Con un simple toque en la pantalla, un teléfono móvil inteligente puede ofrecernos rápidamente la mayoría de nuestro deseos más básicos: comida, refugio, transporte, entretenimiento, sexo… El fundador de Citizen, Andrew Frame, un expirata informático que ganó decenas de millones pluriempleándose unos pocos días en los comienzos de la incipiente Facebook, piensa que puede añadir a nuestros teléfonos una necesidad humana todavía más esencial: la seguridad personal. “Todos vamos andando por ahí con superordenadores en nuestros bolsillos, con tecnología de geolocalización y capacidad de emitir video en directo –dice Frame–. Debe haber algo más que podamos hacer”.

En la sede de su empresa tecnológica –que no figura en el listín telefónico–, situada en el barrio neoyorquino de Little Italy, sus jóvenes empleados beben café de tazas que llevan impreso el logotipo de Citizen mientras observan cómo se van desplegando el caos y la delincuencia por todos los Estados Unidos. Un niño es secuestrado en Filadelfia; un coche de policía atropella a un adolescente de quince años en Baltimore; en Los Ángeles se produce un apuñalamiento; un incendio en Nueva York. Las oficinas de Citizen están repletas de mesas atiborradas, a su vez, de monitores de pantalla panorámica apilados unos sobre otros, que hacen que parezca una especie de cruce entre una sala de control de tráfico aéreo y una de intermediarios financieros de Wall Street. Los analistas, de entre veintitantos y treinta y pocos años, escuchan a través de los cascos de sus auriculares la frenética actividad que se está produciendo, con los ojos clavados en los textos de conversaciones y los mapas de la ciudad que van apareciendo, uno tras otro, en las pantallas. Los dedos vuelan por los teclados, alternándose entre recibir comunicados de tragedias, emitir alertas de seguridad, compartir videos y publicar actualizaciones de incidentes para los usuarios de Citizen que se encuentran físicamente cerca de las calamidades de esa mañana.

“Hemos desvelado todos estos datos del 911 y se los hemos ofrecido a la gente”, dice Frame, que, alto y delgado, y vestido con una gorra de béisbol y una camisa azul de cuadros muy usada, parece diez años más joven que los 39 que tiene. “Antes de esto, tenías que ir a una academia de policía para poder acceder a la información en tiempo real sobre crímenes o ser un bombero para tener acceso a información sobre incendios. La gente también merece tener esta información en tiempo real”.

Según su web oficial, Citizen ha ayudado a encontrar personas desaparecidas, rescatar niños secuestrados, alertar a los vecinos sobre incendios o hacer que la gente evite lugares en los que se están produciendo robos o en los que hay tiroteos. Los médicos de los servicios de urgencias usan Citizen para prepararse anticipadamente para la llegada de pacientes que van a ingresar. Las empresas de telecomunicaciones lo usan para detectar noticias que puedan contar inmediatamente. Los grupos comunitarios lo tienen también en cuenta para tomarle el pulso rápidamente a los problemas que se producen en el vecindario. Funcionando actualmente en apenas cinco ciudades (Nueva York, Los Ángeles, Baltimore, Filadelfia y San Francisco), Citizen tiene ya más de un millón de usuarios activos. Cada semana, los informativos de televisión emiten más de cien videos grabados por usuarios de Citizen. La compañía, que se puso en marcha en 2016 como una herramienta de lucha contra el crimen, llamada Vigilante, y fue inmediatamente vetada por Apple debido a protocolos de seguridad, ahora se sitúa habitual y sistemáticamente entre las diez mejores aplicaciones de noticias de App Store, a menudo por encima de CNN, Buzzfeed, The New York Times y Google News. Tiene una puntuación media de 4,7 (sobre 5) extraída de entre más de 22.000 comentarios.

Inversores y talento

Citizen no está sola en el ámbito de la seguridad. Nextdoor, una red social de ámbito vecinal con sede en San Francisco, actualmente valorada en 2.100 millones de dólares, cuenta con una categoría de “delitos y seguridad” en la que los miembros de la aplicación pueden informar sobre delitos y actividades sospechosas. Ring, que Amazon adquirió el año pasado por mil millones de dólares, ofrece una función de vigilancia del vecindario que permite a los usuarios y las fuerzas del orden público publicar noticias y avisos.

