Las cadenas de bloques o blockchains ya no son ni un apéndice de bitcoin, ni la idea sensacional del embozado y misterioso Satoshi Nakamoto frente al colapso de la confianza en el sistema financiero. Son muchísimo más. Según la firma de análisis IDC, la inversión en cadenas de bloques este año podría dispararse casi un 90% hasta llegar a los 2.900 millones de dólares, y la banca sería la principal receptora del dinero. IDC también anticipa incrementos anuales del 76% en las inversiones hasta 2022, el año que alcanzarían los 12.400 millones de dólares. Los recursos que destinaría Estados Unidos según este informe no solo duplicarían los de China, sino que rebasarían ampliamente los de la suma de las principales economías europeas. Rafa López, experto en estrategia digital, aclara que “bitcoin ya no es más que una de las posibles aplicaciones de blockchain, aunque sea sin duda la más extendida y conocida”. Por cierto, apunta, “blockchain no es una criptomoneda, sino la plataforma tecnológica (base de datos) que se usa para generar este tipo de criptomonedas”.

Pero las cadenas de bloques no son unas bases de datos cualesquiera. Para empezar, su manipulación fraudulenta resulta, como mínimo, extremadamente compleja. Para continuar, como indica Verónica Torras, desarrolladora de negocio y responsable de colaboraciones estratégicas en Jelurida Swiss, “mientras las bases de datos tradicionales están gobernadas y gestionadas por una sola entidad, las de blockchain son descentralizadas y están basadas en criptografía”.

En consecuencia, añade Torras, “se gobiernan y gestionan por muchos nodos que se ponen de acuerdo en la manera de validar y subir los datos mediante un algoritmo de consenso”. Son muchos ojos los que observan y, por eso, concluye, este software ofrece “mayor seguridad en la gestión de los datos y facilita la confianza y la transparencia en entornos digitales”. Probablemente debido a estas ventajas, el 83% de los directivos encuestados recientemente por Deloitte contemplaba un horizonte de rentabilidad para las cadenas de bloques y más de la mitad las situaba como una de sus cinco prioridades estratégicas. Además, la inmensa mayoría admitía que en las compañías que conocían ya estaban o implementando soluciones vinculadas a este software o analizando sus posibilidades con cuidado. JP Morgan era, seguramente, una de las que tenían en la cabeza. El banco estadounidense reconoció en junio que estaba a punto de ofrecer a sus clientes corporativos la posibilidad de utilizar su criptomoneda. JPM Coin se configura sobre una versión privada de la cadena de bloques Ethereum y funcionará como un título de deuda digital contra los depósitos de la entidad financiera. La idea es que resulta mucho más barato y rápido transferir un ‘archivo’ que el dinero contante y sonante. Los ahorros podrían ser sustanciales para las a veces prohibitivas transacciones internacionales.

Sillas calientes

Los rivales europeos de JP Morgan, por supuesto, no se han sentado a esperar. Santander, ING, Lloyds, Barclays o Credit Suisse han formado un consorcio que está desarrollando una versión digital de las principales divisas mundiales (entre ellas, el euro, el dólar, la libra esterlina y el yen) que les permita operar a sus clientes a un precio más competitivo. Estas divisas serían títulos de deuda contra depósitos de las entidades en el banco central. La inversión inicial del proyecto, que ha echado a rodar este año, es de algo más de 60 millones de dólares. Por supuesto, todos estos movimientos de JP Morgan, Santander o Credit Suisse se inscriben en un contexto mucho más amplio en el que, según Verónica Torras, las entidades financieras pueden exprimir las cadenas de bloques en ámbitos tan distintos como “el registro contable de las transacciones, la identidad digital, la agilización de pagos y la reducción de costes”. A cambio, matiza la experta, esperan conseguir “mayor eficiencia, seguridad, confianza y trazabilidad para los bancos, las personas y las transacciones”.

