La exitosa trayectoria profesional de Ignacio Garralda (Madrid, 1951) ha sido ampliamente cubierta por los medios de comunicación desde sus inicios como cofundador, en 1984, de AB Asesores Bursátiles, la primera empresa independiente de bancos y cajas de ahorros que se dedicó al análisis y a la intermediación financiera en España y de la que Garralda fue vicepresidente. De sus capacidades como líder y de su visión estratégica nadie duda (en 1999, Asesores Bursátiles contaba ya con 48 oficinas, 600 empleados y 40.000 clientes). Pero se habla menos de su vertiente filantrópica, y eso que en 2001 puso en marcha la Fundación Lealtad, una entidad sin ánimo de lucro que nació para analizar la transparencia y las buenas prácticas de las ONG y apoyar su desarrollo.

Hoy, como presidente y consejero delegado de Grupo Mutua (además es consejero de Caixabank, de Endesa y de Bolsas y Mercados Españoles, BME, donde también es vicepresidente primero), con 12 millones de asegurados y unos ingresos por primas de más de 5.000 millones de euros –la compañía cerró 2018 como líder en seguros de no vida en España por primera vez en su historia–, Ignacio Garralda continúa su efervescente actividad en favor de la sociedad como presidente, también, de la Fundación Mutua Madrileña. Una institución cuyas iniciativas, en conjunto, han beneficiado a 1.400.000 personas en los últimos años y que solo a través de su acción social ha destinado ya 18 millones de euros al desarrollo de cerca de 450 proyectos dedicados a colectivos desfavorecidos.

Garralda comenta que no dormiría tranquilo si no hiciese nada ante la violencia contra los más débiles. Desde su posición ha alentado los programas de ayudas de la entidad a la lucha contra el acoso escolar y contra la violencia de género (lo que le ha valido en dos ocasiones el reconocimiento del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad por la implicación de la aseguradora y su fundación en la causa), y también la convocatoria de ayudas anuales a la acción social de las ONG. Y eso merece ser contado.

¿Cuáles son las principales líneas de acción de la Fundación Mutua Madrileña?

Nuestra fundación comenzó su actividad hace ya 16 años, aunque inicialmente solo se dedicaba al apoyo a la investigación médica en España. Hace 10 años, sin embargo, decidimos darle un nuevo impulso y ampliamos nuestras actividades a la acción social y al apoyo a colectivos desfavorecidos, a la difusión de la cultura y a la formación de niños y jóvenes en seguridad vial.

En estos años, nuestra fundación ha generado un gran impacto social. Por ejemplo, hemos apoyado a casi 300.000 personas en situación de vulnerabilidad, hemos financiado 1.400 estudios científicos dirigidos a la mejora de los tratamientos médicos con más 60 millones de euros, hemos ayudado a más de 20.000 mujeres maltratadas, hemos acercado la cultura a más de 900.0000 personas y hemos formado a cerca de 170.000 niños y jóvenes en los riesgos de no ser prudentes al volante.

No obstante, uno de los puntos que más me gusta destacar de esta intensa actividad es que la hemos mantenido constante incluso en los peores años de la pasada crisis económica y financiera. Creo que es en esos momentos en los que mejor se demuestra que el compromiso social, la filantropía y el mecenazgo forman parte de tu forma de ser, de tus valores como empresa y como persona, y que no son algo pasajero o sujeto a modas y tendencias.

Dentro de los programas sociales de Mutua, ¿cuál es su ‘niña bonita’?

No es fácil responder, pero hay dos iniciativas de las que me siento especialmente orgulloso y en las que estoy muy comprometido. Por un lado, todo el trabajo que estamos desarrollando en la lucha contra la violencia de género, aunque a veces, cuando veo o escucho noticias dramáticas en este sentido, no creas que no siento alguna forma de desaliento; y por otro, nuestra convocatoria anual de ayudas a la acción social, a través de la cual ayudamos cada año a casi una treintena de ONGs a desarrollar sus programas de apoyo a colectivos desfavorecidos o en riesgo.

Es importante que sean las entidades no lucrativas, las que trabajan sobre el terreno, quienes desarrollen sus planes de acción con nuestro apoyo. Ayudarles a ayudar creo que es la forma más efectiva de invertir el millón de euros que, cada año, destinamos a nuestra convocatoria de ayudas a la acción social en el ámbito de la discapacidad, la integración laboral, la protección a la infancia, las víctimas de maltrato, la cooperación al desarrollo y la innovación social.

Entiendo que la dimensión adquirida por la Fundación Mutua Madrileña le hace difícil la elección.

