Los resultados económicos, al menos de momento, parecen estar de parte de Donald Trump. El presidente puede presumir de grandes logros: una economía que creció a una tasa anualizada en el primer trimestre del 3,2%, un nivel de desempleo que sigue bajando (3,9% en abril, el más bajo en casi cincuenta años) y los principales índices bursátiles, aún con episodios de fuerte volatilidad, en máximos. En julio la economía estadounidense marcará diez años ininterrumpidos de expansión. Además, el banco central –la FED– parece sentirse cómodo con los actuales tipos de interés del 2,5%, aparcando lo que parecía una tendencia alcista de su política monetaria en la segunda mitad del año pasado. Y todo ello a pesar del aumento del empleo y de la inflación a niveles del 2%.

No resulta extraño que Trump aproveche sus comparecencias públicas para vanagloriarse de una situación económica que para algunos economistas recuerda a la década de los noventa, los últimos años felices antes de la Gran Recesión de 2007, y durante la cual se engendró. Y que además contradice las sombrías perspectivas de los principales organismos internacionales para la economía mundial, a resultas de la desaceleración de China y de la guerra comercial abierta con Washington. El contraste de la situación estadounidense con la europea alimenta todavía más, si cabe, el triunfalismo de Donald Trump. Europa se ralentiza, con economías clave como la alemana y la francesa perdiendo impulso.

Desaceleración mundial

 Aunque muchos economistas habían pronosticado una desaceleración de EE UU durante el primer trimestre, los indicadores revelaron que más de la mitad del crecimiento fue impulsado por una contribución positiva del sector exterior al PIB de más de un punto porcentual y, probablemente, por los últimos efectos del recorte fiscal de 1,5 billones de dólares (1,3 billones de euros) aprobado en diciembre de 2017. También habría influido positivamente el incremento de los inventarios empresariales por una caída de la demanda doméstica. Excluyendo el efecto de la balanza comercial, los inventarios y del consumo público, la economía creció a una tasa del 1,3% en el primer trimestre, la más baja desde el segundo trimestre de 2013. El análisis más o menos generalizado entre los analistas es que EE UU no escapará a la desaceleración global y que crecerá alrededor del 2,5%, por debajo del objetivo del 3% oficial.

El FMI, que ya va por la segunda revisión de sus previsiones, ha señalado que la recuperación de la economía mundial es precaria y, excepto algunas economías emergentes, que crecerán por encima del 4%, se encuentra expuesta a las consecuencias de la guerra comercial, un conflicto que para muchos analistas es un shock externo que causará múltiples damnificados, entre los que estará Estados Unidos, aunque sus indicadores aún no lo estén reflejando.

El problema con China

El endurecimiento de la política aranceleraria hacia China, con un arancel común del 25% sobre unos 200.000 millones de dólares en importaciones, va a agravar la delicada situación del sector manufacturero, un caladero importante de votos de Trump y supuestamente uno de los beneficiarios de sus medidas proteccionistas. Según un análisis para inversores de Bank of America Merrill Lynch (BOFAML), el sector ya ha manifestado su preocupación por las tensiones comerciales y casi el 59% ha señalado que las tarifas aplicadas hasta ahora (entre el 5 y el 25%) han llevado a un encarecimiento de los bienes producidos y a interrupciones en las cadenas de suministro. Según el banco de inversión, un encarecimiento de los aranceles “podría ser demasiado” para el sector y “solo provocará más interrupciones en la cadena de suministro y una mayor compresión de los márgenes por el aumento de los costes, tanto materiales como laborales. Sería como recibir una patada cuando ya estás herido en el suelo”.

Para la firma de análisis Oxford Economics, el aumento de los aranceles hasta el 25% le costaría a la economía estadounidense unos 29.000 millones de dólares (26.000 millones de euros) en 2020, aproximadamente tres décimas del PIB. Y el coste para la economía mundial superaría los 105.000 millones de dólares (94.200 millones de euros). Si se aplicara el mismo arancel a los casi 500.000 millones de dólares que exporta China a Estados Unidos, el impacto sobre el PIB de éste y la producción mundial sería de medio punto porcentual. Además, el mercado estadounidense perdería 300.000 empleos. “Si EE UU y China no logran llegar a un compromiso, lo que alguna vez fue inconcebible –imponer aranceles sobre los 800.000 millones de dólares de comercio bilateral– podría hacerse realidad”, señala su economista Gregory Daco.