Las empresas no son las únicas que han reaccionado ante los avances de estas nuevas tecnologías. Por ejemplo, en septiembre, el ejecutivo de la canciller alemana Angela Merkel anunció que no toleraría que divisas digitales como libra, promovida por Facebook, se convirtieran en una amenaza para el euro. Además, aprobó una estrategia en la que prometía explorar el uso de las cadenas de bloques en ámbitos como la financiación empresarial, la identidad digital, los activos financieros y los contratos inteligentes. Marcelo Royán, experto en innovación y transformación digital, recuerda que “los contratos inteligentes o smart contracts [son unas líneas de código que] usan la capacidad de trazabilidad de la cadena de bloques para establecer los pasos concretos que una serie de actores debe llevar a cabo para conseguir ejecutar una acción, que es el objeto del contrato en sí mismo”. Esto, añade, es lo que permite “automatizar la ejecución [digital] de las acciones de un contrato, su comprobación automática, segura y descentralizada, y supeditar la validez de sus garantías a la ejecución de las condiciones marcadas”.

Royán cree que “la posibilidad de que un contrato se autogestione de esta manera resulta muy potente y prometedora, por la simplificación que representa para todas las partes implicadas, ya sean empresas, Administraciones o ciudadanos. Imaginemos poder firmar y ejecutar un contrato sin necesidad de un notario, unos abogados, un juez… Ese es el inmenso potencial de los contratos inteligentes”.

Los smart contracts son una curiosa evolución que puede ahorrar miles de millones, por ejemplo, al sector logístico. Para empezar, como advierte un análisis de DHL, el mero almacenamiento de documentos y datos cruciales en tiempo real sobre los bienes que se transportan y en una base de datos tan transparente y segura podría reducir las disputas y el fraude entre compradores y vendedores. Además, con la implementación de las tecnologías asociadas a internet de las cosas, se podrían pagar automáticamente las mercancías después de que los sensores acreditasen que han llegado en la fecha y las condiciones acordadas. Otra aplicación logística de las cadenas de bloques con un altísimo potencial transformador pasa por la trazabilidad de los productos. Verónica Torras explica que “la tecnología blockchain se puede utilizar para recoger datos de trazabilidad a lo largo de la cadena de valor, desde su origen hasta su destino al consumidor final”. Estos datos, sigue, “serían aportados por cada proveedor de la cadena y todos los proveedores compartirían una sola base de datos y gestionarían esa información de la misma manera”. Torras admite que algunas cadenas de alimentación “están empezando a trazar los datos de los alimentos perecederos a lo largo de su transporte para poder detectar con mayor precisión posibles desperfectos que puedan afectar a la seguridad del consumidor”. En España, matiza, “ya se están lanzando prototipos, por ejemplo en el sector cárnico, en el que se intenta detectar si el producto ha estado sometido a temperaturas demasiado altas”.

Carrefour ha presentado este año una categoría, llamada ‘Calidad y Origen’, donde los consumidores pueden rastrear la producción y procesamiento del producto escaneando un código con sus móviles. Los dos primeros productos con los que se han estrenado son la merluza fresca y el pollo campero criado sin antibióticos. Los consumidores solo tienen que escanear con sus móviles un código QR para saber en qué barco se realizó la captura de la merluza, las coordenadas de la zona de pesca, las artes empleadas para pescar, la localización de la lonja del puerto, cómo se ha acondicionado y cuándo se ha entregado al supermercado. En el caso del pollo, podrán consultar el modo de cría, la ubicación de la granja, el alimento que ha recibido, el proceso de envasado o la fecha en la que ha llegado a los almacenes de Carrefour.

Sin embargo, a pesar de su espectacularidad, las cadenas de bloques no solo están llamadas a revolucionar la trazabilidad, la logística o la banca. Marcelo Royán apunta, por ejemplo, que “pueden impactar especialmente [en la gestión financiera de las empresas] a través de lo que se denomina la contabilidad de tres entradas, que consiste en añadir una entrada adicional al sistema actual de doble entrada”. Esa tercera entrada que se anota para cada transacción financiera, matiza, “es la que permite reducir los errores contables en las transacciones entre empresas de la misma forma que la doble entrada permitió reducir los errores en las transacciones dentro de una empresa”. Aunque el concepto se inventó en los años ochenta, advierte, “es ahora cuando es posible implementarlo mediante un sistema de blockchain que es el que almacena estas terceras entradas y las garantiza entre empresas”.

Los departamentos financieros de las corporaciones también se beneficiarían, según Rafa López, de unas cadenas de bloques que “permiten unos niveles de seguridad no conocidos hasta la fecha, generan transparencia sobre cualquier transacción realizada y aumentan la velocidad de las transacciones internacionales, que ahora se podrán realizar en segundos o minutos en lugar de días”.

