Cuando el inversor multimillonario Bill Ackman recibe una propuesta para financiar un proyecto a través de su fundación, comienza con una pregunta que se parece más al proceso de selección de un fondo de capital riesgo que a una iniciativa benéfica tradicional: ¿es este un problema que el mercado ya puede resolver por sí solo? Para Ackman, la filantropía de mayor impacto se encuentra precisamente allí donde ni los mercados ni los gobiernos han sido capaces de ofrecer soluciones eficaces.
Uno de esos ámbitos es el de la investigación científica de vanguardia, lo que él denomina blue-sky research, donde los investigadores buscan avances disruptivos en áreas como la salud. Un ejemplo es el premio MIND de la Pershing Square Foundation, una iniciativa que concede cada año hasta 750.000 dólares a seis científicos que desarrollan investigaciones punteras sobre enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y otras formas de demencia.
Ackman también ha defendido el uso de la inteligencia artificial para abordar problemas estructurales de larga duración en ámbitos como la vivienda o la educación primaria y secundaria. Esta filosofía filantrópica basada en cubrir vacíos donde otros actores no llegan ha guiado a Ackman y a su esposa, Neri Oxman, a través de la Pershing Square Foundation. Desde 2006, la organización ha distribuido más de 930 millones de dólares en donaciones y subvenciones destinadas a abordar desafíos específicos en áreas como la investigación contra el cáncer, la neurociencia o la salud ovárica.
“Creo que existe una buena filantropía y una mala filantropía, y yo intento practicar la buena”, explica Ackman a Forbes. “Hay muchas formas diferentes de generar impacto… La filantropía es una herramienta muy útil para resolver determinados problemas para los que actualmente no existe una solución con fines de lucro”.
Cari Tuna, esposa del cofundador de Facebook Dustin Moskovitz y una de las filántropas más influyentes de su generación, lo resume de esta manera: “Los gobiernos tienen que justificar sus decisiones ante los votantes; las empresas responden ante sus accionistas. La filantropía está sujeta a muchas menos limitaciones”, afirmó en una reciente entrevista en Stanford. “La capacidad de actuar en medio de la incertidumbre y asumir riesgos es una de las ventajas estructurales más infravaloradas de la filantropía”. Por ello, en lugar de destinar sus recursos únicamente a las causas que más les apasionan personalmente, Tuna y Moskovitz optan por invertir en áreas que suelen considerarse más arriesgadas, pero donde cada dólar puede generar un mayor impacto, especialmente en ámbitos complejos o tradicionalmente desatendidos.
Quedaron atrás los tiempos en los que las mayores fortunas del mundo se limitaban a donar a sus universidades de origen o a instituciones tradicionales como museos y bibliotecas a cambio de ver su nombre grabado en una fachada. Hoy, muchos de estos iconos empresariales aplican un pensamiento contracorriente a la filantropía. Esto es especialmente evidente entre los integrantes de la primera edición de la lista Iconoclast, que están transformando el sector filantrópico de forma similar a como revolucionaron el mundo de los negocios: apostando por enfoques capaces de generar el mayor retorno social y económico posible a largo plazo.
Un ejemplo destacado es el de MacKenzie Scott, que ha distribuido más de 26.000 millones de dólares en donaciones filantrópicas a más de 2.700 organizaciones sin ánimo de lucro, universidades y entidades comunitarias, todo ello con una discreción poco habitual y a un ritmo sin precedentes. Aún más llamativo es que entrega esos fondos sin imponer condiciones, permitiendo que cada organización decida libremente cómo utilizar el dinero. En 2024, además, anunció que destinaría parte de su patrimonio a inversiones de impacto, es decir, fondos centrados en apoyar causas con efectos positivos en ámbitos como la energía verde o la educación.
“He pedido al equipo de inversión que me ayuda a gestionar mis activos que identifique fondos y empresas centrados en soluciones con ánimo de lucro para estos desafíos”, escribió en la web de su fundación. “De esta forma, el dinero puede contribuir a resolver estos problemas dos veces”.
Otro caso es el de Steve Ballmer. Aunque él y su esposa, Connie Ballmer, han donado miles de millones de dólares a diversas causas, el exdirector ejecutivo de Microsoft siente una especial preocupación por hacer que los datos públicos sean más accesibles, actualizados y útiles para todos los ciudadanos. Con ese objetivo financia USAFacts, una plataforma independiente que recopila y organiza una enorme cantidad de información gubernamental sobre cuestiones como la economía, la educación, la criminalidad o la inmigración. Ballmer ha destinado más de 100 millones de dólares a este proyecto.
“Crecí en el mundo de los accionistas: personas que poseen acciones de tu empresa y ante las que debes rendir cuentas”, explica Ballmer. “Yo considero que todos los contribuyentes somos accionistas de Estados Unidos, y creo que todos deberíamos tener acceso a los datos y la información que nos permitan saber qué estamos haciendo bien, qué estamos haciendo mal y en qué áreas necesitamos mejorar”.
Una de las donaciones más inusuales de los últimos años provino del magnate tecnológico Michael Dell y su esposa Susan. En diciembre, la pareja anunció una aportación sin precedentes de 6.250 millones de dólares destinada a crear cuentas de inversión con 250 dólares iniciales para más de 25 millones de niños estadounidenses que no cumplen los requisitos para acceder al programa Invest America impulsado por el presidente Donald Trump. La iniciativa, gestionada a través del Departamento del Tesoro, constituye uno de los mayores compromisos filantrópicos de la historia de Estados Unidos y prácticamente duplica el volumen total de donaciones que la pareja había realizado hasta la fecha. Los fondos servirán para abrir cuentas a niños de hasta 10 años que residan en códigos postales seleccionados con ingresos familiares medios inferiores a 150.000 dólares anuales. Lo que distingue esta iniciativa es su apuesta por una estrategia económica de largo plazo: proporcionar a millones de menores un activo financiero capaz de crecer durante décadas sin estar sujeto a evaluaciones anuales estrictas.
