Normalmente un mandamás siempre tendrá una respuesta correcta e idónea ante un fallo o fracaso empresarial: se tiende a echar la culpa a otros, ya sean de rangos inferiores o superiores. Y golpearse unos a otros y a sí mismos en la oficina no llevará a ningún buen puerto.

Es por eso que cuando se comete un error hay que llevar a cabo una estrategia lógica: pedir ayuda. Simplemente alzar la voz y pedir una mano o cabeza pensante que pueda solucionar el meollo que hemos organizado de forma involuntaria. ¿Qué hay de malo en ello?

Este “momento Zen” como muchos empresarios podrían llamarlo se alcanza a lo largo de nuestra carrera laboral y normalmente se dinamita por un momento de presión y tensión.

Prueba a decir “lo siento” en una reunión, te sorprenderá la acogida que puede tener una frase tan poco vista entre las mesas de grandes empresas. “¿Alguien tiene una idea de cómo arreglarlo?” podría ser la sentencia que continúe tu alegato y que, sin duda, hará de tu equipo una piña resolutiva ante lo que, aunque a veces lo olvidemos, nos puede ocurrir a cualquiera.

Este ejercicio te aportará una gran dosis de humildad, respeto y, aunque algunos no lo crean, de confianza. La confianza de saber que se puede fallar y retomar la tarea.