*Esta es una adaptación del artículo The Truth About Employees With Attitude Problems, escrito por Liz Ryan para Forbes US.

Todo el mundo tiene una mala actitud a veces, por ejemplo, cuando hay tráfico y no llegas a tiempo a un lugar. “La actitud” no es una característica fija, por eso, cuando un supervisor dice que un empleado tiene una mala actitud suele significar en realidad que no sabe relacionarse con ese empleado.

La mala actitud de un empleado debería servir al supervisor para aprender, pero muchos no están dispuestos a hacerlo. Muchos jefes piensan que si no llevan razón siempre no son nadie, por eso a veces se niegan a saber más cuando las cosas no van bien. Prefieren pensar que el fallo no es suyo y que la culpa es del empleado que no sigue sus pasos.

Lo primero que debe saber un jefe es que su condición no le hace tener siempre la razón. Ser el supervisor no significa necesariamente ser el mejor, el más capaz o el más inteligente del lugar. A veces basta con tener una conversación natural con los empleados sobre momentos en los que se sintió vulnerable para conseguir su confianza y su feedback.

En el caso de que seas quien está por encima tanto del supervisor como del empleado que éste tiene a su cargo, lo primero que debes hacer es hablar con cada uno de ellos por separado para escuchar su versión. No se trata de un interrogatorio, sino de averiguar qué piensa cada uno y cómo actúa. Escuchar sólo al supervisor no es siempre la solución. Reiteramos, como decíamos más arriba, que ser jefe no te da automáticamente la razón.

Muchos, si no la mayoría, de los casos de “mala actitud” son producto de un jefe que se siente amenazado por alguien que piensa diferente y quizá hasta lo hace mejor que él. Al final, se crea una especie de rivalidad innecesaria por parte del jefe y una actitud de “miedo” a las reacciones del jefe por parte del empleado, que acaban por desembocar en una situación incómoda e insostenible.

El miedo, en ambos casos, hace que las dos partes actúen de forma extraña y nadie de su brazo a torcer por miedo a parecer el débil de la situación. Sin embargo, hablar es en muchas ocasiones la mejor solución. Así de sencillo.

Por otro lado, el hecho de que aquellos que están en la cúspide empresarial sólo escuchen a una de las partes, a veces provoca que se creen normas estúpidas y restricciones que lejos de mejorar las cosas crean un ambiente de trabajo aún peor. De nuevo, la comunicación vuelve a ser el ingrediente fundamental.

Por último, si eres quien tiene la última palabra en la empresa, encárgate de crear una cultura de empresa con una comunicación clara y horizontal que fomente el trabajo colaborativo y no la rivalidad innecesaria, además de tratar de escoger a personas seguras para los puestos que implican supervisión y responsabilidad, así no se sentirán amenazados.