El cambio climático es una crisis global que recorre todos los rincones del planeta y que precisa dar respuestas urgentes. Incendios, inundaciones y sequías nos lo recuerdan cada año.

El consenso científico es abrumador: la Organización Meteorológica Mundial ha alertado de que es posible que en los próximos cinco años se superen los objetivos fijados para finales de siglo. Concretamente, hay una probabilidad del 40% de que nos encontremos ya en la senda de alcanzar un calentamiento de 1,5oC antes de 2025 y, por lo tanto, existe una necesidad sin precedentes de acometer reducciones profundas en la emisión de CO2 y otros gases de efecto invernadero (GEI).

Desde hace varias décadas sabemos que las concentraciones de GEI desde 1750 están inequívocamente relacionadas con las actividades humanas, pero ahora también conocemos la manera de frenarlas: las soluciones que posibilitan una descarbonización a escala mundial ya existen prácticamente en su totalidad.

Los analistas de la gestora de fondos de inversión Fidelity International han llegado a la conclusión de que más del 80% de la descarbonización puede conseguirse mediante la adopción a gran escala de las alternativas ya presentes en este campo, mientras que el 20% restante puede alcanzarse a través de tecnologías de captura de carbono y sumideros de CO2, como la reforestación y otras innovaciones tecnológicas.

Se necesitan 19 veces más energías renovables, de manera que los inversores tienen ante sí un atractivo mercado.

Si el objetivo es lograr la neutralidad climática en 2050, como se ha propuesto la UE y pretenden los Acuerdos de París, tenemos menos de 30 años para acelerar la transición hacia unas emisiones netas de carbono cero y conseguir la plena adopción de energías renovables, vehículos eléctricos o soluciones de automatización agrícola, entre otros.

El reto es formidable, pero las oportunidades que se abren a su paso son aún mayores y, en este momento, el papel que jueguen los inversores es fundamental. Muchas tecnologías verdes son todavía muy caras e incipientes. Por ello, una apuesta decidida por soluciones para la transición ecológica permitirá una rápida reducción de los costes tecnológicos que ayude a aumentar la capacidad, facilite las economías de escala y reduzca el coste del capital para financiar nuevas tecnologías con bajas emisiones de CO2.

De esta manera, se construye un círculo virtuoso que disminuirá el coste y aumentará la rentabilidad, además de elevar la competitividad de tecnologías limpias, haciéndolas más asequibles, atractivas y eficientes que las fórmulas equivalentes generadoras de emisiones.

El desarrollo tecnológico va a diferentes velocidades. Las energías renovables son rentables económicamente y funcionan a gran escala, mientras que otras situadas en el extremo superior de la curva de costes, como el hidrógeno verde y los vehículos impulsados por pila de combustible, necesitan importantes inversiones adicionales.

La buena noticia es que nos encontramos en un punto de inflexión: la sociedad está cada vez más concienciada, el número y alcance de las políticas de descarbonización están incrementándose y la preferencia de los inversores por soluciones medioambientales y de disminución de emisiones, está despuntando.

Así, entre 2019 y 2020, alrededor de un billón de dólares fueron a parar a objetivos climáticos, según el informe de Goldman Sachs, Global Investment Research, lo que ha permitido ya una caída de la curva de costes de reducción de emisiones de GEI antropogénicas.

El crecimiento de las energías renovables –esencialmente, solar y eólica– se ha apoyado, históricamente, en las subvenciones públicas y en los mercados de capitales y, actualmente, son más baratas que sus equivalentes a base de combustibles fósiles en la mayoría de regiones del globo.

Para conseguir la descarbonización plena, se necesitan 19 veces más energías renovables, de manera que los inversores tienen ante sí un atractivo mercado. En el caso del hidrógeno limpio, con un desarrollo incipiente, el apoyo de los gobiernos es clave, y tanto el Pacto Verde Europeo como el Plan de Infraestructuras del presidente norteamericano, Joe Biden, destinan 1.330 millones de euros y 1.000 millones de dólares, respectivamente, para impulsar su producción y su adopción comercial.

Los vehículos eléctricos son otro de los pilares de la transición hacia una economía verde y las barreras a su expansión se están difuminando: los costes están descendiéndose prevé una paridad con los motores de combustión interna sin subvenciones dentro de los próximos 2 años–, están desplegándose estaciones de carga rápidamente y los precios de las baterías están cayendo considerablemente.

Del mismo modo, las tecnologías de captura y almacenamiento de carbono todavía no han alcanzado una implantación masiva y, por lo tanto, la oportunidad de inversión en estos mercados es enorme, ya que la descarbonización plena no es posible sin estos métodos.

En definitiva, son muchas las ventanas de oportunidad que se abren de par en par. Las energías renovables, la electrificación del transporte o el hidrógeno verde, son sólo algunas palancas de esta transformación en la que la apuesta decidida de inversores, gobiernos y ciudadanos es fundamental para acelerar la transición, impulsar el crecimiento económico y evitar efectos nocivos irreversibles para el planeta.