A pesar de no tener ingresos, Citizen ha recaudado cuarenta millones de dólares de influyentes empresas de capital riesgo tales como Sequoia Capital, Founders Fund, Slow Ventures, 8VC, Kapor Capital y Lux Capital. También han entrado inversores famosos, personajes como el rapero Drake, el baloncestista LeBron James, el empresario Maverick Carter, el representante artístico Scooter Braun (manager, entre otros, de Justin Bieber, Ariana Grande o J Balvin) y Mike Judge (el creador de la serie de HBO Silicon Valley). “Estábamos entusiasmados por esa rara combinación de transparencia, objetivos y un fundador apasionado que sabe cómo hacer las cosas”, dice el exsocio de Slow Ventures Scott Marlette. “No es el tipo de aplicación que abrirías cuando estás aburrido –dice Jake Medwell, socio fundador de 8VC–. Pero sí la que quieres que esté en tu teléfono para saber que puedes sentirte protegido”.

Los mejores talentos están acudiendo, en manada, a la llamada de la empresa. Keith Peiris, jefe de producto de Citizen, fue anteriormente uno de los líderes de producto de Instagram. El jefe de ingeniería, Wiktor Macura, era gerente de ingeniería en Square, Inc., la empresa de servicios financieros con sede en San Francisco. El director de crecimiento de Citizen, Praveen Arichandran, fue anteriormente director de crecimiento en Tesla. Darrell Stone, que dirige actualmente el núcleo central de la aplicación Citizen, era, hasta hace poco, director de producto en Uber. Bill Bratton, quien, cuando era director del departamento de policía de la ciudad de Nueva York, se mostraba en contra de la aplicación cuando era conocida con el nombre de Vigilante, se acaba de incorporar a la junta directiva que encabeza Frame.

Mike Vernal, socio de Sequoia Capital, vio el potencial de Citizen después de librarse por los pelos de una situación de peligro. Durante un viaje a Nueva York, vio una alerta en Citizen sobre un apuñalamiento que acababa de ocurrir a unos pocos metros de su hotel en Columbus Circle. Unos minutos antes, su esposa había salido a comprar leche para su hijo pequeño, y él, angustiado, pudo enviarle un mensaje sobre la amenaza que había conocido gracias a la aplicación. “Tener conocimiento de lo que estaba sucediendo, antes de que apareciera la policía, me hizo ver lo valioso que resultaba –dice Vernal–. No hay muchas aplicaciones que puedan llegar a más de mil millones de usuarios. Después de mi experiencia en Nueva York, me convencí de que esta es una de las que podría llegar a esa cifra”.

Modus operandi

A unos 130 kilómetros al sur de la sede de Citizen, en Filadelfia, una persona llama al 911 para avisar a la policía sobre la presencia de un hombre armado con una escopeta en la zona oeste de la ciudad. Uno de los escáneres R1 de Citizen, una pequeña cajita negra que capta inmediatamente el aviso al 911, digitaliza el audio y lo sube a la Nube.

Citizen consigue toda su información escuchando subrepticiamente las mismas transmisiones públicas de radio que los radioaficionados, periodistas o delincuentes llevan interceptando desde hace décadas. Funciona sin ayuda –o permiso– de las autoridades. La radio R1, el núcleo tecnológico patentado por Citizen, actúa como un escáner policial sobrealimentado, que intercepta y graba simultáneamente hasta 900 canales de radio públicos de la red de emergencias de una ciudad: las policías estatal y municipal, los bomberos y los servicios médicos de urgencias, y los servicios de seguridad aeroportuaria y de tráfico. Cada día, una red de veinte R1 de Citizen graba más de 2.000 horas de transmisiones de radio. El pequeño tamaño, la gran eficacia y la amplia gama del R1 le permite a Citizen expandirse a una nueva ciudad sin tener que invertir en nuevos inmuebles o equipos locales. Es decir, Citizen cubre todo el área de Baltimore [dos veces la superficie de Barcelona] con un dispositivo no mucho más grande que un bote de Cola Cao.

