En aquella época, en torno a 2006, Emilio Botín (padre) controlaba el 2,235% de la entidad y dos de sus hijos, Emilio y Ana Patricia, declaraban otro 0,014%. Contando sólo el Santander, Emilio Botín tenía una riqueza de 1.956 millones de euros y ocupaba el sexto puesto de la lista World’s Richest People de Forbes. Era, todavía sigue siéndolo, una de las familias más poderosas del país.

Ocho años después, tras el imprevisto fallecimiento de Emilio Botín, en septiembre de 2014, los consejeros del banco activaron el protocolo de sucesión y designaron presidenta a su hija Ana Patricia. Hacía tiempo que el patriarca había previsto la situación y Ana Botín, al igual que sus hermanos, se había preparado tanto académica como profesionalmente.

Es un ejemplo de sucesión exitosa en una familia empresaria. Ana Botín se consolidó en el banco, tuvo el apoyo de los fondos de inversión (propietarios de la mayoría del capital) y así se evitó que la incertidumbre deteriorara no sólo el patrimonio de la familia, sino del conjunto de accionistas. Ahora, Ana y su hermano Javier, presidente de la Fundación Marcelino Botín, son la cabeza visible de la estirpe familiar. Pero Ana y su hermano Javier no contabilizan el mismo patrimonio que su padre. ¿Por qué?

La fortuna familiar, que antes estaba concentrada en una sola cabeza, ahora se reparte entre los hijos y ramas laterales. Ana y Javier Botín tienen una fortuna de, al menos, entre 400 y 450 millones cada uno, pero el conjunto de la familia suma unos 1.400 millones. Y en esta cifra no se contabilizan el patrimonio de la Fundación Botín, que sólo en acciones de banco Santander suma otros 800 millones. En total, controlan recursos por 2.100 millones.

Unidos por el apellido

Ana Botín y sus hermanos ejemplifican a las familias que mantienen una unión fuerte en torno al apellido y patrimonio familiares en los sucesivos relevos generacionales. Su fórmula para superar los efectos de la dispersión accionarial es gestionar su patrimonio de forma coordinada, lo que les facilita el apoyo de los fondos de inversión, auténticos propietarios del banco.

Y es que, por separado su riqueza personal se ha diluido, pero en conjunto suman mucho. Y su influencia se multiplica exponencialmente por presidir el mayor banco del país y la fundación. Así, con sólo un 0,5% del banco, la familia Botín mantiene relaciones con miles de accionistas, clientes, empleados y proveedores. Además, gestionan a través del Santander la sicav Cartera Mobiliaria, con un patrimonio de 236,8 millones y 3.520 accionistas.

El caso de los hermanos Del Pino, la segunda generación propietaria de Ferrovial, es ligeramente distinto. Los cinco hermanos mantuvieron un pacto de sindicación de acciones hasta 2015, en que decidieron disolverlo. Pero, al igual que los Botín, mantienen su apuesta por la empresa. Y es una apuesta rentable, que les permite mantenerse en el ‘top ten’ de Forbes, tanto como empresarios individuales como por familias empresarias.

De hecho, Rafael del Pino, presidente del grupo, ocupa el quinto puesto del ranking español, con 2.900 millones. Y aunque sus hermanos tienen menos patrimonio, si suman sus fuerzas superan los 5.850 millones.

Botín, Del Pino, Amancio Ortega, familia Roig, hermanos March… Hay familias que han hecho de su apellido una marca en sí misma, que trasciende a la propia empresa. Son el prototipo de empresa familiar. “La unidad de acción familiar proviene de la existencia de un ‘proyecto común”, sostiene Miguel Soto, profesor del Instituto Internacional San Telmo. Conseguirlo es fácil en las primeras generaciones, pero ¿qué ocurre cuando la familia crece y se va dividiendo en ramas familiares? “Las empresas que mejor lo hacen en esta dimensión se preocupan mucho por la promoción de los valores familiares, la vinculación con la empresa –lo que se conoce como ‘propiedad emocional’–, los mecanismos de participación de las diferentes ramas en la toma de decisiones y la transparencia informativa”, añade Soto.

