A principios del siglo XVIII comenzó en Europa una enorme migración hacia las ciudades, principalmente de gente joven y pobre. Una vez establecidos en las urbes difícilmente encontraban trabajo. En 1720, describe Richard Sennet en su libro Construir y Habitar, “solo alrededor del 70% de la población urbana de bajos recursos que habitaba en Londres disponía de un empleo a tiempo completo”. A más población, más viviendas hacinadas y más chimeneas contaminantes. ¿Resultado? Aire más tóxico y el caldo de cultivo perfecto para la expansión de virus mortales como la tuberculosis o el cólera, por ejemplo. En este contexto los urbanistas, que previamente no tuvieron en cuenta la crisis económica para realizar cambios, destinaron sus diseños a atajar los problemas de salud pública que afectaban a ricos y a pobres. Hoy, la historia se repite.

La crisis provocada por la COVID-19 se presenta como una oportunidad perfecta para repensar la configuración de las urbes y la forma en la que los ciudadanos se relacionan con ellas. “Tenemos que repensar la ciudad porque tenemos que repensar la manera en la que consumimos, producimos y nos movemos. Es la necesidad de reajustar las sociedades”, apunta Agustí Fernández de Losada, director del Programa Ciudades Globa- les del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB). Aunque estos días hay muchos que auguran un giro antiurbanista y el regreso de las nostalgia rural, los expertos dudan de que sea una tendencia que reste importancia a la gran metrópoli. Ciertamente, ha crecido el interés por las viviendas situadas en el campo o ciudades más pequeñas. Según el portal inmobiliario Idealista, en el mercado prepandemia el 44% de las búsquedas de piso se centraban en las capitales de provincia, pero tras el decreto del estado de alarma este porcentaje se redujo hasta el 38,8%. Pese al interés inicial comenta José Ma Ezquiaga, Doctor Arquitecto y Profesor de Urbanismo en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, “la ciudad no tiene ningún riesgo de perder protagonismo”.

Las ciudades son clave en el desarrollo económico mundial. La OCDE calcula que más del 80% del PIB del planeta se genera en ellas. Son potenciadoras de creación de empleo, innovación y crecimiento ecológico, así como centros y puertas de entrada de las redes mundiales de comercio y transporte. De hecho, en los países más industrializados del mundo las áreas metropolitanas más grandes –más de 5 millones de habitantes– tienen niveles de ingresos per cápita más altos en más de un 25% que los de sus respectivos países. “Si la urbanización se gestiona adecuadamente puede contribuir al crecimiento sostenible, aumentando la productividad y facilitando la innovación y el surgimiento de nuevas ideas”, detalla el Banco Mundial. No obstante, la ciudad entraña multitud de posibles riesgos emergentes –pobreza, desigualdades sociales, insalubridad– que no podemos obviar.

Se estima que en 2050, siete de cada diez personas fijarán su domicilio en una metrópoli. Pese a ello, aún estamos a tiempo de definir qué ciudades serán las del mañana porque el 75% de la infraestructura que estará en funcionamiento para ese entonces, aún está por construir. ¿Por dónde empezar el cambio?

Una ciudad para vivirla
Tras la declaración del estado de alarma, los comercios de la Gran Vía de Madrid se cerraban y la población dejaba de pasear por las calles de la capital española. Foto: Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images)

El Ágora de la Antigua Grecia era un espacio abierto y el centro comercial, político y social de Atenas. Los ciudadanos se reunían para discutir sobre leyes, rezar e intercambiar objetos en el mercado. Es el origen de la urbe occidental. Con el tiempo, las ciudades han ido perdiendo parte de su identidad original transformándose primero en calles, y después en carreteras como mero elemento de movilidad mecánica. Sin darnos cuenta, el automóvil ha monopolizado el espacio urbano en forma de asfalto y ha acaparado entre el 60 y el 70% de toda la ciudad, bien para aparcar o bien para circular. Hasta ahora, esa realidad había pasado inadvertida, pero durante la etapa de confinamiento, dictaminada para contener el virus, se ha mostrado de forma transparente.

Los residentes han perdido espacio para pasear, disfrutar del aire libre, jugar o simplemente descansar en la calle. Un hecho que afecta a las personas en múltiples casos. Sabemos que daña la cohesión social, se reduce la actividad física y la vida activa e impacta en la salud de los ciudadanos, pero también en el desarrollo de la economía. Los expertos del Banco Mundial advierten de que muchas ciudades del mundo están perdiendo importantes oportunidades de desarrollo al ignorar, desaprovechar o no administrar bien los espacios públicos. Si las personas se sienten ligadas a un lugar específico, invierten más tiempo en su área y gastan más en su círculo cercano. Así que, las zonas comunes pueden estimular la economía local, mientras generan ingresos fiscales para los gobiernos municipales. En definitiva, si las zonas compartidas están bien diseña- das y mantenidas, son capaces de mejorar las ventas de las empresas, el valor de los terrenos y los ingresos municipales.

Una realidad de la que se ha aprovechado recientemente Corea del Sur. Cheonggyecheon es un río que recorre 5,8 kilómetros del centro de Seúl. En los años 70, se construyó sobre él una autopista de 16 metros de ancho con el fin de evitar que crecieran los asentamientos ilegales a ambos lados de la ribera. Durante años, fue considerado un éxito de modernidad e industrialización, pero la autopista era también el principal foco de contaminación de la ciudad. En 2003 el gobierno local restauró el río y sustituyó el asfalto por un parque de 400 hectáreas –casi tres veces el tamaño de Hyde Park de Londres– con pasos peatonales a ambas orillas. ¿Resultado? El proyecto costó 367 millones de dólares, pero reporta beneficios sociales por valor de 3.500 millones de dólares, según los cálculos de ONU-Habitat. Tras el encierro, las ciudades, que reasignaron temporalmente el espacio vial de los automóviles –ensanchando aceras y carriles para proporcionar más espacio a las personas– deben apresurarse y redefinir sus políticas de largo plazo.