Una vez que el R1 de Filadelfia digitaliza la alarma sobre el hombre de la escopeta, el sistema de inteligencia artificial creado expresamente para Citizen procesa rápidamente el fragmento de radio, eliminando las interferencias y los espacios muertos, transcribiendo el audio, destacando palabras clave (hombre, escopeta, calle Wanamaker) y situándolo en un callejero digital: un punto rojo de actividad frenética que señala donde fue visto por última vez el hombre. A partir de ese momento se hace cargo un analista de comunicación, que escucha el aviso al 911, redacta un breve enunciado y lo envía a los usuarios de Citizen situados dentro de un radio de 400 metros del incidente (los distintos acontecimientos tienen diferentes radios de advertencia: digamos, 800 metros para un incendio o la ciudad entera por una amenaza terrorista). Citizen emplea a 38 analistas que, para brindar cobertura las 24 horas, trabajan en tres turnos de ocho horas. Gracias al software de inteligencia artificial de Citizen, en un turno normal, una única persona puede cubrir varias ciudades.

Cautelosa con la invasión de la privacidad y las posibles demandas judiciales, Citizen solo publica alertas de seguridad. No se publican informes de personas sospechosas, problemas médicos, suicidios o altercados domésticos, y una persona examina y aprueba cada publicación. Las alertas contienen una breve descripción, la dirección exacta y la distancia a la que se encuentra el usuario. Con un toque en la pantalla, la notificación abre un mapa de calles, así como más detalles y posibles comentarios de otros usuarios. A través de la aplicación se pueden explorar emergencias recientes en toda la ciudad, que están marcadas por puntos rojos brillantes. Algunos días, por ejemplo, el mapa de Nueva York da la impresión de tener sarampión.

Si te encuentras lo suficientemente cerca de un incidente, en tu teléfono aparece un botón de grabación, que te permite registrar y publicar un video en directo de lo que sucede. Frame asegura que los empleados de Citizen revisan todos los contenidos antes de que lleguen a la plataforma, para proteger la privacidad, evitar bromas de mal gusto y evitar la transmisión en vivo de asesinatos y violencia (un problema habitual para Facebook y YouTube). A los usuarios no se les paga por los videos, ni se establecen rankings con ellos, ni se les puede dar a ‘me gusta’. Sus fans ven Citizen como una forma de supervisar la seguridad del vecindario. Otros creen que la función de video en directo puede ayudar a proteger tanto a los sospechosos como a la policía. “Permite que las comunidades y las fuerzas del orden tengan una relación más transparente, responsable y de confianza, y eso puede ser revolucionario”, dice Ben Jealous, exjefe de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés) y, actualmente, socio de Kapor Capital, fondo que invirtió en Citizen.

Voces críticas

Sin embrago, hay quien opina que Citizen se trata de una aplicación voyeurista e inductora de ansiedad y miedo, que puede hacer que incluso la ciudad más segura parezca estar envuelta en una ola de crímenes. Es más, si se usa de manera incorrecta, la plataforma podría alentar a los usuarios a ponerse en peligro.

“No hay advertencia alguna que anuncie que algunas de las cosas que puedan verse en la aplicación pudieran ser infundadas, y no hay seguimiento de la información que avise de que una alerta haya resultado ser una falsa alarma”, dice Justin Brannan, concejal de la ciudad de Nueva York, que escribió un artículo de opinión crítico con la aplicación. “No solo genera una sensación de ansiedad y miedo innecesarios, sino que tampoco lo enmiendan. Es imprudente”.

En Filadelfia, el escáner R1 detecta una llamada según la cual la policía de Filadelfia tiene a los sospechosos, que ahora son tres hombres, rodeados en una casa. Citizen actualiza la información a sus usuarios. Enseguida, la policía captura a los hombres y se incauta de la escopeta. Un analista envía un mensaje de fin de la alerta y cambia el foco de atención a un accidente automovilístico en Baltimore. “Nosotros planteábamos la hipótesis de que la transparencia y la información serían de ayuda –asegura Andrew Frame–. Muchos nos decían que estábamos locos, que esto era insensato y posiblemente destructivo, pero decidimos asumir el riesgo”.

El hacker

Para Andrew Frame, Citizen es la culminación de las dos cosas que han dado forma a su vida: la tecnología, sector en el que ha sido empresario habitual, y las fuerzas del orden, de las que ha sido objetivo. En una mañana de primavera de 1997 en Las Vegas, Frame, que entonces tenía 17 años y gestionaba un proveedor de servicios de internet, fue despertado intempestivamente por miembros armados del FBI. Su primer pensamiento fue que su compañero de habitación había hecho algo realmente malo. Sin embargo, cuando Frame, con las manos esposadas a la espalda y vestido solo con calzoncillos a cuadros, se dio cuenta de que lo que los policías estaban buscando eran los ordenadores que hubiera en la casa, supo que él era la presa. Los federales, finalmente, lo habían encontrado.

