¿De qué hablamos cuando hablamos de sostenibilidad? Grandes y pequeñas compañías han manifestado su compromiso con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), pero ¿es posible llevarlos a la realidad, lograr un impacto tangible en las comunidades donde desarrollan su negocio? A priori, no parece fácil concretarlo, pero existen metodologías como CSV, que facilitan la integración de la sostenibilidad en cada proyecto a través de la creación de valor compartido.

Las siglas CSV nacen de la expresión en inglés “Creating Shared Value”, que dio título a un artículo publicado a principios de 2011 por Michael E. Porter y Mark R. Kramer en la revista Harvard Business Review. El concepto cristalizó inicialmente en empresas pioneras, como Google, Facebook o Nestlé, y supuso un giro en la gestión de los impactos de los proyectos en el entorno.

Esta nueva visión se ha ido consolidando poco a poco en distintos sectores. En España tenemos algunos ejemplos de cómo se trabaja bajo la óptica de la creación de valor compartido. Es lo que ha hecho en los últimos años Endesa, que ha incorporado a las comunidades locales donde desarrolla sus proyectos energéticos y donde opera sus activos.

Con esta visión, se pasa de un enfoque clásico de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), más centrado en la “compensación” de los impactos de un proyecto, a una metodología dialogante, colaboradora e integradora, donde las comunidades donde se desarrollan los proyectos tienen un rol protagónico en la decisión de hacia dónde se crea valor. Su voz tiene peso desde el principio porque el proceso es participativo.

La clave es maximizar el valor y minimizar los impactos negativos que los proyectos y activos puedan generar sobre las comunidades locales de su entorno. ¿Cómo lograrlo? Poniendo en marcha un plan CSV asociado a cada proyecto, a cada activo. 

Metodología CSV adaptada a cada país

Para lograrlo, Inmaculada Fiteni, directora de CSV y Proyectos de Sostenibilidad de Endesa, explica que cuentan con una metodología muy estructurada que se adecúa a la idiosincrasia de cada país. En cada plan de creación de valor compartido hay cuatro fases: análisis, diálogo con los grupos de interés, diseño del plan, y ejecución y seguimiento.

En el análisis se conoce el entorno socioeconómico y cultural del lugar y se establecen indicadores con los temas relevantes para la comunidad. Lo suele elaborar una empresa con conocimiento del entorno. Pero después viene el contacto directo en terreno, con reuniones y encuentros para enriquecer el análisis, conociendo los temas de mayor sensibilidad. Y se busca el consenso sobre los ejes del plan CSV.

Parque fotovoltaico en Valdecaballeros, Extremadura. (Cedida)

Por último, en la ejecución, se apuesta por la ingeniería sostenible, con la construcción del proyecto con el menor impacto en el entorno: paneles solares en las casetas de obra, tanques de recogida de aguas, alumbrado eficiente, uso del coche eléctrico. Casi todas las instalaciones se donan posteriormente a la comunidad.

A la par, se fomenta la economía local, con acciones de formación, fomento de la contratación local e impulso de iniciativas de sector primario o terciario ligadas a los proyectos que puedan generar mayor empleo en la zona. También en los planes CSV se incorporan medidas de eficiencia energética en los municipios donde se encuentran ubicados los proyectos, que permitan convertirlos en modelos de referencia en transición energética como sistemas de monitoreo de energía, iluminación LED, paneles solares, vehículos eléctricos… La última fase, de seguimiento y actualización, supone el compromiso de dar continuidad y renovar los planes de CSV, ya que algunos activos están operando durante 25 años.

El proceso de dar voz a las comunidades

Trabajar de manera integradora, con la participación de comunidades muy distintas, genera proyectos con características propias. “El perfil de los agentes locales es muy distinto de un lugar a otro. Ellos son nuestro input para saber cómo perciben el proyecto, cómo plantearlo y cómo desarrollar las actuaciones”, asegura Fiteni.

Uno de ellos, un parque eólico situado en Paradela, en la provincia de Lugo, ha tenido un impacto concreto con la mejora de una ruta de senderismo de 16 kilómetros en paralelo al río Miño, cercana al Camino de Santiago. Con una inversión de 150.000 euros, se espera atraer el turismo a la zona, bastante despoblada y dispersa. Precisamente para mitigar el aislamiento en los meses más duros del invierno, la Asociación de Mujeres también dispone de una estufa de biomasa para que el frío gallego no les impida celebrar sus reuniones.

Compartir en lugar de competir por el uso del suelo ha sido la premisa en el caso de Carmona. Allí se instaló una planta fotovoltaica de Endesa, pero la superficie se ha compatibilizado con el desarrollo de actividades del sector primario. Por una parte, el uso agrícola del terreno con la plantación de hierbas aromáticas; además, el ganado ovino puede pastar sin problema debajo de los paneles solares, dándose el caso de ovejas que han parido a sus borregos en esa zona. A uno de ellos lo bautizaron con el nombre de “Sol”, en honor al lugar de su nacimiento.