Ciudades de 15 minutos

La COVID-19 ha mostrado que es posible conciliar la vida urbana con el cuidado del medioambiente y la vida sana. El periodo de confinamiento y el frenazo de la actividad económica ha mejorado la calidad del aire en las ciudades más contaminadas del planeta: Nueva York, Pekín, Londres… Beneficios ambientales que pueden llegar a ser pasajeros si la economía vuelve a ponerse en marcha sin que se planteen políticas realmente disruptivas. La tarea es titánica porque en los últimos años la ciudad ha crecido bajo la regla de la segmentación. En la periferia, el trabajo; en el extremo opuesto, el colegio de los pequeños; el cine, en el centro y los supermercados y grandes almacenes, a media hora de casa. Una planificación mal diseñada que irremediablemente sitúa al coche como rey indiscutible de la ciudad. “Los desplazamientos en vehículos particulares suponen un gran consumo de energía, y producen contaminación acústica y atmosférica”, explica Rita Gasalla, CEO del estudio de arquitectura Galöw y miembro del comité de expertos del recién creado Observatorio de Arquitectura Saludable. De hecho, la contaminación se sitúa como la cuarta causa de mortalidad a nivel mundial con 7 millones de fallecimientos, según constata la Organización Mundial de la Salud.

Hasta ahora, la dinámica de emplear varias horas de vida en desplazarse ha sido asumida con naturalidad por la ciudadanía, pero los cambios de rutinas forzadas por el virus –teletrabajo, distanciamiento social y restricción de movilidad– deja al descubierto las bondades de disponer de lo que necesitamos en un entorno cercano. ¿Y si en lugar de pasar una hora cada mañana en coche para ir al trabajo lo uso para salir a correr? ¿Por qué no llenar el frigorífico con los productos de la tienda de la esquina? ¿Y si los niños van al colegio en bicicleta? Esa metrópoli soñada, sin ser perfecta, existe. Es la ‘ciudad de los 15 minutos‘ y se basa en la idea del barrio tradicional. El concepto, que tiene su origen en el éxito de la peatonalización de los centros históricos europeos, está en la mesa de las principales metrópolis del planeta por su capacidad de reducir de forma muy notable la movilidad interna y mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos así como el aire que respiran. El policentrismo facilita el acceso peatonal o en bicicleta a las necesidades diarias de los ciudadanos y permite que las personas puedan desarrollar sus vidas en un entorno más cercano. Pero, ¿cómo diseñar la ciudad para hacerla a medida del viandante y no del conductor como ha ocurrido a lo largo del último siglo?

En opinión del director del Programa Ciudades Globales del CIDOB, “el proceso de rediseño será muy complejo no solo por la dificultad intrínseca que conlleva remover estructuras asentadas, sino porque deberá hacerse en un contexto de recesión económica sin precedentes”. Motivo más que suficiente para sellar acuerdos entre el sector público y el privado y buscar la mayor movilización de recursos posible. En este sentido, los fondos europeos que se han habilitado para la recuperación tras la pandemia son un buen punto de partida para corregir estas situaciones.

Viviendas saludables

A comienzos del siglo XX, los arquitectos vivieron con gran preocupación la expansión de una enfermedad endémica en las áreas más pobres de la ciudad: la tuberculosis. Para intentar controlarla idearon el sanatorio y consiguieron que el sol y el aire ayudaran en su extinción. “Los antibióticos nos habían hecho perder de vista la peligrosidad de las malas condiciones de las viviendas. Pero, lo que era insalubre hace 100 años sigue siendo insalubre estos días“, expone Ezquiaga. Como entonces, estos meses han sufrido más los que menos tienen. Por ejemplo, la tasa de infección per cápita en los barrios más pobres de Londres es tres veces superior a la de los más adinerados. Y, en la ciudad de Nueva York, la probabilidad de contagiarse se incrementa en los vecindarios con mayor población afroamericana y latina, donde la unidad familiar media es más numerosa.

Foto: Michael Tuszynski/Pexels

Hoy, en España, el 47% de los hogares tiene una superficie útil inferior a 90 metros cuadrados. Todo un lujo para algunos, ya que proliferan cada vez más viviendas en sótanos sin ventilación, sin luz natural o con ruidos permanentes porque son más económicos y asequibles, sobre todo en el centro de las ciudades. Pero, si algo hemos aprendido estos meses es que debemos vigilar asuntos que dejaron de tenerse en cuenta hace años.

En el comité de expertos del Observatorio de Arquitectura Saludable defienden que los edificios deben basarse en criterios que van más allá de la eficiencia, la funcionalidad o lo estético. “Hay que centrarse en crear espacios que preserven la salud y la sensación de bienestar de sus ocupantes, física y psicológica”, abogan. Iluminación, pureza del aire, confort higrotérmico y acústico, toxicidad de los electrodomésticos, ergonomía… Cada uno de esos elementos desempeñará un papel indispensable en la creación de espacios futuros gracias a los avances tecnológicos. Todo un desafío para el que es indispensable, según reconoce la arquitecta Gasalla, “firmar un nuevo acuerdo social que garantice la vivienda digna y priorice la salud de todos a través de los edificios y ciudades”.

Y, pese a que como recuerda Sennet, “la experiencia en una ciudad, al igual que en el dormitorio o en el campo de batalla, raramente es simple, homogénea, sino que en general está llena de contradicciones y aristas”. La cuestión es si existirá el compromiso, los recursos y la imaginación para transformar la ciudad en lugares más resilientes, sostenibles y seguros.