¿Cómo será España en el año 2050? Es difícil de decir, más bien imposible: hasta la fecha no se puede predecir el futuro. ¿Cómo queremos que sea España en el año 2050? ¿Qué hay que hacer para lograrlo? Tampoco es fácil de decir, pero el gobierno de Pedro Sánchez lo ha intentado a través de la recién creada Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia (dirigida por Diego Rubio y dependiente de Presidencia), que ha elaborado un informe en el que, con la competencia de 100 expertos en diferentes ámbitos y un profundo trabajo de documentación, pretende imaginar un futuro deseable para el país dentro de 30 años. En el documento se refleja la España que debería ser, a juicio de los citados expertos, partiendo de los logros conseguidos hasta la fecha y tratando de tener en cuenta los posibles obstáculos que se plantean en el presente y que se presentarán en los años venideros.

“Un estudio como este encaja en la época que vivimos, hace ya un tiempo que se están poniendo en valor estas prospectivas en la industria privada y en otros gobiernos”, dice Gema Requena, analista de tendencias y fundadora de la consultora Nethunting. La mirada a largo plazo y el pensamiento crítico son clave. “Estamos viendo cómo se generan modelos de exploración antes que de explotación, es decir: el pensar antes de hacer”. En España ya habíamos conocido otros planes de futuro como España Digital 2025, aunque ninguno de esta envergadura. De hecho, según explican desde la Oficina Nacional de Prospectiva, esa visión holística, y no centrada en un sólo sector, hace que el informe sea vanguardia internacional.

El estudio, titulado España 2050, fundamentos para una Estrategia Nacional de Largo Plazo, ocupa 676 páginas plagadas de gráficos y porcentajes y se adentra en diferentes áreas: nueve retos, 50 objetivos y más de 200 propuestas para alcanzarlos. Una de esas áreas, tal vez la más importante, es la que se refiere a la baja productividad española, que se relaciona a su vez con la baja competitividad de las empresas, los salarios breves o las jornadas laborales largas. También con la notoria desigualdad y el alto porcentaje de población en riesgo de pobreza, la avería en el ascensor social. Por supuesto, el estudio explora otros de los problemas acuciantes relacionados con el deterioro del medioambiente y el cambio climático, los retos migratorios y demográficos, el desarrollo territorial desigual, las carencias del sistema educativo o la incertidumbre que genera una revolución digital que no necesariamente parece redundar en bienestar para todos. 

Se ofrecen propuestas para enderezar todas estas trayectorias. También algunos objetivos que han llamado la atención: una tasa de paro del 7%, una jornada laboral de 35 horas, mayor gasto social y en investigación financiado con subidas de impuestos y lucha contra el fraude, eliminación de los vuelos de corta distancia que se puedan cubrir en tren en menos de dos horas y media o un impuesto sobre el uso del coche dependiente de sus niveles de uso y características. Hay quien considera que plantearse objetivos tan precisos y a tan largo plazo le resta credibilidad al proyecto. Otra de las propuestas llamativas: la “herencia pública universal”, una dotación económica que recibirían los jóvenes para financiar sus estudios, montar un negocio o adquirir una primera vivienda.

Los especialistas en futurismo, en tendencias, etcétera, ven esta iniciativa, en principio, con buenos ojos. “Me parece una buena noticia que se hagan este tipo de estudios en un país que, en comparación con otros del entorno, no ha sido muy proclive a la prospectiva”, dice Elisabet Roselló, fundadora de la agencia Postfuturear. Según señala la experta, esta disciplina es profundamente desconocida en España y le ha costado entrar y asentarse en rigor; no es habitual que se conozcan mínimamente cuáles son sus fundamentos teóricos, que desde hace años descartan cualquier intención de predecir el futuro. No se trata de adivinación.

Eso sí, Roselló le encuentra algunas deficiencias a España 2050, como el hecho de que las variables estudiadas se planteen sin tener en cuenta toda su complejidad, cómo interactúan entre sí, las reacciones en cascada que pueden derivar. También lo anticuadas que son las metodologías. O la previsibilidad de muchas de las tesis que ya se encuentran en otros pactos similares con los que está comprometida España, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible o el Pacto Verde de la Unión Europea, o en informes de algunas consultoras privadas. “Brillan por su ausencia otras tendencias y emergencias relevantes, por ejemplo, el blockchain o la migración climática interna”, apunta Roselló, “probablemente en 10 años sea necesario rehacer el plan”.

La falta de la originalidad del documento, la falta de pensamiento out of the box, es una de las críticas más comunes a la iniciativa: para los expertos, gran parte de lo que se dice les resulta ya muy visto. “Si esto te lo planteas como un ejercicio de poner encima de la mesa lo que sabemos, si es un documento para estimular el debate, me parece razonable, pero podría haber sido más provocativo”, opina Francisco J. Jariego, investigador independiente en innovación, tecnología y futuros, además de autor de ciencia ficción. Pone como ejemplos lo que se recoge sobre la productividad y las políticas medioambientales, cuestiones ya de sobra conocidas y recogidas en otros documentos y hojas de ruta. Echa en falta más atención a la ingeniería genética y otras tecnologías como la IA, que, a su juicio, se tocan de manera tangencial. “En realidad, no veo aquí un gran ejercicio de futurismo”. Señala, por ejemplo, visiones del mercado de trabajo poco atentas a las tendencias actuales, como la que considera el trabajo como única fuente de ingresos obviando las propuestas de renta básica universal.

