“Cuánta razón”, parecen decir todas las caras que la miran atentas en el patio de butacas, entre luces y sombras, cuando nos habla de machismo y de la culpa que todos tenemos (con independencia de lo que ponga en nuestro carnet de identidad) al aceptar lo que nos dijeron y al no cuestionar lo que debemos.

“Tenemos esa ideología clavada en el cerebro. Si nos ponemos a cierta distancia de la realidad, podemos ver el cambio que hemos logrado”, nos dice Rosa. Y es tan cierto…

La despedida se hace aún más triste cuando nos habla del progreso, algo que sucede “porque todos empujamos”. Y, de pronto, el esfuerzo de otros se hace evidente para destapar que algunos no empujan tanto, o no lo hacen en la dirección correcta, por lo que terminamos yendo despacio o, directamente, no yendo.

“Es el momento de salir de eso, de esas cuevas en las que nos hemos instalado (…) Esto es algo de todos, no sólo de las mujeres. El sexismo nos esclaviza”. Y acierta con esto y con todo lo anterior, aunque nos cueste tanto verlo, para terminar ‘matando’ cualquier duda con una reflexión que todos deberíamos apuntar:

“Cuando una mujer escribe sobre mujeres, todo el mundo piensa que está escribiendo sobre mujeres; cuando un hombre escribe sobre hombres, todo el mundo piensa que está escribiendo sobre el género humano”.

Toca decirle adiós a Rosa, mientras ella nos lo dice a nosotros, pero nos quedan muchas cosas de las que despedirnos. Porque “vivimos más en el deseo de otros que en el nuestro”.

Y no se equivoca…