El que una vez fuera una presencia permanente en las cartleras de Hollywood lleva cinco años sin tener un éxito de acción en la pantalla. Sin embargo, en los últimos doce meses ha ganado alrededor de 50 millones de dólares, más que cualquier otro actor en el mundo –con excepción de Robert Downey Jr.– y suficiente para colarse en el puesto número 38 de la lista Forbes de las celebridades mejor pagadas, justo detrás de Tiger Woods.

¿Qué es lo que ofrece? Sencillamente se trata de una de los pocas personas con un verdadero conocimiento de las claves de la industria del cine a ambos lados del Pacífico, y a los 61 años, está aprovechando esa experiencia para conseguir acuerdos bastante inteligentes. Un ejemplo: Dragon Blade, una película que no ha llegado a los cines occidentales pero que en China ha llegado a recaudar 120 millones de dólares (de los que Chan se embolsó más de diez), con coprotagonsitas como Adrien Brody y John Cusack.

Mientras tanto, Chan aprovecha sin pudor el hecho de ser la estrella más conocida de las artes marciales desde Bruce Lee, lo que le proporciona no pocos contratos de publicidad y patrocinios. A tenor de todas esas actividades, Forbes ha estimado su fortuna en alrededor de 350 millones de dólares, aunque ni el actor ni su equipo más cercano han querido confirmar o negar la cifra.
“Jackie Chan es básicamente el ratón Mickey de la cultura china, una celebridad tan omnipresente que su nombre se ha convertido en sinónimo del cine chino de éxito”, dice Grady Hendrix, cofundador del Festival de Cine Asiático de Nueva York.

Dado que el éxito de los negocios en China depende en última instancia de los permisos y beneficios gubernamentales, Chan tiene un arma secreta escondida: es miembro de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, un organismo de gobierno muy influyente. Así que Pekín da luz verde al rodaje y estreno en China de todas sus películas.

Alianzas beneficiosas

Sin duda está en una posición cada vez más poderosa. Los cines han crecido en China a una tasa de casi el 33% en los últimos cinco años, generando alrededor de 5.000 millones de dólares en el último año; los ingresos de taquilla en el mes de febrero superaron los de EE UU. Dado que una superproducción americana puede recaudar 250 millones de dólares en China, las productoras y distribuidoras locales ponen en marcha medidadas para proteger su cuota de público, como largos periodos de ‘excepción’ de estrenos extranjeros, o la coincidencia de varios de ellos el mismo fin de semana, reduciendo notablemente su capacidad al tener que mantener la dura competencia. Esto ha llevado a que Hollywood busque la participación de compañías chinas en sus grandes producciones, como Transformers: la era de la extinción o Iron Man 3, lo que les permite salvar así esas condiciones.
Y eso no hace sino beneficiar a Jackie Chan, conocido por sus compatriotas del negocio como ‘el gran hermano’, al colocarlo justo en medio de ambas industrias, no ya como intérprete sino como asesor y socio.

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“Cuando miro un mapa me pregunto por qué este lado es el mío y aquel lado el tuyo”, dice Chan delineando un mundo imaginario. “¿Quién marcó los límites? Creo que el mundo nos pertenece a todos. América me pertenece a mí y China le pertenece a usted”.

Chan nació en 1954, en un Hong Kong aún bajo la bandera de Reino Unido. Sus padres trabajaron en la cocina de la embajada francesa antes de marcharse a Australia. Sólo muchos años después el actor se enteró de que su padre tuvo que huir al trabajar como espía para Taiwán. Debutó en el cine con un pequeño papel en Operación Dragón (1973), el gran clásico de Bruce Lee. Y comprendió que su primer reto, si quería destacar en la industria, era distinguirse del gran maestro de las artes marciales.

Chan comenzó a desarrollar sus propios trucos de pantalla, y cuando China se abrió al mundo en los 90, el actor y empresario estaba preparado para sacar tajada: sendas cadenas de cafeterías y gimnasios complementaban los ingresos que obtenía como actor, productor y director. En 1998 lanzó además Jackie Chan Design, en cuya página web pueden encontrarse a la venta más de 400 artículos diferentes, desde botellas de agua a relojes, todos ellos diseñados por el propio Chan.

El actor supo rentabilizar los grandes éxitos que supusieron películas como Shanghai Kid, Kung Fu Panda o la saga Hora punta, y fue labrándose una imagen cada vez más amable para el público internacional, lo que le convertía en un personaje aún más atractivo para las campañas publicitarias.

Por otro lado, ha encontrado siempre un gran aliado en las autoridades chinas, que lo reclutaron para ser embajador de los Juegos Olímpicos de 2008. Esto permitió a Chan trasladar sus operaciones desde Hong Kong a Pekín. De este modo se encontró en el epicentro de la floreciente industria del cine chino y el gobierno que la controla.