Otra crítica común es la que lamenta que no se haya construido el documento de forma más transversal, teniendo en cuenta a más partidos e instituciones, incluso a la ciudadanía: “El futuro tiene que basarse en acuerdos, no es algo que esté ahí y que se pueda medir, es un ejercicio de inteligencia colectiva”, dice Jariego. El propio documento se contempla a sí mismo como un punto de partida, una forma de establecer un terreno fértil sobre el que avanzar en un debate que incluya cada vez a más partes. Además, la inclusión de tal cantidad de parámetros y sectores, sus ansias de ser omnicomprensivo, hará complicada su revisión. Desde la Oficina Nacional de Estrategia reconocen el sesgo que produce el hecho de que su informe haya sido elaborado por académicos y planea llevar adelante un diálogo nacional en el que se incluya a todo tipo de partidos, sindicatos, empresas, asociaciones, etcétera, para hacer avanzar esta primera propuesta concreta sobre la que discutir.

Una de las lacras de la política actual es el cortoplacismo, la poca altura de miras de las clases dirigentes, siempre preocupadas por el próximo periodo electoral: es difícil gobernar para el futuro lejano cuando dependes de los votos de pasado mañana. Pero para superar el cortoplacismo, para que este plan vaya más allá del gobierno actual y aguante varias legislaturas es necesaria una base de consenso, que todavía no se sabe cómo se articulará. “El papel de un futurista es facilitar que se negocie una nueva imagen de futuro entre todos los agentes implicados”, dice Isabel Fernández Peñuelas, fundadora del centro de estudios de futuros The Futures Factory: “Creo que no se debería hacer desde una oficina del Gobierno sino desde un think tank independiente con el apoyo del Gobierno”. Señala como modelo el Instituto de Prospectiva fundado por Adolfo Suárez en 1976, en el que trabajaron grandes figuras de la prospectiva. Otra de las críticas que se le ha hecho a España 2050 es la composición del panel de expertos, en el que abundan los economistas, sobre todo, o los sociólogos, pero no tanto otras disciplinas como las científicas. Los miembros del gremio de los futuristas, expertos en la materia, brillan por su ausencia. 

Imágenes del futuro para construir el futuro

Disponer de imágenes del futuro es importante, y esas imágenes del futuro van cambiando con las décadas: el mañana no se veía igual en 1950 que ahora. De hecho, existe la curiosa disciplina de los historiadores del futuro, que estudian la historia de cómo hemos ido conceptualizando el porvenir. “Hay que entender que los futuros se construyen con las narrativas del presente”, dice Requena, “hay que comprender el presente para navegar el futuro: dependiendo de lo que estás viendo ahora tienes la capacidad de imaginarte ese futuro, y eso influye mucho en cómo lo vamos construyendo”. El futuro, así en singular, el futuro único, desde una perspectiva determinista, no existe. El estudio España 2050 no es muy proclive a explorar diferentes escenarios de futuro: sólo contempla dos, el deseable y el que nos espera si nos quedamos de brazos cruzados, las distopías cada vez más verosímiles que vemos en las series de las plataformas audiovisuales.

La migración climática interna es ya un hecho que afectará a muchos sectores. En la imagen, las líneas de los niveles del agua en las reservas de Algeciras, en 2017 al 22% de su capacidad.

El estudio no convence sobre la posibilidad de alcanzar los 50 objetivos”, explica Fernández Peñuelas, que habla de backcasting, una de las técnicas claves en futurología para avanzar de la visión a la estrategia: una secuencia de ideas ordenada de atrás hacia adelante. “Por ejemplo: primero tengo que hacer esto para después poder hacer lo otro. Y eso no figura en el estudio. Sin ese orden no se puede hablar ni siquiera de una semilla de estrategia, tan sólo de una declaración de buenas intenciones”. A la futurista le parecen interesantes muchas de las 200 propuestas (en particular algunas como la de la economía azul, basada en el uso sostenible de recursos costeros y marinos, la herencia pública universal o las referentes a la España sostenible), “pero eso no puede considerarse una estrategia”. Para Peñuelas falta, además, atención a problemas como el autonómico, el turismo sanitario o la desafección a la clase política.

El año 2050 puede resultar lejano al ciudadano de a pie, y así se lo ha parecido a algunos políticos de la oposición, que han demandado más atención al ahora y no tanto futurismo. Pero la fecha no resulta extraña a los especialistas en futuros. Que el informe se ponga como fecha de llegada 2050 no quiere decir que sea una hoja de ruta para seguir al pie de la letra durante tres décadas, sino una imagen futurista para empezar a actuar ahora mismo y que, inevitablemente, tendrá que estar sometida a constante revisión según se vayan desarrollando los acontecimientos. Por supuesto, este tipo de informes no contemplan, por definición, la aparición de un “cisne negro”, según Nassim Taleb, un suceso altamente inesperado que cambie de forma radical el curso del mundo. Ojo, la pandemia no ha sido uno de estos cisnes: los científicos y la OMS llevaban tiempo alertando de su venida. A veces, mirar hacia el futuro no sirve de mucho si hacemos oídos sordos a los vigías.