Cuando prohíbes lo mismo una y otra vez, sólo estás demostrando que tus prohibiciones no son tales. China, por enésima vez, ha vuelto a prohibir las transacciones con criptomonedas que, básicamente, es tratar de ponerle puertas al campo o pretender por ley que el agua no moje. Aun así, seguirá en su cruzada “anticripto” y continuará haciendo todo lo posible para entorpecer el desarrollo de los activos virtuales descentralizados, en especial atacando los puentes entre monedas tradicionales y criptomonedas, que a día de hoy son principalmente las casas de cambio.

De momento, la prohibición sobre la minería de Bitcoin ha tenido resultados muy positivos para la red de la primera y más importante criptomoneda, ya que, si algo de centralización se le podía achacar a Bitcoin, era la concentración de esta actividad en un país como el chino. Ahora, unos meses después, el minado se recupera estando más diversificado por el mundo y con un mayor uso de energías renovables.

Pero, ¿por qué China prohíbe las criptomonedas? El argumento principal es el de proteger a los inversores, tal y como en EEUU dice hacer la SEC (el equivalente a la CNMV en España) cuando “protege” a sus ciudadanos privándoles de acceder a un nuevo mundo financiero que sí hace crecer la riqueza de los individuos, como por ejemplo impidiendo a una casa de cambio americana, que además cotiza en el Nasdaq, ofrecer depósitos remunerados al 4% para que los estadounidenses sigan “disfrutando” del 0.05% que se puede obtener en sus bancos y, de esta manera, sus ahorros y poder adquisitivo sigan menguando ante el desmesurado crecimiento de una masa monetaria que genera inflación como nunca antes se había visto. 

No nos engañemos, no es proteger a los inversores de la especulación, del lavado de dinero, de actividades ilícitas, del elevado consumo energético u otros manidos clichés. Eso sería como prohibir el uso de internet porque existe pornografía infantil en la red.

Es el control de la riqueza. A ningún gobierno le gusta la competencia en términos monetarios, y mucho menos a un régimen comunista. Se trata de eliminar las vías de escape al sistema financiero tradicional. Si no puedes emitir dinero a tu antojo, manipularlo, confiscarlo, limitarlo, censurarlo o distribuirlo según te plazca porque, en vez de estar supeditado al criterio arbitrario de una autoridad central, aquí hablamos de un dinero programado, con reglas preestablecidas que no pueden alterarse sin el consenso mayoritario de la red, evidentemente pierdes el control. 

Y entonces resulta que los estados se dan cuenta de que se acabó el chollo. Si el dinero que circula no lo controlan ellos, ya no pueden imprimir sin medida porque la deuda ha crecido demasiado. Es el fin del esquema Ponzi en que se ha convertido el sistema FIAT en que vivimos. Y eso no se puede tolerar.

Pero la jugada no acaba aquí. Ahora los estados van a querer demostrar que ellos también están a la última, que se ponen al día. Y China, el primero. ¿Cómo? Monedas digitales emitidas por bancos centrales. El mismo perro con otro collar. Dirán que son sus propias criptomonedas y ahí estará el engaño. No lo son, son todo lo contrario, las criptomonedas proporcionan libertad a los usuarios, la libertad para almacenar y transferir valor sin tener que confiar en terceros, sin fronteras, sin permisos ni censuras

Un yuan digital será el control total. Con el teléfono móvil ya saben dónde estás en cada momento, y ahora siendo obligatorio llevarlo encima para mostrar el pasaporte covid en cada esquina, aún más, pero faltaba la cuadratura del círculo: el dinero. Porque si pagas con dinero en efectivo no saben en qué te lo has gastado o, si lo tienes debajo de la almohada, no saben cuánto tienes. 

Pero si tienes un dinero digital emitido por ellos… Pueden controlar y limitar cuánto ingresas y en qué te lo gastas, a quién se lo das o directamente confiscártelo. Podrán perfilar y clasificar a cada individuo, definir escalas de puntos que se obtendrán en función de lo que el estado decida que está bien o no, y delimitarán las libertades individuales. Decidirán qué puedes hacer, dónde puedes ir, cuánto y en qué te lo puedes gastar. Se generarán clases sociales en función de los rangos definidos por el estado y según el que te corresponda podrás ir a un restaurante u otro, viajar, comprar un billete, acudir a un concierto o a un evento deportivo. 

Te irán guiando y orientando hacia cómo debes pensar y actuar, porque ellos y no tú, son los que saben qué es lo que te conviene y, si no pasas por el aro, tus libertades se verán cercenadas. Como un gran hermano gigante, bueno, realmente no, porque ahí solo eres observado y sigues teniendo capacidad de decisión. Esto sería, mejor dicho, una especie de El show de Truman en el que el guion ya está escrito y tú te ves forzado a actuar en escenas predeterminadas. El sueño húmedo de cualquier dictadura.

Parece ciencia ficción, pero está llegando. Sin ir más lejos, uno de los principales procesadores de pagos del mundo lanzó este año una tarjeta de crédito que calcula la huella de carbono que generan las compras realizadas con ella. Suena bien, ¿verdad? De momento es voluntario y «sólo» para concienciar sobre lo sostenible, el ecosistema y para preservar el medio ambiente, ¿quién podría negarse a algo así?, ¿Y cuando de repente llegue un día en el que no puedas comprar algo porque tu banco diga que has llegado al límite de consumo? «Oiga, es que la lavadora es para mi madre que se le ha estropeado y ella con su pensión no puede comprarla». «Lo siento, este mes ya ha llegado a su cupo, venga a primeros del que viene».

La vía de escape es un dinero que no controle nadie y que garantice tus derechos, en especial el más importante de todos: la libertad.

*Marcos Muñoz es fundador de Bitnovo.