Sin embargo, cuando la incertidumbre se abate sobre los mercados, el oro vuelve a ser la respuesta, como lo ha sido durante siglos. El metal precioso por excelencia se está convirtiendo, de nuevo, en el valor refugio más efectivo en un entorno en el que la extensión de políticas monetarias ultraexpansivas ha desactivado la otra gran referencia clásica en tiempos de tribulación: los bonos soberanos de máxima calidad. La onza de oro cotiza hoy un 20% por encima de su nivel de hace tan solo 12 meses; aún le queda por delante otro rally similar hasta alcanzar el máximo histórico de 1.896 dólares (registrado en 2011) que, una vez franqueado, bien podría llevar al metal hasta la cota de los 2.000 dólares tan pronto como 2020. A continuación, explicaremos por qué todo apunta a que la fiebre del oro no ha hecho más que empezar.

En primer lugar, el precio está soportado por una demanda sólida, que va a continuar y que no es precisamente especulativa. Y es que la oleada global de proteccionismo ha desencadenado un movimiento sin precedentes en los bancos centrales que han entrado en una carrera frenética por ‘desdolarizar’ sus reservas. El World Gold Council subraya que en la primera mitad de 2019, los bancos centrales adquirieron 374 toneladas de oro, un volumen nunca visto antes para un periodo semestral. Y el apetito de los bancos centrales por el preciado metal no está dando ninguna muestra de disminuir. De hecho, el Banco Popular de China no ha parado de engrosar sus reservas de oro ante un escenario global cada vez más desafiante.

La persistente debilidad del dólar apuntala esta tendencia. La fragilidad del billete verde se ha visto impulsada por el brusco giro de guión de la Reserva Federal, que ha desandado el camino y ha decidido interrumpir la trayectoria de endurecimiento de la política monetaria después de tres años de un tímido encarecimiento del precio del dinero. El horizonte ahora es de tipos de interés ultrabajos durante un largo periodo de tiempo, y no solo en EE UU sino también en el resto del mundo.

Esta dinámica, además de incentivar las compras de oro por parte de los propios bancos centrales, ha conducido a otro territorio inexplorado por la economía mundial: la generalización de activos de renta fija con rentabilidades negativas, especialmente en la deuda considerada como la más segura, haciendo que las pérdidas sean la norma en los bonos emitidos por las principales economías europeas. Uno de los más proverbiales activos refugios se ha convertido así en un campo minado, ensanchando las posibilidades del oro y de otros metales preciosos como la plata, el platino o el paladio, si bien estos activos transitan por mercados menos profundos (son más pequeños y, por tanto, tienen menos liquidez), por lo que son más susceptibles a fluctuaciones y fuertes oscilaciones en su cotización.

Al mismo tiempo, el conflicto comercial abierto a escala planetaria por la Administración Trump ha conducido a una guerra global de divisas y de devaluaciones. La reacción inmediata ante esta situación es la de diversificar activos. En busca y captura de una rentabilidad cada vez más difícil de encontrar en los mercados financieros, las posiciones especulativas sobre los metales preciosos aumentan de manera exponencial.

En definitiva, con la renta variable exhausta y la renta fija profundizando su viaje hacia el territorio negativo, el momento es propicio para los metales preciosos. En este sentido, la ebullición del metal dorado ha llevado a la plata a estar claramente infravalorada, de acuerdo con lo que indica la ratio oro/plata (la cantidad de plata necesaria para comprar una onza de oro). Esta ratio ha roto soportes clave, dejando el camino expedito para un descenso dramático.

Por si todo lo anterior fuera poco, los tambores de recesión global se escuchan ahora con una intensidad desconocida. La ansiedad de los inversores aumenta y blindar las carteras se convierte en una necesidad imperiosa. A medida que la niebla de la incertidumbre se extiende por el mundo y los puertos seguros escasean, los metales vuelven a brillar con fuerza.