Desintermediación

Para López, esta y las otras implementaciones de las blockchains van a provocar la eliminación de al menos una parte de los intermediarios tradicionales y, más concretamente, de “algunas agencias u organismos certificadores actuales, con su consecuente disminución de costes y de tiempo de ejecución de cara al usuario final”. Así, López considera “que los contratos inteligentes erradicarán la necesidad de un sujeto que valide y almacene dicho acuerdo, lo que redundará en una nueva forma de relación ‘directa’, rápida, segura y de confianza entre usuarios, ciudadanos y clientes a la hora de establecer acuerdos y transacciones de activos”. Al mismo tiempo, añade, las cadenas de bloques “hacen al usuario dueño de sus propios datos, para que pueda distribuirlos o compartirlos a su antojo, sin depender de ninguna entidad privada que los almacene, aloje o explote”. También, sigue, están empezando a surgir “sistemas de votación más accesibles y transparentes, que anticipan el futuro rol activo de las personas en las llamadas ciudades inteligentes, sin duda una forma de involucrar al ciudadano de forma activa en la transformación de esas ciudades”.

Blockchain nació, en parte, como un gesto de protesta contra el poder, que podía permitirse devaluar los ahorros de los ciudadanos aplicándoles un brutal tijeretazo a los tipos de interés o alimentando la inflación. Bitcoin era una moneda que, sustentada en blockchain, ni fluctuaba con el nivel de precios de los productos básicos ni con los deseos o el pánico de un banquero central atemorizado con la onda expansiva del derrumbamiento de Lehman Brothers. Precisamente, Rafa López considera que “asistimos a un cambio sociológico que en gran medida es una reacción a muchos abusos del pasado”. No olvidemos, continúa, “que la propuesta original de la tecnología blockchain tal y como la conocemos se publica meses después de la caída de Lehman Brothers, en un momento en que la población empieza a cuestionar muchas de las instituciones que hasta ese momento parecían aportar la máxima seguridad”. De este modo, matiza, las cadenas de bloques proponen “una vuelta a la confianza directa entre personas sin tener que apoyarse en instituciones ni públicas ni privadas, y son un nuevo intento de descentralizar la información y las transacciones en internet, que han quedado cada vez monopolizadas por grandes grupos de poder”. Sin duda, “hay una fuerte corriente en la que la gente encuentra en blockchain una vía de escape a ese sistema que ya no le genera la confianza suficiente”.

Marcelo Royán coincide en que “el empuje se inicia en los ciudadanos, quienes, al conocer la tecnología de blockchain y entender las posibilidades de transparencia y descentralización que ofrece, exigen a las administraciones y las empresas que hagan uso de ella”. Los ciudadanos, aclara, “tienen derecho a exigir mayor transparencia en los servicios que pagan a través de sus impuestos (Administraciones) o su consumo directo (empresas)”. Para Verónica Torras, nos encontrábamos hasta hace poco en un contexto marcado por una gigantesca transfusión de datos de particulares a empresas y de unas empresas a otras. En ese contexto, todos debían confiar en la buena fe y diligencia del que gestionase los datos de forma centralizada. Sin embargo, ahora, “al abrazar empresas, ciudadanos y Administraciones Públicas la tecnología blockchain [que prima la descentralización y la transparencia], se establece un nuevo paradigma de confianza digital que no tiene más que beneficios para todas las partes”. Sin embargo, matiza Verónica Torras, “se nos plantea un nuevo escenario de colaboración y todavía nos queda mucho por aprender de cómo se pueden establecer estas nuevas relaciones colaborativas”.

Dos de los puntos más importantes que quedan por definir son, por un lado, cómo se verifica que toda la información que aportan los otros participantes en la base de datos es correcta y, por otro, cuáles son los límites de la transparencia. A las empresas les preocupa mucho que sus competidores puedan acceder a información sensible y les copien sus procesos. Probablemente, a muchos ciudadanos también les retraerá el exceso de transparencia a la hora de participar en la administración de sus ciudades o en la relación con las empresas. Nadie quiere vivir con luz y taquígrafos 24 horas al día.