Alcanzar un vigésimo aniversario supone un hito y el euro lo ha conseguido, aunque sin mucho que celebrar. En los países en los que funciona como divisa persiste aún un agrio debate entre quienes piensan que ha impulsado la prosperidad de la zona euro y quienes lo consideran un corsé que ha estrangulado el crecimiento de las economías más frágiles del bloque. He aquí la principal amenaza para el euro: cuando una moneda intenta ser todo para todo el mundo, es natural que haya inestabilidad. El euro es la moneda común de 19 países que carecen de características comunes, ya sean sociales, estructurales, políticas o fiscales. Visto así, es un instrumento tosco.

Ciertamente sería erróneo abordar la moneda única como un fin en sí mismo, ya que no lo es y nunca lo ha sido. Existe como medio para un fin político. El proyecto económico siempre ha estado subordinado al imperativo político, pero ambos están indisolublemente ligados. Para que el euro siga con nosotros durante 20 años más, el próximo paso lógico y racional debe ser completar el ‘proyecto’ creando un sistema económico unificado y equilibrado en el que las políticas monetaria y fiscal estén en consonancia y se apliquen de forma homogénea en toda la zona euro.

El éxito de la unión fiscal se conseguirá si está basada en una unión política, ya que un sistema impositivo sin representación es por naturaleza inestable y, en mi opinión, profundamente antidemocrático. Una unión fiscal requiere como mínimo de unos impuestos comunes, un presupuesto común, políticas sociales comunes y estructuras financieras comunes que aglutinen todos los componentes necesarios para crear los mecanismos y estructuras propios de un único estado. Se requiere, por tanto, una reforma fundamental del sistema electoral paneuropeo y su gobernanza, siendo una consecuencia inevitable profundizar en la soberanía compartida. Nadie ignora que la tarea es hercúlea. Solo hay que pensar en lo difícil que le ha resultado a Reino Unido el proceso de desvinculación de la UE para entender lo tortuosas que serán las negociaciones entre los 27 estados miembros restantes cuando intenten hacer lo contrario: completar el proceso de integración. Siendo optimistas, podemos destacar que el euro se ha convertido en la segunda moneda más negociada del mundo por detrás del dólar. Sin embargo, la economía alemana constituye un centro de gravedad tan grande, que ha tenido una influencia desproporcionada sobre el euro en detrimento de otras naciones de la zona, pues el euro no es tan fuerte como el marco alemán al que reemplazó, lo que ha dado a Alemania una ventaja competitiva injusta, que ha alimentado un auge económico a golpe de exportaciones. Al mismo tiempo, el euro es más fuerte que algunas de las antiguas monedas de los países del sur de la zona euro (el dracma, la peseta, la lira…) que, en condiciones normales, se habrían depreciado a la vista de la mayor debilidad de estas economías. Estas se han visto gravemente constreñidas por la fortaleza del euro con respecto a sus propias posiciones, pero dado que renunciaron a sus monedas nacionales, ya no existe la válvula de seguridad habitual que regula los desequilibrios comerciales de un país. El efecto debilitador que resulta de la persistente falta de competitividad ha provocado un declive económico relativo e importantes problemas sociales como niveles de paro masivos, sobre todo juvenil.

De los padres fundadores de Europa se podría decir con relativa confianza que su intención nunca fue crear deliberadamente un sistema económico asimétrico que colocase la política monetaria y la política fiscal en órbitas complemente diferentes. No habría tenido sentido construir un sistema que, desde el principio, era inherente y permanentemente inestable. La cuestión ya se ha planteado en el pasado:¿debería haber habido unión política antes que unión monetaria? Este sigue siendo un asunto polémico, pero es una discusión baldía porque, nos guste o no, aquí es donde estamos y los debates fundamentales políticos e ideológicos que están desarrollándose en toda la Unión sobre el ritmo y la magnitud de la integración futura definirán, en última instancia, si el proyecto europeo alcanza las ambiciones de sus fundadores o si finalmente se desmorona.