Criado en Henderson, Nevada, en un hogar en el que el dinero siempre era un problema, Frame vio en los ordenadores una vía de escape. A los 12 años persuadió a su madre para hacer efectivos unos fondos de ahorro destinados a su matrícula universitaria para comprar un ordenador Tandy que se vendía, de oferta (de los que se usan de muestra), en Radio Shack. “Si no puede pagar un ordenador, compre un Tandy”, recuerda Frame con una sonrisa. Él reconstruyó su sistema usando el sistema operativo Linux de código abierto y aprendiendo de primera mano cómo funcionaban tanto los ordenadores como internet. Pronto estaba ya enganchado, por las noches, a chatear en grupos para aprender a piratear.

A los 14, Frame usó el Tandy para hacerse una tarjeta de identidad falsa y así consiguió un trabajo de telemarketing para vender CD de música de baile. Abandonó el instituto en décimo curso [de un total de doce, en EE UU) para gestionar su propio proveedor de servicios de internet (ISP, por sus siglas en inglés) durante el día y seguir pirateando por la noche. “Llegué a un punto tal en el que, en resumen, podía entrar en cualquier sitio”. Fascinado con los ovnis, enseguida encontró brechas de seguridad para entrar en dos de los principales sistemas del Laboratorio de Propulsión a Reacción de la NASA, Lima y Bean. Gracias a otra identificación falsa y un currículum inflado para la ocasión, obtuvo, en 1997, un trabajo en Cisco como ingeniero de sistemas. Parecía un sueño, hasta que su pasado lo terminó convirtiendo en pesadilla.

La redada formaba parte de una exhaustiva investigación de dos años sobre el ataque a la NASA. “Algunos amigos y parientes me llamaron y me dijeron: ‘¡Oye!, el FBI acaba de venir a mi casa, ¿qué has hecho?”. Siguiendo la recomendación de un amigo, Frame contrató a un abogado penalista de Las Vegas llamado John Spilotro, quien a menudo atendía casos con menores de forma gratuita. Durante los siguientes dos años, Frame estuvo volando frecuentemente entre su trabajo en Silicon Valley y la oficina de su abogado en Las Vegas, tratando de llegar a un acuerdo extrajudicial. “Me sentía como si me estuviera muriendo y me quedara un año de vida –dice Frame–. No sabía cuánto tiempo más estaría libre”.

Su destino era absolutamente incierto. Por un lado, estaba siendo acusado como menor y no había robado ninguna información. Por otro, la NASA aseguraba que había causado daños valorados en millones de dólares y que habían encontrado sus huellas digitales hasta en la Estación Espacial Internacional y la nave espacial Mars Pathfinder. “Era como un niño de cinco años que se hubiera colado en la planta de juguetes de unos grandes almacenes y se hubiera quedado ahí toda la noche, tan solo para mirar todo lo que había”, dice Spilotro. “Pero podría estar enfrentándose a una condena de muchos años”.

Finalmente, el juez emitió un fallo al estilo del que se ve en la película de Leonardo DiCaprio Atrápame si puedes: no pisaría la cárcel, le impondrían una multa de 25.000 dólares y cien horas de servicios a la comunidad, y cinco años de libertad condicional. La ‘condición’ era que le ayudara a descubrir a la NASA todas las vulnerabilidades de la red de su Laboratorio de Propulsión a Reacción. “Le pilló al organismo gubernamental con los pantalones caídos –dice Spilotro–. Se tuvo que dedicar él mismo a subírselos”. Una vez finalizado el período de la ‘condicional’, trabajó dos años en una empresa tecnológica de servicios de red llamada Procket y después, en 2004, puso en marcha Ooma, una empresa que ofrecía un aparato que permitía que la gente hiciera llamadas telefónicas gratuitas a través de internet. No era el momento oportuno: compañías como Skype ya permitían que cualquiera hiciera llamadas gratis a través de la web, sin necesitar ningún tipo especial de aparato. “Estaba tan desesperado por poner en marcha una empresa que me metía en cualquier idiotez que se me ocurriera. Tenía fundadoritis [el llamado síndrome del fundador]”, dice Frame.