Efectivamente, también estoy muy orgulloso de otras iniciativas que desarrollamos como nuestras ayudas a la investigación médica, a la que destinamos cada año casi 2,5 millones de euros; nuestro programa de becas a jóvenes con excelente expediente académico, en el que hemos invertido más de nueve millones de euros desde que lo pusimos en marcha; la lucha contra el acoso escolar o nuestros programas de difusión de la cultura, que facilitan el acceso a la misma a decenas de miles de personas todos los años.

No obstante, quizás con las dos primeras que he señalado antes me siento más comprometido porque estoy más sensibilizado al respecto, y también porque estuve especialmente involucrado en su concepción y origen. No puedo soportar la violencia contra los más débiles y me subleva que no se haga más para intentar erradicarla. No dormiría tranquilo si no hiciésemos nada a este respecto.

Dentro de las restantes iniciativas de la fundación también hay programas por los que me siento especialmente inclinado, como en los casos anteriores. Por ejemplo, dentro nuestro programa de ayudas a la investigación médica en España, la financiación de proyectos de avance o mejora de los tratamientos médicos contra el cáncer o contra las enfermedades raras que afectan a la infancia, o dentro de nuestra línea de acción cultural nuestro apoyo a la difusión del arte, especialmente el contemporáneo.

¿Por qué España es un país con escasa tradición filantrópica y de acción social?

Bueno, no comparto del todo esa afirmación. España es un país tremendamente solidario. Nos ponemos del lado del que lo pasa mal. Es una de nuestras señas de identidad. Esto quedó claro durante la última crisis, donde la solidaridad, ya fuese familiar, institucional o anónima, sirvió para amortiguar, en alguna medida, sus terribles efectos. Y también se traduce en el aluvión de donaciones particulares que buscan paliar los efectos de las catástrofes naturales que se producen dentro o fuera de España.

Sí puede ser cierto que no solemos comprometernos fácilmente, a largo plazo, con un mismo proyecto, asociándonos a una determinada ONG y contribuyendo con una cuota periódica a sus fines, por ejemplo. Eso nos cuesta más, pero cuando se produce un estado de necesidad, ahí estamos los primeros, como prueban los más de 85.000 voluntarios que trabajan para Cáritas, el hecho de que somos el país del mundo con mayor número de donaciones de órganos y trasplantes o que en España nunca se ha producido un sentimiento contrario a la inmigración, como sí ha sucedido en otros países. Son síntomas claros de nuestro espíritu solidario.

Respecto a la tradición filantrópica, es verdad que en otros países se ha desarrollado más que en el nuestro porque el tratamiento fiscal que estas donaciones reciben es desde luego mucho más beneficioso que en España, aunque también es cierto que en otras naciones tienen más visibilidad. Los filántropos norteamericanos, británicos y franceses tienen menos reservas a hacer públicas estas donaciones que los españoles, a los que les gusta menos contarlo. El hecho, además, de que a menudo las instituciones beneficiarias sean reacias a hacer público ese apoyo, o que incluso haya quien las critique desde ciertos ámbitos sociales y políticos, tampoco ayuda a que esta tendencia se desarrolle.

¿En qué medida debe una empresa comunicar su vertiente filantrópica sin caer en el autobombo y con credibilidad?

Voy a ser muy sincero con la respuesta: creo que las empresas debemos esforzarnos en comunicar nuestra vertiente filantrópica, sin estridencias y en su justa medida, para trasladar una realidad cierta pero que no es por todo el mundo asumida: en general, no somos entidades o instituciones alejadas de los problemas de la sociedad, y por lo tanto contribuimos a mejorar la calidad de vida de las personas e intentamos, en la medida de nuestras posibilidades, ayudar a quienes lo pasan peor.

Una labor divulgativa de lo que hacemos y del impacto social que generamos, y no tan solo de nuestras buenas intenciones o deseos, ayuda a mejorar nuestra reputación corporativa, que según algunas encuestas y en el caso de las grandes empresas no está en su mejor momento. Pero de nada sirve desarrollar una intensa acción social si, por otro lado, la opacidad, el mal gobierno, el empleo precario o la falta de ética hacen acto de presencia en la vida empresarial. La responsabilidad social corporativa debe estar presente en todos los ámbitos de la empresa; desde la relación con empleados y proveedores hasta la excelencia en el servicio a los clientes, la transparencia en la información económica-financiera, la gobernanza, la igualdad de oportunidades y el comportamiento ético de directivos y empleados.

