Salazar, la papelería más antigua de Madrid, cierra sus puertas este verano, según publica Somos Chamberí, el proyecto de periodismo local independiente asociado a eldiario.es.

Este establecimiento, que lleva 115 años abierto en el número 7 de la calle Luchana, se fundó en 1905 como un estanco. Por esta tienda tradicional han pasado cuatro generaciones de la familia Salazar. Quintina fue la primera de ellas y actualmente, sus biznietas, Ana y Fernanda, atienden tras su mostrador.

Con el paso del tiempo, la familia fue integrando en el negocio productos de papelería, hasta que el estanco fue abandonado. En 1929 ya era una papelería al uso, y en los años 50 se introducen trabajos de imprenta.

85 años tras el mostrador

Desde 1935, con tan sólo 16 años, Elena Salazar Martín estuvo detrás del mostrador de esta emblemática papelería e imprenta madrileña, que lleva su nombre y de la que se sentía muy orgullosa.

Fue en 1948 cuando realmente tuvo que hacerse cargo del negocio, quedándose sola debido a la marcha de su madre y de su hermana a Sevilla, lo que la convirtió en responsable de la papelería.

Dos años después, en 1950, Elena se casó y, junto a su marido, decidió ampliar el negocio, adquiriendo el local contiguo, donde situaron el taller de imprenta, que todavía hoy sigue operativo.

Desde entonces, Elena había conseguido que la papelería-imprenta siguiese funcionando, creando empleo para una media de quince familias, que es el número de empleados que ha venido teniendo.

Negocio familiar

El posicionamiento y reconocimiento de esta icónica papelería ha sido fruto del esfuerzo de Elena y de toda su familia. Durante todos estos años ha contado con su ayuda, primero estuvo a su lado su marido, con el que afianzó el negocio, y posteriormente ha tenido el imprescindible apoyo de sus dos hijas, que optaron por continuar la tradición familiar, convirtiéndose en la cuarta generación al frente de la papelería.

A sus 85 años, Elena ha seguido trabajando cada día en su papelería, a la cual, después de tanto tiempo, se sentía emocionalmente ligada, al haber dedicado la mayor parte de su vida a ella, y de la que por supuesto conservará una infinidad de recuerdos y anécdotas.

Gracias a su dedicación ha sabido ser un emblema para todo el comercio madrileño y en especial para el barrio de Chamberí, que siempre la recordará con el cariño que ella supo trasmitir. Tanto es así que en 1991, la Asociación de Empresarios de Papelería y Objetos de Escritorio de Madrid quiso reconocer el mérito de esta labor a lo largo del siglo de esta pequeña empresa, imponiéndole la Insignia de Oro por su dilatada trayectoria profesional.