En 1956, Ramón Rubio prueba en varios colegios un nuevo método pedagógico que después decide convertir en su mayor tesoro: Cuadernos Rubio. Su comienzo no fue fácil, ya que hasta los años 70 no se consiguió empezar a vender. Enrique Rubio, su hijo, tuvo que relevarle en los años 90 y, a pesar de que no quería dedicarse a la empresa, tomó las riendas del negocio y lo sacó adelante, promoviendo años después nuevos métodos que harían que la empresa repuntase.

El cambio de imagen de la empresa se produjo en el 2000 con la llegada del euro, época de vacas flacas que hizo que se promoviese la renovación de los cuadernos. Se eliminaron frases sexistas, con tintes religiosos y mensajes favorables al régimen de Franco y se cambiaron por otros que intentan transmitir valores como el reciclaje o las energías renovables. La clave de la empresa es el gabinete de comunicación, que hace las funciones de departamento de marketing, consiguiendo así abaratar costes en publicidad.

Continuando con la buena labor de su padre, Enrique crea seis años atrás la Fundación Rubio, que se encarga de repartir cuadernos a todos aquellos niños con discapacidades o que no puedan permitirse comprar uno y a ONG’s. Además, la preocupación por los enfermos de alzheimer y las personas mayores les llevó a crear unos cuadernos especiales para reforzar la memoria de los ancianos. Enrique Rubio asegura que el pasado ayuda a aprender de los errores, y es esa otra de las claves que le han ayudado a mantener la empresa de su padre a flote, ayudando a más niños, año tras año, a enriquecer su educación. Ahora, el negocio digital revoluciona la escena educativa, y Cuadernos Rubio no se queda atrás. Por eso han lanzado una plataforma para que los millenials puedan desarrollar y perfeccionar su caligrafía mediante el uso de tablets. Renovarse o morir.