Por esa misma época, Frame comenzó a juntarse con un tipo al que había conocido en internet aquellas noches de chateos y pirateo, el cofundador de Napster, Shawn Fanning. Poco después, Frame ya estaba juntándose con Mark Zuckerberg y Sean Parker, ayudando informalmente a crear una incipiente arquitectura de red de lo que llegaría a ser Facebook (en el proceso, obtuvo unas acciones de la compañía que se convertirían en una fortuna de las que le cambian la vida a cualquiera). Frame no desvelará la cifra exacta, pero reconoce que consiguió una cantidad de ocho cifras por un par de semanas de trabajo.

Pero a medida que surgía Facebook, Ooma sufría dificultades. Frame se batía por el mercado de la líneas telefónicas fijas contra gigantes bien consolidados como AT&T y Verizon. En 2009, harto y agotado, Frame contrató a Eric Stang para que lo reemplazara como director general (Stang todavía dirige Ooma, que cotiza en la bolsa de Nueva York con una capitalización de mercado de 219 millones de dólares). “La tecnología, de repente, se convirtió más en algo que tenía que ver con el dinero que con la innovación –dice Frame–. Me desilusioné bastante y me marché”. Huyó a Los Ángeles, donde se matriculó en un curso intensivo de seis meses de cine, que imparte la guionista y productora de Hollywood Joan Schekel, y escribió guiones. “Dejé de aparecer en el radar. Me salí completamente de aquello”.

El vigilante

Una joven camina sola por una oscura calle de Nueva York. Nota que detrás suyo hay un hombre encapuchado. Marca el 911. La policía recibe la comunicación pero está a kilómetros de distancia. Simultáneamente, los teléfonos móviles cercanos se iluminan con la alerta de un asalto que está sucediendo en ese momento. La gente de la zona se acerca a toda prisa al lugar, en coches, bicicletas o algunos, incluso, corriendo. El hombre encapuchado tira a la víctima al suelo justo cuando llegan los vecinos, con los iPhones en la mano y grabando, deteniendo el ataque y rodeando al criminal hasta que llega la policía. Esa era la trama que Frame escribió para un llamativo video que anunciaría al mundo la aparición de su empresa de vigilancia furtiva, que entonces se llamaba, precisamente, Vigilante. A pesar de su promesa de abandonar el ámbito tecnológico, el auge de los teléfonos inteligentes y su potencial de trabajo en red habían llevado paulatinamente a Frame de vuelta al redil. Reclutó a unos cuantos ingenieros e invirtió 300.000 dólares para lanzar una incubadora llamada sp0n para analizar ideas prometedoras.

La chispa que puso en marcha Citizen le llegó a Frame en 2015, cuando miraba la parte trasera de unos antiguos bloques de viviendas del Bajo Manhattan [la zona comprendida por debajo de la calle 42]. Pensó en todas las señales modernas e invisibles que atravesaban a toda velocidad los edificios del siglo XIX: llamadas inalámbricas, wifi, emisoras policiales… ¿Qué pasaría si hubiera un modo de que los teléfonos inteligentes captaran las llamadas de emergencia? Corrió a contárselo a sus ingenieros: en una semana tenían ya un prototipo.

Llamó al proyecto Vigilante y le gustó el nerviosismo que sentía. Fue un enorme error. “Para un joven bien intencionado con la tecnología, eso significaba Batman”, dice Ben Jealous, de Kapor Capital, quien había desistido inicialmente de invertir en el proyecto por el nombre. “Pero en Florida, eso mismo podría evocar el recuerdo de George Zimmerman [un vigilante de urbanización que mató, en 2012, a Trayvon Martin, un adolescente negro que estaba en esa zona para visitar a unos familiares]”.

Vigilante y su chisporroteante video se estrenaron el 25 de octubre de 2016. Nadie se dio por enterado. Para animar a su equipo, Frame les invitó a todos a cenar. “Los ánimos no podían estar más decaídos, porque no estaba sucediendo nada”, dice Frame. Sin embargo, entre los entrantes y el primer plato, todo cambió. “Alguien volvió a revisar el video y notó que las vistas habían pasado de alrededor de 300 a más de 27.000. Diez minutos después, ya eran 54.000”. A la mañana siguiente Vigilante estaba de moda en la web de Reddit.

