El origen de los servicios de seguridad privada está en el transporte de dinero y otros objetos de valor. Las diligencias que recorrían los caminos iban a menudo acompañadas de hombres armados que vigilaban los trayectos y ahuyentaban (o no) a los posibles ladrones. En España, la primera figura parecida a los vigilantes actuales fue la de los guardas de campo, creados en 1849 en el reinado de Isabel II y bajo la presidencia del general Narváez. Era la primera vez que se regulaba una actividad, sufragada por los particulares, que consistía en vigilar propiedades privadas.

Se les llamaba guardas de campo ‘jurados’ para distinguirlos de los trabajadores a los que sus jefes pagaban por vigilar y para demostrar que estaban sujetos a una normativa. Incluso iban uniformados y armados con una carabina. Actualmente, solo el 22% de los vigilantes de seguridad llevan armas y está muy tipificado en qué situaciones pueden portarlas (servicios de escolta, destinos en polígonos o instalaciones aisladas, de protección de furgones que transportan dinero o explosivos…).

De estos guardas proviene la denominación de ‘vigilantes jurados’ que ha permanecido hasta hace pocos años. Otra figura que muchos incluyen también en la historia de la seguridad privada en España es la de los serenos. Estos profesionales no solo abrían los portales a los habitantes de las casas sino que vigilaban las calles que les correspondían durante la noche. Los pagaban los vecinos pero estaban regulados por los ayuntamientos. En los años del franquismo se permitió la contratación de vigilantes privados en algunos casos como, por ejemplo, a propietarios y habitantes de zonas rurales y de montaña en la época de la posguerra a causa de las acciones de los guerrilleros o maquis y también para proteger entidades bancarias.