Una de las cosas que impiden ver los problemas son las emociones. No hace falta despojarse de las emociones para gestionar una empresa, pero sí hay que dejarlas de lado, hasta cierto punto, cuando hay problemas. Pensar objetiva y razonablemente es lo ideal. Muchas veces, el deseo de sacar adelante un proyecto o el compromiso con algunas personas, ciega al empresario que sigue hacia delante sin reparar en la realidad ni en los problemas que esta trae consigo.

La gestión de la deuda griega nos ha dejado varias lecciones que aprender como empresarios. La situación se está comenzando a convertir en una especie de lucha de puntos de vista sobre lo que es más o menos moral, cuando la realidad es que las cuentas no salen, pura matemática. El problema se ha ido retrasando y cada vez es mayor.

Lo ideal en una empresa es abordar los problemas según van surgiendo. Retrasarlos no sirve de nada. En el caso de Grecia, por ejemplo, si desde un primero momento se hubiera evaluado la incapacidad del país para afrontar la deuda, se podría haber buscado otra solución que no fuera endeudarse rescate tras rescate.

En una empresa pasa lo mismo. Puedes tener una oportunidad de negocio única entre manos, pero si no tienes los socios adecuados o te falta el capital necesario, es mejor no llevarla a cabo y tratar de buscar una solución antes de mover nada. Seguir adelante como si no hubiera mañana con una idea sin recaer en que puede suponer un fracaso estrepitoso es un error más común de lo que parece, especialmente en el caso de los emprendedores. Recuerda que, siempre será mejor ir sobre seguro y poco a poco que tirarse a la piscina sin mirar y salir más empapado de la cuenta.