En 2001 hacía menos de cuatro años que Steve Jobs había vuelto a Apple, que tras su marcha, estaba sumida en una profunda crisis. Los productos Apple se habían vuelto tan de nicho que, pese a tener una base muy estable de fieles, no se vendían en cantidades suficientes para hacer rentable a la empresa. La vuelta de Jobs y su particular estilo de dirección empezaron a dar algunos resultados, mediante esfuerzos muy dolorosos, como la enorme cantidad de despidos que tuvo que hacer la empresa de la manzana. Y con la llegada del iMac en 1998, parecía que las cosas empezaban a mejorar, si bien no al ritmo deseado.

Al mismo tiempo, la industria discográfica se enfrentaba a una seria crisis con Napster, la página que ofrecía de manera gratuita música en mp3 a cualquiera que se la quisiera descargar. Los pequeños reproductores de mp3 empezaban a dejar de lado a los Walkman y Discman, que servían para reproducir casetes y CD, respectivamente.

En ese momento Apple decide lanzar el iPod, un reproductor de mp3 con software propio y que podía organizar, grabar y almacenar música de nuestros propios CD a través de iTunes. iTunes, además, permitía comprar canciones sueltas a menos de un euro, por lo que te las podías bajar cómodamente y sin necesidad de piratear. Dicen que Apple ni se molestó en hacer un estudio de mercado, porque “a todos nos gusta la música” y que la industria, desesperada por Napster, aceptó a iTunes porque no les quedaba más remedio.

El primer iPod, pese a costar 399 dólares (383 euros), fue muy bien recibido, pero poco vendido por su alto precio. Sólo se vendieron 400.000 unidades durante su primer año. Pero cuando Apple sacó el iPod Mini, más asequible y con más memoria para almacenar canciones, las ventas sumaron 22,5 millones en menos de un año. El iPod seguía siendo un símbolo de estatus y de pertenecer a una selecta minoría, como el resto de los productos de Apple, pero inmensamente más popular y muchísimo más asequible. Como además los iPods necesitaban de un ordenador de Apple para funcionar, las ventas de estos también subieron.

Cuando Apple se abrió que a iTunes también estuviera disponible para el sistema operativo Windows, las ventas se dispararon como un cohete, incorporando de repente a millones de consumidores para sus productos. Esto, que hoy en día se ve como uno de esos gestos de brillantez de Jobs, en realidad se hizo pese a él, que veía con desagrado todo lo relacionado con su principal competidor.

Mientras, Apple siguió sacando nuevas series de iPod; más pequeños, con más capacidad, más bonitos. Y siguió engordando sus ventas mediante un producto que estaba al alcance de las masas y que, al mismo tiempo, era un rasgo de identidad, un símbolo de estatus y una declaración de intenciones.

Pero al mismo tiempo que la compañía de Cupertino despegaba y las discográficas terminaban de aplastar a Napster, la telefonía móvil florecía. Y si los reproductores de mp3 nunca fueron una competencia seria contra los iPod, los teléfonos ya amenazaban con incorporar software que permitiera escuchar música y ser usados como reproductores portátiles.

Y Steve Jobs decidió que si eso iba a pasar, mejor que fueran ellos los primeros en hacerlo. Así nació el iPhone, que era como un iPod por el que se podía hablar por teléfono, ofreciendo la misma calidad de audio, terriblemente bonito y que, además, permitía usar iTunes y su equivalente en software, la AppStore. Como en el caso del iPod, no se trataba tanto de que Apple hubiera inventado una nueva tecnología, sino que era capaz de combinar las tecnologías existentes para hacer un producto bien diseñado, agradable de usar y de mirar y, a la vez, diferente de todos los demás.

Los iPhone y los iPod han convivido durante 15 años siendo enormemente parecidos. Tanto, que hasta el primer iPod Touch se podía confundir fácilmente con un iPhone 3. Este año, Apple ha decidido que, lo que temían que hiciera la competencia: que el teléfono dejara obsoleto al reproductor, había sido hecho por ellos mismos, tal y como pretendía Steve Jobs.