Un buen jefe proporciona el estímulo, el desarrollo, la tutoría y el apoyo, además de ser justo y tener siempre una crítica constructiva y útil en la integración de los empleados en equipos de alto rendimiento. Se trata de un jefe del que te acuerdas durante años, que tiene un impacto duradero en tu carrera.

Por otro lado, el mal jefe es aquel que te hace sentir intimidado, atrapado, cohibido. Tienes dos opciones para enfrentarte a ésta situación: La primera de ellas es esperar. Los malos jefes pueden ser como los matones que finalmente se cansan del acoso y derribo continuo, especialmente una vez que se dan cuenta de que no va a llegar a ninguna parte. La clave es seguir haciendo un buen trabajo, mientras te aseguras de que los responsables más allá de tu jefe saben que lo estás haciendo. Y con el tiempo, un mal jefe puede incluso autodestruirse y perder credibilidad..

La segunda alternativa es buscar otras opciones, tanto por dentro como por fuera. Utiliza la situación como una oportunidad para reevaluar tu carrera, tus prioridades de la vida laboral, y cómo se define el éxito. Cuando no hay situaciones difíciles que nos obliguen a pensar en nuestras trayectorias, nos atenemos a un determinado camino porque es cómodo. Tener un mal jefe puede obligar a pensar en lo que realmente quieres.