Por otro lado, John Arnold, exitoso operador del sector energético y antiguo ejecutivo de Enron, cerró su fondo de cobertura en 2012 cuando tenía apenas 38 años. Desde entonces, él y su esposa Laura han donado más de 2.000 millones de dólares, equivalentes al 42% de su patrimonio, lo que los convierte en una de las parejas más generosas del mundo en términos proporcionales. Sin embargo, lo más singular de su enfoque es la importancia que conceden a la investigación rigurosa para orientar sus decisiones filantrópicas en ámbitos tan diversos como la educación, la oferta de vivienda o las apuestas deportivas legalizadas. Solo el año pasado, el equipo de Evidencia y Evaluación de Arnold Ventures, con sede en Houston, concedió más de 85 ayudas a proyectos de investigación.
Por supuesto, encontrar nuevas formas de donar no es algo completamente nuevo, aunque las ideas y los métodos evolucionen con el tiempo. Desde 2016, por ejemplo, Steve Schwarzman, fundador y consejero delegado de Blackstone, ha financiado cada año la formación de entre 100 y 200 estudiantes en el programa de máster Schwarzman Scholars de la Universidad de Tsinghua, en China, con el objetivo de fomentar una mejor comprensión y relación entre países. “En filantropía, igual que en los negocios, disfruto afrontando desafíos complejos que requieren soluciones innovadoras y reflexivas”, explica Schwarzman, quien añade que “la educación es el pasaporte hacia una vida mejor”.
Aunque cada uno de estos multimillonarios filántropos sigue una estrategia diferente, existe un elemento común en todos ellos: gran parte de sus esfuerzos no se centran únicamente en elegir instituciones concretas o evaluar proyectos específicos, sino en replantear el papel que debe desempeñar la filantropía dentro de un sistema capitalista en el que también intervienen el mercado y los gobiernos. Para estos iconoclastas, la verdadera innovación no reside tanto en dónde donan su dinero, sino en cómo conciben el acto de donar desde el principio.
A continuación, algunas reflexiones ampliadas sobre la filantropía de varios integrantes de la primera edición de la lista Iconoclast 50:
Steve y Connie Ballmer:
“No se pueden cambiar las oportunidades de millones de niños y familias sin transformar los sistemas, y cambiar los sistemas requiere tiempo. Ambos tuvimos la enorme fortuna de nacer en este país en una época en la que existían muchas oportunidades a nuestro alcance. Connie y yo sentimos que tenía sentido encontrar formas de compartir nuestros recursos para ayudar a otras personas a acceder a las mismas oportunidades que nosotros tuvimos”.
Alexandra Cohen:
“Al crecer en Washington Heights, mi madre me enseñó la importancia de apoyar a nuestra comunidad. Nuestro objetivo es generar un impacto positivo en la vida de las personas. Nos apasiona respaldar a organizaciones capaces de impulsar cambios reales para que puedan seguir haciendo lo que mejor saben hacer: ayudar a las comunidades a prosperar y resolver problemas complejos. Todos tenemos el poder de contribuir a que el mundo sea un lugar mejor”.
Michael y Susan Dell:
“El verdadero progreso se produce cuando comunidades, gobiernos, empresas y organizaciones filantrópicas trabajan juntos. La filantropía puede desempeñar un papel fundamental a la hora de poner a prueba nuevas ideas, actuar con rapidez, aprender de los resultados y ofrecer apoyo inicial a soluciones que posteriormente puedan ampliarse y beneficiar a un mayor número de personas”.
Melinda Gates:
“Siempre he confiado profundamente en nuestros socios y en el trabajo que realizan, pero ahora pienso mucho más en cómo me relaciono con ellos, porque eso influye enormemente en el progreso que podemos lograr juntos. Las personas que están más cerca de un problema son quienes tienen la visión más clara de lo que debe ocurrir para mejorar vidas. Mi papel no es llegar con todas las respuestas, sino respaldar a líderes eficaces y escuchar atentamente todo lo que pueden enseñarme”.
Dustin Moskovitz y Cari Tuna:
“Nos mueve una idea sencilla que nos tomamos muy en serio: queremos hacer todo el bien posible para los demás. Ese principio nos ha llevado a elegir nuestras causas de forma estratégica —desde la salud global hasta la investigación científica o los desafíos asociados a la inteligencia artificial transformadora— en función de dónde creemos que una mayor financiación filantrópica puede marcar la mayor diferencia. Después de más de quince años dedicados a este trabajo, nuestra experiencia solo ha reforzado una convicción: cuando se actúa allí donde la necesidad es mayor, el potencial para generar impacto es extraordinario”.
Steve Schwarzman:
“Ayudar a los demás debería formar parte de la vida. Debería ser un hábito, no algo reservado únicamente a la ‘filantropía’ en el sentido tradicional del término. He intentado vivir de acuerdo con esa idea y animar a otros a hacer lo mismo. La escala y la forma de contribuir —ya sea mediante dinero, tiempo o contactos— pueden cambiar con el paso de los años, pero el compromiso de ayudar a los demás no debería hacerlo. Actuar de esa manera aporta un profundo sentido y propósito a la propia vida.”
Este artículo se ha publicado originariamente en Forbes.com

