Son honestos: la verdad es su bandera y la hipocresía su lucha diaria. ¿Es la sinceridad una de tus cualidades?

Quieren lo mejor para quienes los rodean. La envidia y la mala saña es una de las epidemias empresariales más importantes. Sin embargo un buen líder no deseará mal alguno a su prójimo.
Conocen sus debilidades y trabajan en ellas. Saber nuestras carencias es tan importante como saber en qué destacamos, los grandes mandamases lo tienen en cuenta.

Saben que el liderazgo es importante: saben que la influencia en las personas es vital. Tratan de ganársela a través de la confianza y las acciones.

Se automotivan con facilidad, incluso en las circunstancias más aburridas. Saben que su fuente de energía serán sus ganas y tesón, por lo que lo mantienen vivo.

Son ambiciosos teniendo en cuenta su empresa: la ambición es positiva, siempre y cuando se pregunten “¿este acto a quién beneficia a la organización o a mí?”.

Crecen constantemente. Saben de su ignorancia ante el mundo y tratan de remediarla. La soberbia es aparcada en este punto por una dosis de humildad.

Trabajan diariamente en retos: lo que diferencia a un buen líder de otro que no lo es. Organizarse a contrarreloj y no tener miedo de caer al vacío son unas cualidades de estas mentes que influencian a su entorno.

Valoran la comunicación ya que saben de su utilidad. Invierten tiempo en dominarla y les preocupa este hecho. En la antigua Grecia se reflejaba del mismo modo: el más sabio era el que mejor sabía hablar en público.

Se centran en el futuro. Esta es la llave del éxito, ya que los grandes líderes saben que el pasado es algo que no pueden cambiar. Mejor avanzar y mejorar.

Están dispuestos a admitir cuando se equivocan. Ya comentamos que humildad es un rasgo de estas súper personas, pero la práctica y el perdón público estará solo reservado para los mejores de su liga.