Entrega de un bote de miel solar en el convento de Carmona. (Cedida)

Por otra parte, el desarrollo de la apicultura, con más de medio centenar de colmenas que facilitan la polinización y mejoran la productividad de los cultivos. En el “Apiario Solar de Endesa” no sólo se produce miel, también se imparten cursos de formación, se crean experiencias de api-turismo y se innova con la sensorización de las colmenas e impresión en 3D de las mismas. Un motor para la economía local.

El uso compartido del suelto también se ha concretado en Valdecaballeros, en la provincia de Badajoz. Allí, Enel Green Power España puso en funcionamiento seis plantas fotovoltaicas a finales de 2019. Este proyecto de energías renovables vino acompañado de su propio Plan CSV, que contempló iniciativas variadas como el impulso a la contratación de personas de las PYMES locales, cursos formativos en energías renovables, auditorías energéticas en edificios municipales o un concurso para renovar y pintar la fachada de la residencia para mayores de la Asociación para la Formación y Empleo de Mujeres en el Ámbito Rural (FEMAR). 

Isabel Villa, directora de la asociación sin ánimo de lucro FEMAR, explica que “nos llamaron para decirnos que querían conocer nuestro proyecto y les planteamos un montón de posibilidades. La fachada no estaba en buen estado así que les planteamos la creación de un concurso de artistas extremeños. De los 13 proyectos, los finalistas se eligieron por votación popular y un jurado seleccionó los tres que finalmente se ven en la fachada”.

Después vino la pandemia, todo se paralizó, pero en los meses más duros también recibieron apoyo con 1.500 mascarillas, gel hidroalcohólico y equipos de protección. “La pintura nos ha traído muchas visitas. Nos ha dado respiro y alegría en esos momentos a familiares y trabajadores. También tenemos un poco más de turismo, está bien que haya más cosas que observar”, reflexiona Villa. 

Las plantas más recientes son TICO Wind, que empezó a construirse a fines de marzo, y TICO Solar, que empezará en junio, en Villar de los Navarros, en Zaragoza. Pilar Lara, project manager de Endesa, explica que en este momento están instalando paneles fotovoltaicos, sistemas de iluminación eficiente en la propia obra y tanques para la recogida de agua de lluvia y desfibriladores. También se trabaja en habilitar un punto de recarga para vehículos eléctricos, cuyo uso reducirá la huella de carbono durante la construcción. Todo ello se donará a la comunidad al finalizar. 

Una de las fachadas de la residencia FEMAR tras la intervención con las obras ganadoras. (Cedida)

En estas primeras etapas de CSV se está convocando a personas para recibir formación de instalación y mantenimiento de paneles solares y parques eólicos, se fijan objetivos de contratación de personal local y se han celebrado webinars con empresas de la zona para que puedan hacerse cargo de subcontratas y conozcan la documentación y requisitos que deben cumplir para trabajar con una empresa grande, con políticas y procedimientos más elaborados. 

“En la zona de Aragón ya nos conocen porque hemos hecho otros proyectos. Saben que si vamos a hacer una obra, vamos a maximizar el valor que se deja en la zona. Nosotros proponemos una serie de iniciativas estándar, pero cada comunidad tiene sus necesidades y nos adaptamos. Mantener las reuniones durante la construcción nos permite conocer sus necesidades reales”, explica Lara.

¿El principal aprendizaje de estas experiencias en terreno? Que el CSV no es un producto, sino un proceso. “Si te saltas el contacto con la comunidad y te vas a entregarles unos productos, pierdes una riqueza enorme. A nivel de grupo vemos que esta es la única manera de desarrollar los proyectos a largo plazo: si haces tuyos sus proyectos, ellos también sienten como propios nuestros activos en sus territorios, Que la comunidad haga suyos estos proyectos de energías renovables a largo plazo es una vía directa para gestionar la sostenibilidad”, concluye Fiteni.

Visión CSV en toda la organización

Otra clave es que el negocio debe estar concienciado con la metodología CSV; de lo contrario, no funcionará. Integrar esta visión “win-win”, en la que todos los agentes involucrados ganan, exige un compromiso interno al más alto nivel. Solo de esta manera se puede impulsar el cambio cultural.

Lo novedoso de este enfoque genera una suerte de catarsis a nivel de compromiso interno porque es una forma diferente de hacer las cosas. Fiteni destaca que exige dedicación a todos los niveles y una política de grupo, incorporando desde el nivel más alto al más bajo. “Todo comenzó en 2016, cuando Sostenibilidad pasó a ser una Dirección General, dependiendo del Consejero Delegado, lo que supuso un cambio organizativo y estructural que puso la sostenibilidad al más alto nivel”.

Gracias a la puesta en marcha de los planes CSV, el valor es compartido por empresas, comunidades y territorios donde se despliegan sus proyectos y operaciones. Es una herramienta eficaz que, bien integrada en la estructura y en los procesos del negocio, da una respuesta adaptada y consensuada al desafío de materializar la sostenibilidad en la realidad, en el día a día de las personas. ¿Es posible? Si se sigue un proceso participativo y se da voz a las comunidades, sí.