Sucesión, ¿un problema?

El caso Botín es un ejemplo atípico en España. Según datos del Instituto de Empresa Familiar (IEF), el 67,7% de los empresarios familiares –no sólo los ricos– no se ha planteado todavía el problema de la sucesión, mientras que el 2,4% opta directamente por vender la empresa. Del resto, el 24,2% esperará a hacerlo por testamentaría y el 5,6% en vida, vía donación. “Aunque el mayor reto que identifican las empresas familiares para su supervivencia es la sucesión, la mayoría no tiene planes al respecto”, reconoce Juan Corona, director general del IEF.

Algunos lo planifican con tiempo. Francisco Riberas Pampliega, el fundador ya fallecido del grupo Gestamp, vivió aquella generación post-guerra acostumbrada a construir el patrimonio familiar céntimo a céntimo de peseta. Se dejó muchas horas decorando porcelanas en un taller de Vallecas (Madrid) antes de crear Gonvarri en 1957 para vender estaño junto con otros amigos. La empresa creció y creció, sus amigos dejaron el proyecto pero él, con los años, creó más sociedades: Gestamp, Esmena, Hiasa etc, hasta convertirse en uno de los empresarios más importantes de la industria auxiliar de automoción.

Pero sabía que todo podía trastabillarse en la segunda generación. De hecho, los problemas familiares están en el origen de prácticamente la mitad de las empresas que cierran en el paso de la primera a la segunda generación. Francisco inició a sus dos hijos varones, Francisco y Jon, en los secretos de la empresa antes de que completaran su formación educativa y de cederles el testigo. Ahora son los cogestores del grupo Gestamp, al tiempo que su hermana mayor, Maite Riberas, participa en sociedades del holding.

La sucesión se ha completado con éxito. Actualmente, Corporación Gestamp es una de las diez corporaciones familiares más importantes de España, según el centro de empresa familiar de la Universidad St. Gallen, y los Riberas una de las familias más ricas.

Unidos a la fuerza

La unión de la familia hace la fuerza, pero en algunos casos, las familias se mantienen unidas a la fuerza. Y la causa son los impuestos por herencias. De esta forma, el debate que ha estallado en Andalucía y Asturias por el coste de heredar se traslada también a la empresa familiar y su capacidad para gestionar el relevo generacional. Y no es un tema menor. La sucesión en la empresa familiar es un problema que afecta no sólo a las familias ricas, sino al conjunto de la economía. Según el IEF, las empresas familiares suponen el 90% del tejido empresarial en España, generan el 70% del empleo privado y aportan el 60% del valor añadido bruto a la economía. Su importancia es especialmente relevante en autonomías como Madrid, que tiene el 19,8% de todas las empresas familiares; Cataluña, con el 19,2%, Andalucía (14,3%) y comunidad valenciana (12,2%).

Actualmente, la transmisión de la empresa familiar está exenta en el impuesto, pero sólo si todos sus miembros se mantienen dentro. El que sale, paga. Y si alguno no quiere compartir el proyecto familiar común, surgen las tensiones. “Sería más razonable eliminar el impuesto de sucesiones”, reclama David Moreno, profesor del Instituto Internacional San Telmo. “Cuando se toman decisiones por temas fiscales, en lugar de argumentos económicos, resulta perjudicial”, advierte.

Para solucionarlo, David Moreno propone introducir el ‘trust’ en España, una figura del derecho anglosajón. El ‘trust’ permite disociar la propiedad de la gestión de una empresa y así, un heredero puede recibir las acciones pero no la capacidad de vender. “Permite dar mayor continuidad a la empresa con independencia de la situación concreta de la familia”, concluye Moreno.

