De pequeños, en el colegio, son los curiosos, los que abren el armario prohibido. Esos niños inquietos que no son conscientes de su estado porque simplemente quieran jugar a su manera, explorando y cayéndose para luego seguir. Van a por más y hacen camino, sea a gatas o sobre los dos pies, hasta que alcanzan su objetivo. Se podría pensar en el conformismo como estado siguiente, pero estos benjamines se preguntan qué podría haber después y cuál sería el nuevo nivel.

Crecen desarrollando otros sentidos más afines a sus metas. Durante este tiempo coinciden con individuos de cierta similitud mental, por así decirlo. Quizá no iguales, pero algún trazo del pensamiento comparten. Si conectan, pueden unir el impulso y potenciarlo, formando un equipo hasta que, por la propia condición aventurera, uno de los dos tome una dirección alternativa. ¡Quién sabe si volverán a coincidir pasado el tiempo (mucho o poco)! Mientras tanto, serán brigada.

Y así, con la edad y debido a la prueba y al error, puntualizan sobre lo que buscan y descartan sin miramientos aquello que puede no interesar o es susceptible de obstaculizar. Un filtro que va cerrando sus agujeros para hilar fino en el mañana.

Llegados a un punto, el logro alcanzado por la persona pasa a ser secundario al visualizar otro escalón a subir. Aprenden y se reponen de los éxitos tanto o más que de los fracasos. Una semilla de sabiduría que germinó, al fin, pero que cada día va sacando nuevas hojas para respirar. Se trata de eso, de respirar; aire nuevo por conocer. Salir de la zona de confort y perderle el miedo al qué dirán.

Nikola Tesla o Leonardo Da Vinci son dos ejemplos representativos en la Historia de la Humanidad. No ya por lo que crearon, sino por el legado de ideas que generaron y que se han ido transmitiendo hasta el día de hoy. “Cuando tengo una idea, comienzo por conformarla en mi imaginación. Cambio la construcción, hago mejoras y manejo el dispositivo en mi mente”, describía Tesla en Mis inventos (1919). El filósofo y economista Adam Smith, por poner otro modelo de patrón, ahondaba en la riqueza y en la moralidad, procurando extender el conocimiento por encima de las fronteras de la conciencia. Así lo detallaba en La riqueza de las naciones (1776): “No hay nada más sutil que el agua; pero con ella apenas se puede comprar cosa alguna ni recibir cosa a cambio. Por el contrario, un diamante apenas tiene valor de uso, pero generalmente se pueden adquirir, a cambio de él, una gran cantidad de otros bienes”.

Un pionero debe ser seguro en sus intenciones. Si ha errado, su cadáver servirá para abonar el terreno del que retoma el trayecto que, por otro lado, no tiene porqué tener el mismo fin. Por eso, las ideas no son puras en sí, sino hijas bastardas de las aportaciones colectivas que nacieron de otro conjunto de combinaciones ideadas.

El espíritu de búsqueda no comprende de sectores, de razas, sexos, condición física o nacionalidades. No obstante, un país que fomenta la autonomía y las ideas es un país rico –y no obligatoriamente en el sentido económico- que se irá rodeando de mentes brillantes por la inercia del contagio creativo libre de prejuicios. Pero para eso no hay que fabricar barreras que limiten a las mujeres y a los hombres con visiones nuevas y arriesgadas -locos hasta que la idea triunfa, que diría Mark Twain-, sino con herramientas que ayuden en el progreso ya que el beneficio de uno debería ser el beneficio de otro.