A principios de los sesenta, como cantaba Dylan, los tiempos estaban cambiando. Y de ello se resentía incluso el sector de la hostelería. En los primeros años de aquella década los dueños de hoteles y moteles a lo largo y ancho de Estados Unidos comenzaron advertir una crisis preocupante que llevó al cierre de muchos establecimientos.

La ciudad de Las Vegas suponía la gran excepción, lo que llevó a que algunos empresarios más visionarios llegasen a la conclusión de que el sector debía renovarse: ofrecer un techo y una cama ya no era suficiente para atraer el cliente de la nueva generación, había que ofrecer algo más, un plus, que habitualmente radicaba en una atención más personalizada.