Rotos en las costuras

Posiblemente también facilitaría la resolución en casos como el de la familia Álvarez Mezquíriz. Este año, los Álvarez han afrontado los problemas de su buque insignia, Eulen, en el aeropuerto de Barcelona por la huelga de sus empleados en verano; al tiempo que sigue abierta la brecha entre María José Álvarez (presidenta del grupo) y cinco de sus hermanos Juan Carlos, Elvira, Emilio, Marta y Pablo. ¿El resultado? En lugar de sumar esfuerzos para preservar el patrimonio, el valor de la familia se ha partido en dos grandes grupos (María José Álvarez vs hermanos). En esta pelea, el séptimo hermano Jesús David está al margen.

En realidad, el enfrentamiento estalló ya antes de la herencia, en vida del fundador del grupo, David Álvarez Díez. David Álvarez (padre) se casó tres veces y tuvo siete hijos, pero se enfrentó a cinco de ellos con el respaldo de María José y Jesús David. El enfrentamiento llegó a tal punto que legó la parte de libre disposición a su hija María José para que mantuviera el control efectivo del grupo.

Herencias, el debate

En las grandes herencias, el debate salta pronto del ámbito privado al público por el impacto fiscal en las autonomías. Según el Registro de Economistas Asesores Fiscales (REAF), el coste fiscal de una herencia de 800.000 euros puede oscilar entre los 2.000 euros de Madrid o Cantabria y los 160.000 euros de Andalucía o Asturias. Por eso, si en las herencias los ricos esta cifra se multiplica por miles o millones, se entiende el interés de la Administración por sacar tajada de las herencias. En Madrid, la herencia a familiares de primer grado está bonificada en un 99%, una bonificación que ha ayudado a atraer patrimonios familiares de Andalucía y Cataluña, entre otras comunidades. Pero esta reducción no afecta a los sobrinos y familiares de segundo grado.

El actual presidente de El Corte Inglés, Dimas Gimeno, lo sabe muy bien. Tras el fallecimiento de Isidoro Álvarez, heredó junto con su madre, María Antonia, y su tío, César Álvarez, el 30% de Cartera de Valores Iasa, una de las patrimoniales que controlan El Corte Inglés. Se calcula que el coste de la herencia se situó entre los 90 y 100 millones a pagar entre los tres, una cifra que obliga a hacer juegos malabares.

Actualmente, la Hacienda valenciana se hace una pregunta: ¿Cuánto cobrará por la herencia de Juan Luis Gómez-Trenor? La familia desciende de un linaje irlandés, los Trenor, que fundaron Banca Trenor en Valencia e introdujeron la Coca-Cola en el Levante español. Falleció soltero en enero pasado y dejó una fortuna valorada entre 1.600 millones (criterio muy restrictivo) y 2.200 millones.

Dada la tradicional cautela de la familia en los asuntos públicos, resultará difícil conocer el destino exacto de la herencia. Pero parte de esta fortuna podría ir a su hermana Caridad, sus sobrinos encabezados por Javier Gómez-Trenor Vergés (que hace años dirije el grupo) e incluso a la Fundación para la Promoción de Acciones Solidarias, que preside Ramón Mora-Figueroa (ambas familias, emparentadas a través de Julia Gómez-Torres).

El futuro, a la bolsa

Salir a bolsa permite multiplicar la valoración de los activos, aunque en ocasiones comporta ciertos riesgos. En 2015, los hermanos Riberas ya eran uno de los industriales más poderosos del país, pero en 2016 decidieron dar un nuevo salto. La familia compró el 35% de Gestamp Automoción a Arcelor Mittal por 875 millones, para hacerse con el 100% del capital, y lo financió con un crédito a largo plazo de 900 millones. Luego colocaron el capital en bolsa.

La apuesta ya genera réditos. El valor de las acciones de Gestamp Automoción ha aumentado por encima de los 900 millones del préstamo y refuerza así la riqueza familiar.

Es, además una operación de mucho recorrido. A medida que vayan devolviendo el préstamo, la valoración de su riqueza y se acercará a los 3.300 millones que valdría el grupo sin esta deuda. Un valor, éste, que compartirán previsiblemente con sus hijos: Jon, cinco, y Francisco, tres.

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