, que si se conocen y se analizan con detalle se pueden controlar.

A pesar de que no estamos preparados para vivir en la incertidumbre y constantemente buscamos la seguridad mediante acciones que nos ofrezcan sensación de control, seguimos creyendo que poner de manifiesto los hechos inciertos que nos pueden ocurrir es hacer que existan. Ello dificulta e impide que llevemos a término el control, porque la incomodidad emocional que nos genera supera el confort que conseguimos. Ello nos podría hacer pensar que, en el fondo, estamos más preparados para vivir en la incerteza que para vivir en un mundo perfecto, quizá entre otras razones, porque sin esa necesidad de constante búsqueda de la seguridad no habría lugar a la evolución.

**Pilar Pérez Valenzuela, private client & Wealth management Consejera Cuatrecasas