Durante los años 20 y 30 del pasado siglo se popularizó una expresión en EEUU para referirse a una persona demasiado crédula, demasiado inocente: “Si te crees eso, entonces tengo un puente para venderte”. El puente en cuestión no era otro que el de Brooklyn, erigido sobre el East River para conectar el barrio que le da nombre con la isla de Manhattan, por lo que supone una arteria esencial en el tráfico interno de la ciudad.

A la inauguración de esta magnífica obra de ingeniería, el 24 de mayo de 1883, asistió un joven de 23 años llamado George C. Parker, que como tantos otros en aquella época se las ingeniaba para sobrevivir en una ciudad en ebullición en la que todos buscaban la gran oportunidad para hacerse de oro. El cambio de siglo palpitaba cada vez con más fuerza y la llegada de la urbe sofisticada, con todas sus reglamentaciones, usos y costumbres, aún no se había concretado, por lo que reinaban cierta confusión y laguna legales alrededor de muchos aspectos de la vida cotidiana. Uno de ellos hacía referencia a la propiedad de los bienes urbanos. ¿Eran todos de propiedad y uso públicos o el pujante espíritu capitalista podía apoderarse de ellos para administrarlos a su criterio? Eso, sumado a la codicia palpable de muchos de los ricachones de medio pelo que llegaban del Viejo Mundo con ansias de prosperar, dio al joven George C. Parker las claves necesarias para poner en marcha su magistral estafa.

¿Qué pasaría si alguien pudiese cobrar por cada persona que quisiera cruzar aquel puente que unía la gran ciudad con uno de sus principales barrios en expansión? Así fue, con ese planteamiento, como Parker logró engatusar a decenas de incautos: proponiéndoles adquirir el puente e instalar un puesto de peaje para todo aquel que quisiera entrar o salir de Manhattan. Como todo estafador legendario, Parker tenía don de gentes y nunca le entraba de forma directa a sus víctimas. Su técnica era presentarse como uno de los responsables de la construcción del puente y administrador del mismo, labor que no le agradaba en absoluto. Una vez había despertado el interés del primo, le soltaba su reflexión sobre las posibilidades lucrativas de adquirir en propiedad la obra de ingeniería. Él, se justificaba Parker, prefería no enredarse en esas cuestiones para consagrarse por entero a su trabajo como arquitecto.

Poco más tenía que añadir, salvo quizás subrayar que tenía tantas ganas de liberarse de su responsabilidad que estaba dispuesto a vender el puente por debajo de su precio real. En reuniones posteriores, Parker ponía sobre la mesa un título de propiedad del puente debidamente sellado y firmado, así como un contrato de compraventa con todos los requerimientos legales para parecer auténtico. El timo estaba listo.

Al parecer, aunque al principio tuvo más fracasos que éxitos, Parker fue poco a poco refinando su estilo. Lo detuvieron en un par de ocasiones acusado de estafa, pero las condenas no eran demasiado largas, y aprovechaba ese tiempo en prisión para refinar aún más la trama. Por ejemplo, decidió guiar a los pardillos de turno por las distintas partes del puente explicando dónde podría establecerse el puesto de peaje correspondiente, e incluso una oficina para ir guardando el dinero. Muchos de aquellos que picaron sólo se percataron de la estafa cuando la policía se presentaba en el puente para detener la labor de los operarios que empezaban a trabajar en la construcción de esa soñada caseta de peaje.

George C. Parker estuvo vendiendo incansablemente el Puente de Brooklyn entre 1883 y 1928, nada menos que 45 años. Y aunque digamos que fue su ‘producto estrella’, no fue en absoluto el único objeto de sus estafas. A base de tratar con personajes acaudalados, Parker advirtió que además de la codicia, la vanidad era otro punto flaco a explotar, en un afán incansable de adquirir mayor notoriedad respeto. Esa reflexión le llevó a plantearse la venta de grandes monumentos de la joven república estadounidense, tales como el Madison Square Garden, el Museo Metropolitano de Arte, la Estatua de la Libertad ¡o incluso una tumba!, nada menos que el mausoleo del General Ulysses S. Grant.

Parker tenía 68 cuando, en 1928, fue detenido nuevamente y condenado a cadena perpetua en Sing Sing, donde pasaría los siguientes ocho años, antes de morir en 1936. En la prisión gozó de un trato exquisito por parte del resto de los reclusos, que lo consideraban un verdadero maestro. Pasaba el día evocando sus historias y dando consejos a los jóvenes raterillos que revoloteaban siempre a su alrededor. Querían aprender los secretos del más grande estafador de todos los tiempos.

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