Paula Bonet (Vila-Real, Castellón, 1980) es autora de tres libros ilustrados de éxito, de los dibujos de muchos más y de exposiciones que han removido el corazón y el estómago de la generación millennial con su belleza, las difíciles relaciones emocionales que perfilan y un papel protagonista para las mujeres.

Sabe cómo escuchar, transmitir su trabajo como un estilo de vida envidiable y dinamizar a su público en las redes sociales: cuenta con más de 200.000 seguidores en Instagram, vende originales y estampados en su tienda online y hay fundaciones culturales y marcas, como Cinzano, que patrocinan algunos de sus eventos. Busca y rastrea alianzas con otros artistas gracias a internet, siente que sus obras son el producto de un esfuerzo colectivo (el último libro se lo dedica a tres personas y se lo ‘agradece’ a 41) y goza con su promoción aunque desconfíe de los periodistas.

En otros muchos aspectos –el hambre de soledad, el escepticismo ante el éxito, la obsesión con la perfección técnica o la pulsión de la creación– sigue siendo una artista clásica. Igual que a Dalí, a Bonet podrían preguntarle qué hay de nuevo cada vez que visita el Prado… y ella, seguramente, respondería: ¡Velázquez!

¿Cómo estalló el ‘fenómeno Paula Bonet’ y qué aprendiste con él?

Todo empezó con unas ilustraciones que dibujé, al principio, por pura diversión. Luego crecieron, se refinaron y se transformaron en el libro ilustrado Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End (Lunwerg, 2014). Ese libro, que fue un exitazo y va por la sexta edición, me cambió la vida y me enseñó muchas cosas. La primera es que si el público recibe imágenes bonitas o preciosistas, aunque el argumento sea duro, crudo y crítico, se queda sólo con lo bonito. Además, aunque te lo pidan la editorial, la gente o tu bolsillo, debes mantenerte firme y no convertir los siguientes volúmenes en clones del primero. Dejar de aprender, crecer o superarse es un error: hay que renunciar a los logros el pasado. Está claro que ser artista es una carrera de fondo donde las obras que se hacen por diversión y las más elaboradas han de convivir y alimentarse mutuamente. Por último, la lección más importante fue descubrir la discriminación de la mujer y que yo, con el fenómeno que supuso el libro, tenía un altavoz muy bestia para denunciarla.

Háblame de esa discriminación.

Mira, Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End no se entendió como yo quería. Influyó, para empezar, que sus alusiones a la violencia y las relaciones tóxicas entre hombres y mujeres fuesen metafóricas y veladas. Siento que actué un poco como lo que se espera de nosotras en esta sociedad: que estemos calladitas, que no gritemos demasiado y que hagamos cosas bonitas. Además, se ha demostrado con estudios, como los de Siri Hustvedt, que el público y la crítica no reaccionan igual ante una obra firmada por un hombre y por una mujer. Gracias al éxito del libro, me invitaron a festivales y a mesas redondas –vi con sorpresa que estaban copadas por hombres– y, cuando me entrevistaron, me sorprendí todavía más: algunos periodistas mayores me hablaron con paternalismo y otros llegaron a preguntarme abiertamente, en un auditorio con 400 personas, por mis piernas. Jamás hubieran hecho eso con un hombre. Sentí que molestaba… ¿Y sabes lo que pensé? Si tanto molesto, les voy a molestar más.

Tú crees que la belleza y lo bonito son cosas distintas…

Se nos educa en el miedo, en no pensar y en la mirada de una belleza muy concreta que sólo puede ser agradable, bonita y reducible a un tópico. De hecho, la gente prefiere quedarse sólo con lo agradable. ¡Se nos bombardea con mensajes positivos y vacíos! Una sociedad que no es capaz de apreciar belleza y arte en las pequeñas cosas, en la fealdad, en la muerte y en el desgarro y que huye de ellos no es una sociedad sana. El otro día [se le quiebra la voz] me despedí de mi abuelo, que estaba muy enfermo y moriría poco después, acompañándolo y dibujándolo durante toda una mañana… ¡Eso también es arte!

Tu último libro es un poco el resultado de tu éxito, de esa visión de la belleza y de la denuncia de la discriminación.

Buena parte de La Sed (Lunwerg, 2016) la escribí en Chile, el lugar donde decidí refugiarme de algún modo en mi obra y en técnicas lentas y pausadas como el aguafuerte, el mismo sitio al que había huido cuando me estaba buscando como artista en la universidad. Aquella fue la primera decisión de mi vida, con 20 años, en la que no pedí opinión a nadie. Entonces, los grabados y la pintura me ayudaron a luchar con muchos fantasmas.

Ahora esperaba que me ayudasen a reconectar con la persona que fui, llena de hambre y curiosidad infantil por todo, centrada solamente en crecer a través de su obra y alejada de los clics y la velocidad de las redes sociales y el escaparate de los medios. La Sed es también el resultado de mi despertar a la idea de la desigualdad entre hombres y mujeres, porque contiene y homenajea de alguna forma a las seis grandes escritoras que, como Anne Sexton o Clarice Lispector, me han llevado a descubrir y entender mejor lo que ocurre. Mis personajes viven el miedo, el desgarro, el temblor, la felicidad, el juego…

Y la perseverancia…

La perseverancia me ha acompañado desde el principio. Cuando terminé mi licenciatura en Bellas Artes, fui la única de mis amigos que siguió dedicando mucho tiempo a pintar. Lo compatibilicé con otros trabajos poco creativos y repartí muchos flyers, con vergüenza al principio, para que alguien viniera a mis clases de pintura. Mi familia me ha apoyado aunque no me comprendiera. Mi madre, directora de un colegio de educación especial, ha sido siempre muy exigente y mi padre, ebanista, llegó a tapizar de negro las paredes de una sala entera donde yo exponía para realzar mis pinturas. Mi abuelo, que tenía una carpintería donde yo jugaba y me inventaba juguetes con maderas e hilos, me dio un ejemplo de vida: él siempre estaba trabajando, era un artesano que amó su oficio hasta el final.

Los artistas jóvenes con más proyección tienen una relación difícil con las redes sociales.

Las utilizan y temen ser utilizados… por ellas. Creo que es bueno emplear las redes sociales para difundir nuestro trabajo, darnos a conocer y conectar con el público y con otros artistas. La tentación de agradar, complacer al público y repetir lo que funciona para los artistas jóvenes existe, es peligrosa y es mayor con las redes sociales.

Aspiro a ser una artista visual que nunca deje de sorprenderse con su medio y a expresarme con honestidad a través de mi obra sin querer agradar ni desagradar a nadie. Creo que otros muchos a los que admiro hacen lo mismo.