Desde 1980 la economía mundial ha disfrutado del mayor periodo de progreso humano de su historia. La población mundial ha aumentado en 3.000 millones de personas, la renta media mundial ha subido, han salido de la pobreza extrema 1.000 millones de personas, sobre todo en Asia, se ha reducido drásticamente las tasas de analfabetismo, se ha incorporado masivamente la mujer a la educación en numerosos países emergentes, ha aumentado la esperanza de vida, se han reducido a mínimos los muertos en guerras, etcétera. Y la paradoja es que estamos inmersos en una crisis política global por el descontento de la globalización.

La causa principal para entender ese descontento es la desigualdad. La mayor parte de los ciudadanos del mundo ha aumentado el salario real y su nivel de vida, salvo en los países desarrollados, donde se concentra el descontento. Pero en los países emergentes las diferencias de renta entre los de arriba y los de abajo son tan abismales que también hay descontento. En China, 700 millones de personas han salido de la pobreza extrema. Pero la diferencia de renta media entre Shanghái, la provincia más rica, y Sichuan, la más pobre, es de siete veces. Y dentro de Shanghái las diferencias de renta también son muy intensas entre su población más rica y más pobre.

España desde 1975 es de los pocos países en el que el 10% de población más rica perdió peso en la tarta de la distribución del PIB y se repartió entre el resto de la población. Pero desde 2008 la desigualdad aumentó con fuerza y es una de las principales causas de la crisis social e institucional que padecemos. El diagnóstico es sencillo pero la solución es compleja e incluso acertando con el plan llevará tiempo normalizar el problema.

El aumento de la cuota de exportaciones asiáticas desde los años ochenta ha aumentado la oferta pero ha reducido el salario medio mundial y ha afectado a cientos de miles de empleos industriales en países desarrollados. Esto ayuda a explicar la victoria de Trump en 2016. Pero esos mismos trabajadores están descubriendo que el proteccionismo y la guerra comercial no es la solución. El salario medio industrial en EE UU descontando la inflación solo ha repuntado el 2%. Pero ahora ven cómo caen las exportaciones y las ventas de sus empresas y su empleo sigue amenazado.

En España, muchas empresas vieron cómo subían sus ventas desde 2014, pero los recortes de salarios se centraron en trabajadores que fueron despedidos y tuvieron que volver al mercado de trabajo con rebajas de sueldo del 30% de promedio. Y los jóvenes que entraron en el mercado de trabajo entre 2009 y 2016 la mayoría lo hizo con salarios que les mantenían en niveles de pobreza relativa. Varios economistas a partir de 2016, cuando la creación de empleo era intensa, defendimos que era el momento de subir el salario mínimo. Pero los colectivos más vulnerables van a descubrir que subir el salario mínimo el 22% en un solo año hace que muchas empresas, sobre todo pequeñas y en regiones de renta por habitante por debajo de la media, no pueden soportar toda su carga salarial y hayan ajustado empleo o reducido horas en contrato y aumentado los pagos en negro.

China pronto tendrá déficit con el exterior. Por lo tanto importará bienes del resto del mundo más de lo que exporta. La gran amenaza para la desigualdad es el cambio tecnológico. El proteccionismo y votar a políticos populistas no impedirá que la tecnología avance a toda velocidad. Pero lo hará fuera de España y de Europa y nos estaremos empobreciendo día a día sin notarlo a corto plazo y poniendo en riesgo nuestro estado del bienestar en el futuro.

La solución pasa por adaptar tu economía y tus empresas y trabajadores a la era de la tecnología global. En las empresas la clave es la innovación. Los gustos y la demanda de los clientes en la mayoría de las ocasiones es la misma, pero hay empresas que lo producen de manera diferente, ganan cuota de mercado y crean empleo. Y hay otras que no se adaptan, acaban quebrando y destruyendo empleo. Las tres claves para los trabajadores son: formación, formación y formación.