El video viral de Vigilante llamó la atención de Apple y del departamento de policía de Nueva York. “Me oponía a eso–asegura el exdirector del departamento de policía de la ciudad York Bratton–. Pensaba que los mapas de delitos asustarían a la gente y animarían a otros a interferir en las investigaciones”. Pocos días después del lanzamiento, Apple llamó a Frame. Vigilante violaba la regla 1.4.5: “Las aplicaciones no deben instar a los clientes a participar en actividades (tales como apuestas, desafíos, etc) o a usar sus dispositivos de forma que ponga en riesgo a ellos mismos o a otros”. Frame dedicó tres horas a argumentar por teléfono que estaba gestionando una herramienta de seguridad, no una aplicación para combatir el crimen… pero el video y el nombre de Vigilante estaban trabajando en su contra. Apple prohibió Vigilante. Su crecimiento se congeló.

Un amigo de Frame, Dave Morin, socio de Slow Ventures y uno de los primeros ejecutivos de Facebook y cofundador de la red social Path, había trabajado previamente en Apple, y trató de persuadir a su director general, Tim Cook, y a otros a favor de Vigilante. “Esta aplicación estaba poniendo en manos de los ciudadanos el poder para crear una mejor red policial. ¿Qué podría ser mejor para la democracia? –dice Morin–. Se trata de dar poder a la gente y esa era la misión original de Apple”.

El ciudadano

Durante meses, Frame luchó por encontrar una solución, enviando nuevas presentaciones a Apple cada semana. Cambió el nombre a Citizen [Ciudadano] y cambió el mensaje de marketing, pasando de la lucha contra el crimen a la toma de conciencia relativa a la seguridad. Después de meses de negociaciones, Apple restableció la aplicación en marzo de 2017. “Todos piensan que cambiamos la aplicación pero, en realidad, no lo hicimos: siempre tuvimos advertencias que decían ‘no se acerquen’ y ‘manténganse a salvo’ –dice Frame–. El nombre Vigilante era, realmente, una mala elección”.

Citizen debe ahora resolver otro problema apremiante: ¿cómo conseguirá la plataforma hacer dinero sin publicidad? Frame no piensa compartir los detalles. Las fuentes de la compañía sugieren un modelo en el que Citizen pida a las universidades, los aeropuertos, estadios y otros lugares que atraen muchedumbres que autoricen a las autoridades para enviar notificaciones a los usuarios (ya sea para emitir instrucciones de emergencia o calmar el pánico después de una falsa alarma). También existe la posibilidad de permitir que los usuarios envíen mensajes a los funcionarios sobre asuntos de seguridad, un “Si ves algo, di algo” [aludiendo a los carteles que se pueden ver en los transportes públicos en Estados Unidos] alimentado por dispositivos móviles.

Los inversores señalan que cada año se gastan miles de millones de dólares en seguridad. Si Citizen alcanza una escala masiva podría ser un extra esencial para los sistemas de seguridad actuales y convertirse en un negocio lucrativo similar a servicios públicos tales como la luz, el agua, el gas o la recogida de basuras. El exdirector del departamento de policía de Nueva York, Bratton, dice que mucha gente, por temor a que las autoridades rastreen su ubicación y hábitos, nunca se descargaría una aplicación oficial de las fuerzas de orden público. Él apuesta por que Citizen, como aplicación independiente y de confianza, pueda convertirse en una herramienta poderosa para que los servicios de emergencia brinden al público información crucial de forma rápida y eficaz. “Ciudadanos mejor informados hacen que la policía esté mejor informada”, dice Bratton.

Una nueva versión de Citizen se va a lanzar este otoño. Frame es impreciso en cuanto a los detalles, pero dice que Citizen atajará esas críticas de que la aplicación causa ansiedad innecesaria. También está investigando formas para que la gente llegue a usuarios cercanos o grupos comunitarios para problemas que no requieran respuesta de empleados de los servicios de emergencia.

Si bien Frame es, como es natural, reservado con respecto a su modelo de negocio, también promete que Citizen no se lucrará con anuncios publicitarios o compartiendo información de los usuarios. “Nunca obtendremos ingresos ni construiremos nuestro negocio vendiendo datos personales. Citizen se basa en proteger a los usuarios, y eso incluye proteger su intimidad”. Todo esto queda a años luz de aquel pirata informático adolescente que en el pasado afrontó la posibilidad de ir la cárcel por irrumpir en los sistemas gubernamentales. “Cuando el juez me dio la libertad condicional, fue como si me curara de una enfermedad terminal –asegura Frame–. Después de eso, ni siquiera me salto una señal de stop”.