Hay signos de que la economía española se está enfriando, algo que se aprecia en la desaceleración de las matriculaciones el año pasado y en la reducción de las previsiones de crecimiento de la Comisión Europea o el Fondo Monetario Internacional. ¿Por qué se está salvando el renting?

Son pocos los analistas que hablan de crisis económica en el horizonte, pero cada vez son más los que sugieren que la fiesta española de crecer por encima de un 3% anual se terminó en 2017. El pasado noviembre, la Comisión Europea rebajó las previsiones de crecimiento para 2019 en una décima y confirmó que espera que el PIB avance un 2,2% frente al 2,6% de 2018. La institución admitió que nuestro país mostraría “signos de una suave desaceleración en la primera mitad del año”. El Fondo Monetario Internacional se había expresado en unos términos parecidos en octubre.

Todo hacía imaginar que el cambio de tendencia debía reflejarse también en el mercado del motor. Las matriculaciones de turismos y todoterrenos en España ascendieron un 7% en 2018 respecto a un año antes, cierto, pero el incremento cayó un punto si lo comparamos con el del ejercicio anterior. Las grandes patronales del sector –Anfac para los fabricantes, Faconauto para los concesionarios y Ganvam para los vendedores– atribuyeron esta desaceleración a “una debilidad real de la demanda, que se ve más claramente en el canal de particulares”. Aunque este canal creció en el conjunto del año, en diciembre sus ventas se desplomaron algo más de un 11,2% en comparación con diciembre de 2017. Anfac, Faconauto y Ganvam denunciaron que “las incertidumbres en el mercado” estaban retrasando “las decisiones de compra”.

Curiosamente, mientras la economía española daba signos de debilitamiento y esas patronales mostraban su preocupación, la Asociación Española del Renting de Vehículos tenía motivos para brindar por un ejercicio de leyenda. Su presidente, Agustín García, no dejaba lugar a muchas dudas en un comunicado oficial: “El renting está viviendo el mejor momento de su historia en España, tanto cualitativa como cuantitativamente”. Y los datos parecían acompañar aquella euforia.

El año pasado, el parque de automóviles en renting en España se elevó a casi 630.000 vehículos, lo que supuso un despegue del 14%. Mientras tanto, el número de clientes se disparó casi un 40%, las matriculaciones estuvieron a punto de rozar el 8% de incremento y la facturación del sector avanzó un 14% hasta casi alcanzar los 5.500 millones de euros.

El contraste con el panorama que describían las tres grandes patronales del sector de la automoción era aún más evidente cuando se observaban las cifras de los particulares, los autónomos y las pequeñas empresas. Éstos, que debían haber sufrido la misma puñalada de incertidumbre que la que Anfac, Faconauto y Ganvam atribuían al canal de particulares, eran, justamente, los principales responsables de que el renting se hubiera catapultado en nuestro país. ¿Cómo es posible?

Las claves del ‘milagro’

Agustín García reconoce que “es cierto que el renting se está desmarcando de la preocupante tendencia general de desaceleración de las matriculaciones, y creo que esto se produce porque muchas personas, ante un escenario incierto, optan por contratar este servicio, porque soluciona sus necesidades y les garantiza comodidad, seguridad y control”.

María Martínez, directora de la consultora Masqrenting, opina que un factor clave que en estos últimos meses ha ayudado a que se disparen las ventas por renting es que los españoles han empezado a tener serias dudas sobre si quieren un híbrido, un gasolina, un eléctrico o un diésel. Ya no hablamos de gustos estéticos, de la distancia que se recorre (el diésel compensa más que la gasolina cuanto mayor es la distancia) o del compromiso con el medio ambiente de cada cual. Ahora, como sugiere Martínez, la elección del cliente va a ser la causa de que pueda ir o no cómodamente en coche al trabajo cuando su ayuntamiento imponga un protocolo de alta contaminación, y puedan aparcar en superficie o entrar en la ciudad únicamente los híbridos y los eléctricos. También deberá tener en cuenta los cambios fiscales que, por ejemplo, penalizarán al diésel –las ventas de este tipo de vehículos se desplomaron el año pasado a niveles de 1996– o hasta qué punto se puede hundir el precio del vehículo con los cambios regulatorios. La reventa puede ser una ruina.

La incertidumbre y desaceleración económica, por lo tanto, podrían estar impulsando el renting porque permite no tener que casarse en la salud y la enfermedad con el modelo que se alquila, algo que no ocurre cuando compramos un vehículo. Al mismo tiempo, en los últimos años ha estallado una floración de distintos tipos de renting que incluyen desde el carsharing de empresa (los empleados pueden intercambiarse los coches) hasta los modelos de suscripción (que permiten cambiar de coche cada pocos meses), pasando por el carsharing urbano de modelos tan distintos como Uber o Car2Go. El propio sector del renting ha aumentado su flexibilidad y adaptación al cliente.

El último fenómeno que ha contribuido a que se desacople la evolución de las ventas de vehículos y el del renting hasta en una desaceleración económica es, probablemente, que se ha debilitado la cultura de la propiedad. Esto sucede en parte por la memoria y las heridas, aún abiertas, de la crisis y también porque la economía colaborativa ha multiplicado el apetito por el alquiler y el pago por el uso. En los últimos años, concluye María Martínez, “hemos conseguido algo que durante décadas había sido difícil de lograr: que a un particular le sea más interesante hacer un renting que comprar un vehículo”.