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VHS: La revolución fue rebobinada

Hace 50 años, las siglas de Video Home System quedaron grabadas en la historia. De vencer en la guerra de los formatos a impulsar la era del videoclub, el ‘uveachese’ protagonizó una revolución tecnológica que, como la faja magnética de sus cintas, está abocada a borrarse definitivamente.

Dentro de su carcasa de plástico, enrollada sobre dos carretes y protegida por una tapa, una cinta de VHS de dos horas de duración contenía 240 metros de película. (Foto: ALAMY Y GETTY IMAGES)

Del primer ‘play’ al definitivo ‘eject, la historia del VHS puede contarse con las funciones de aquellos magnetoscopios, electrodomésticos que durante tres décadas –y aún hoy en algunas casas– encontraron un lugar propio bajo los televisores de millones de hogares. Para recuperar una imagen congelada y nítida de la irrupción del formato que cambió para siempre la forma de consumir el audiovisual hay que pulsar el botón de rebobinado.

El 9 de septiembre de 1976 la compañía nipona JVC anunció el lanzamiento del HR- 3300, un reproductor de vídeo que apostaba por un nuevo formato, el VHS (Video Home System). Sony, que el año antes había rechazado adoptarlo y dominaba este incipiente mercado con su propio sistema, el Betamax, lo interpretó en términos bélicos: quedaba declarada la ‘Guerra de los Formatos’. Más allá de la contienda tecnológica, los consumidores tuvieron que elegir bando: ¿beta o uveachese?

Llegar más tarde, en este caso fue una ventaja para JVC. Tras analizar la plataforma rival, trasladó a los ingenieros Shizuo Takano y Yuma Shiraishi, encargados de desarrollar el VHS, claves muy concretas: más compatible, más largo y más barato. El formato debía ser fácil de producir para permitir licenciarlo a otros fabricantes de todo el mundo, algo que Sony, celosa de su patente, no contemplaba. También debía ofrecer una mayor duración (las cintas de Beta eran de una hora por entonces; las VHS pronto fueron de tres horas), con vistas a ser el soporte ideal para películas. Y por último, sus costes tenían que reducirse para convertirse en un bien de consumo de masas, algo que cualquiera pudiera adquirir en cualquier superficie comercial.

¿Qué hubo que sacrificar a cambio? Básicamente, la calidad. Los expertos coincidían en que el mejor formato, en cuanto a resolución de imagen y perdurabilidad de las grabaciones, era el Betamax. Sin embargo, los impulsores del VHS intuyeron que el usuario medio escogería cantidad.

Para 1980, el VHS ya acaparaba el 60% del mercado en EE UU, un fenómeno que se repetía también en Reino Unido o España, donde se había añadido a la contienda otro formato: Video2000. Al año siguiente, los reproductores de Betamax bajaron en ventas al 25%, una cifra que fue cayendo en picado hasta que en 1988 la revista Videofax oficializó su derrota: Sony había comenzado a fabricar reproductores VHS, síntoma inequívoco de que daba la guerra por perdida.

A los que crecieron en los 80 no se les escapará el papel decisivo que jugaron los videoclubes en esta pugna comercial. No había barrio en el que no hubiera unos cuantos locales dedicados al alquiler de películas. Por una módica cantidad –menos de lo que costaba entonces una entrada de cine– y con la advertencia de devolverla rebobinada para no recibir una penalización, ofrecían la posibilidad de disfrutar en casa de estrenos recientes y títulos estrenados directamente en vídeo. También de algunos clásicos que los estudios de Hollywood recuperaron de su fondo de catálogo. Aunque inicialmente los ofrecieron en los diferentes formatos, muy pronto se decantaron por el coste inferior y mayor disponibilidad del VHS.

La nipona Funai fabricó el último reproductor de vídeo VHS en julio de 2016. La caída de ventas y la imposibilidad de encontrar componentes fueron determinantes para tomar esa decisión.. (Foto: ALAMY Y GETTY IMAGES)

En esta batalla, también fue determinante el entusiasmo con el que la industria del cine para adultos recibió esta ventana de oportunidad. Reservado hasta entonces a las salas X, el porno estaba al alcance de la mano en los videoclubes, habitualmente tras una cortina o en un apartado discreto de un comercio pensado para todos los públicos.

En la década siguiente se calcula que se vendían al año 750 millones de cintas de VHS en todo el mundo. En España cerca del 70% de los hogares contaban con al menos un reproductor de vídeo; algunos incluso ya habían descubierto el pirateo conectando dos magnetoscopios. En 1992, la cadena de videoclubes Blockbsuter, con más de 9.000 establecimientos en todo el mundo, inauguró en nuestro país el primero de su centenar de franquicias. Títulos como Titanic podían despachar 600.000 copias el día de su lanzamiento del total de 1,9 millones de unidades que liquidó, a razón de 2.995 pesetas (18 euros) cada una.

Sin rivales, el mercado del VHS no tenía límites. Hasta que se cruzaron en su camino otras siglas: DVD. Lanzado en Japón en 1996, llegó a España dos años más tarde y pronto quedó claro que era para quedarse. Ofrecía mejor calidad de imagen y mayor capacidad, y también traía características hasta entonces inimaginables (audio y subtítulos en varios idiomas, contenidos extra, escenas borradas, etc.). Por si fuera poco, este nuevo formato digital era mucho más barato de producir, fácil de almacenar y (¡oh, sorpresa!), no se deterioraba con el paso del tiempo ni los visionados.

La última película en VHS se editó en 2006, Una historia de violencia, de David Cronenberg. Las compañías tecnológicas tardaron algo más en abandonar la producción de reproductores, había quienes se negaban a perder sus videotecas. Con una vida estimada de entre 15 y 30 años, la mayoría de aquellas cintas se han ido borrando a medida que cogían polvo en estanterías abandonadas.

Hoy su destino más probable es descansar para siempre en un Punto Limpio.