Naciones Unidas ha establecido unos objetivos de desarrollo sostenible que son un marco adecuado para orientar e impulsar el compromiso social de las empresas, cuya sostenibilidad, efectivamente, pasa tanto por su mayor implicación en la mejora social como en la protección del medio ambiente y la asunción de los más exigentes principios de buen gobierno. Hacerlo, además, es rentable para la empresa.

¿Qué tendencias, en relación a la filantropía, está incorporando Mutua?

Buscamos desarrollar modelos propios de actuación, como en el caso de la lucha contra la violencia de género: hemos diseñado una estrategia de trabajo 360º a través de la cual actuamos con los jóvenes en materia de prevención, financiamos programas de diferentes entidades no lucrativas que ayudan a mujeres maltratadas, contribuimos al sostenimiento de casas de acogida, tenemos nuestro propio programa de integración de mujeres víctimas de maltrato en nuestra plantilla, realizamos voluntariado corporativo y trabajamos en materia de sensibilización social de muchas formas, incluyendo nuestra alianza con el grupo Atresmedia con la iniciativa Tolerancia Cero. Ahora estamos ultimando una nueva iniciativa con Cruz Roja para apoyar a los hijos de las víctimas, que representan un colectivo que también nos preocupa, y mucho.

Trabajar en red y colaborar de forma sostenible con otras empresas e instituciones en paliar los problemas de la sociedad es otra de nuestras formas particulares de actuar, y se nos ha reconocido públicamente en diferentes ocasiones por desarrollar este modelo de trabajo. Creamos alianzas a largo plazo que, gracias al compromiso y al esfuerzo de todos, funcionan, generan impacto social y ayudan a cambiar las cosas.

Los problemas sobre los que trabajamos son de enorme dimensión, y eso siempre requiere unir esfuerzos para llegar más lejos y mejor a la hora de intentar paliarlos. En el caso de nuestra lucha contra el acoso escolar, por ejemplo, a nuestra tradicional relación con la Fundación Anar, que nos permite trabajar conjuntamente en la sensibilización de los escolares en los propios centros, hemos puesto en marcha el año pasado una alianza con Disney para intentar influir en niños y adolescentes para que reconozcan el problema y se pongan del lado del acosado.

¿Por qué es necesaria la filantropía? ¿Por qué debe promoverse cada vez más la cultura solidaria?

Antes no lo mencioné, pero creo que esforzarse también en la comunicación de las actividades filantrópicas o sociales, ya sea de empresas o personas, tiene también un efecto de “arrastre” que propicia o anima a que cada vez más individuos o instituciones se sumen a esta práctica. La filantropía, el apoyo a quienes más lo necesitan, la solidaridad… son conceptos que cobran su mayor importancia cuando se hacen más necesarios. Antes hice referencia a la pasada crisis económica, cuya virulencia se vio en parte paliada por el apoyo familiar y la solidaridad. De cara al futuro, qué duda cabe que un mayor arraigo de estos valores en nuestra sociedad contribuirá, por ejemplo, a que podamos hacer frente al envejecimiento de nuestra población y al aumento de las personas dependientes con una mayor sensibilidad, que probablemente deberá paliar la disposición de unos menores recursos económicos para ello.

¿Cómo ve el futuro de la acción social en este entorno de cambios?

En un momento como este, en el que la sociedad está sufriendo una gran transformación por la revolución digital, es precisamente cuando más hay que poner en valor la solidaridad y la humanidad, no solo para que nadie se quede atrás, sino también para combatir el aislamiento y la despersonalización.

Afortunadamente, creo que los jóvenes españoles están desarrollando unos valores solidarios mayores, incluso, de los que teníamos nosotros a su edad. En Mutua, por ejemplo, con una edad media de la plantilla que no supera los 40 años, el 17% de los empleados participa cada año en nuestro programa de voluntariado corporativo, uno de los ratios más altos de España; nuestros premios al voluntariado universitario ven aumentar cada año el número de participantes, y nuestras becas ‘Valores’ del programa España Rumbo al Sur, que promueve la cooperación internacional entre los de 16 y 17 años, recibe 10 peticiones por cada una de las plazas que ofrecemos. Una vez más, el pasotismo que se atribuye con criterios generales a nuestra juventud es un lugar común. Heidegger nos enseñaba que somos los invitados de la vida, y tenemos que aprender a ser buenos invitados. Pienso que en España con nuestros problemas, nuestras desavenencias, nuestros conflictos y nuestras dificultades, en general lo somos. Al menos, me gusta seguir creyendo y trabajando en ello.