Después de que Merkel saludase a sus invitadas y escuchase los informes sobre la participación de la mujer en la política, en torno a la salud y al fortalecimiento económico, ella abre la ronda de comunicaciones. Gates, vestida con traje azul y gafas de lectura, habla primero, marcando en cuatro minutos una dirección muy precisa. “Cuando las mujeres llegamos a ocupar una posición de liderazgo, hacemos que las cosas funcionen”, comenta Gates. “Ello nos obliga a levantar nuestra voz, y usar nuestra posición para realizar inversiones, grandes inversiones, en las mujeres y las niñas”.

Solo Gates, ante esta sala de líderes mundiales, puede conseguir que eso suceda. Los primeros ministros tienen los parlamentos, los CEO tienen sus consejos de administración, Melinda Gates tiene una dotación de 41.300 millones de dólares que puede utilizar –tanto ella como su esposo Bill, la persona más rica del mundo– cómo consideren más adecuado y necesario.

Esto representa una verdadera transformación personal. Durante la primera década y media de su existencia, la Fundación Bill y Melinda Gates, desplegó su importante potencial hacia la erradicación de la poliomielitis y la malaria, así como a la experimentación en temas de educación. Pero en los últimos años Melinda Gates tiene grabado su nombre en el membrete de la fundación de caridad más grande que haya existido, amén de la influencia que esto lleva asociado. Melinda se ha convertido en la persona más poderosa del planeta, con una focalización especial sobre mujeres y niñas.

“Seguí buscando al abogado que defendiera aquellos intereses”, comenta ella en el almuerzo celebrado en el icónico Hotel Adlon Kempinski, durante un descanso del foro de Merkel. Gates, de 51 años. Tiene el aire de una tecnócrata con los pies en la tierra, viajando sin ningún tipo de séquito y sí con gran cantidad de datos y mucha determinación. “Sabía que tenía que ser una mujer.

Comentábamos en círculos de la fundación, ‘¿encontraríamos alguna vez esa persona?’ Consideré otras mujeres líderes. Pero no conseguía dar con aquella que encarnara la voz de las mujeres en todo el mundo. Y entonces pensé: ‘Si yo fuese esa persona, entonces solo necesitaría hacerlo. Debo tener valor y no preocuparme más”.

Seis de cada diez son mujeres entre los más pobres del mundo, y dos terceras partes son analfabetas. Además, la “excesiva mortalidad femenina” en el mundo en desarrollo (siguiendo la jerga del Fondo Monetario Internacional), supone que aproximadamente 3,9 millones de mujeres y niñas están anualmente muriendo: Alrededor de dos quintas partes no llegan a nacer, una sexta parte muere durante la primera infancia y más de un tercio desaparece durante su etapa reproductiva.

“¿Cuál es en estos días el problema más acuciante?”, se pregunta Gates. “Realmente, la pobreza en el mundo está terminando. Y nosotros sabemos lo que se tiene que hacer para poner el punto de atención en las mujeres y niñas”. La pobreza es sexista, y Gates está apostando miles de millones a que aquella se puede frenar dentro de un género históricamente ignorado.

Melinda French Gates nació y se crió en Dallas, hija de un ingeniero aeroespacial y una madre ama de casa que incluso ayudaba a dirigir el negocio de alquiler de propiedades que tenía la familia. “Eso era, precisa y literalmente, lo que les permitiría ir a la universidad; y todos lo sabían”, comenta Melinda haciendo referencia a su hermana y sus dos hermanos menores.

Los fines de semana los niños limpiaban y restauraban las propiedades en alquiler y procesaban los libros de cuentas en el Apple III de la familia. La mejor graduada entre todas sus compañeras en la Escuela Católica y capitana de su equipo en la escuela secundaria, Gates obtuvo en cinco años una licenciatura en Ciencias Informáticas y Economía y un MBA por Duke, consciente de que apurar un año implicaría entrar antes en el mercado laboral. “Ella siempre supo lo que quería”, dice su hermana, Susan French. “Ella siempre tuvo mucha confianza en sus posibilidades. Una vez que ponía sus ojos en un proyecto, en su próxima meta, ese se convertía en su principal objetivo”.

Ese siguiente proyecto, en 1987, fue Microsoft, como gerente de producto, donde su famoso fundador la invitó a salir. Fue en el aparcamiento de la empresa. “Trabajé con muchos chicos inteligentes en la universidad, pues había muy pocas mujeres”, dice, describiendo la atracción que inicialmente sintió. “Cuando miro hacia atrás, pienso que Bill era más o menos el mismo tipo de chico con el que me había estado moviendo en la universidad. Yo tenía mucho respeto por ellos, y ellos por mí. Definitivamente me sentí muy atraída por su brillante mente, pero más allá de eso, su constante curiosidad. Y además tiene un gran sentido del humor. Me encanta su lado más irónico.”

Fueron pareja durante siete años antes de casarse en Hawái el año 1994. En 1996 Gates, entonces directora general de Microsoft, quedó embarazada de Jennifer, su primera hija, y optó por quedarse en casa. “Esa fue una exclusiva decisión suya”, comenta Bill Gates. “Yo estaba un poco sorprendido por su decisión, pero era algo que realmente tenía un especial sentido para ella. Luego vinieron el segundo y el tercer niño.”

Avance rápido de las dos siguientes décadas: Jennifer tiene ahora 19 años y es una estudiante de segundo año en Stanford; Rory, de 16, y Phoebe, de 13, van creciendo apoyándose en mamá cada vez menos. Al igual que muchas madres que contemplan como se va quedando el nido vacío, Gates pasó por un período de intensa introspección. ¿Y ahora que? Así, empezó a dedicar cada vez más tiempo a su trabajo dentro de la Fundación Gates, centrada principalmente en la salud y el desarrollo mundial, en la erradicación de la poliomielitis, la malaria y el VIH y en promover las instalaciones sanitarias y el uso de vacunas.

Poco a poco, Gates comenzó a concentrarse no tanto en los en los esfuerzos verticales de la fundación como en la manera más horizontal de abordar cada cuestión. Centrándose sobre todo en financiar iniciativas en aquellas áreas don donde las mujeres y las niñas del mundo son más vulnerables. Sí, había claramente un componente de empatía, pero Gates, buscaba también la visión más práctica del retorno de la inversión. Muhammad Yunus ganó el Premio Nobel de la Paz por la promoción y puesta en marcha de microcréditos dirigidos a las mujeres del mundo en desarrollo, partiendo de que son ellas efectivamente las que en la mayoría de los casos administran el dinero y lo canalizan hacia la familia. Bill Gates ha salvado decenas de miles de vidas a través de los esfuerzos realizados por la inmunización; Melinda comenzó a alentar subvenciones que tuvieran en cuenta que las mujeres son más propensas que los hombres a llevar a sus hijos a vacunarse.

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“Durante los comienzos de la fundación pensaba que los asuntos de mujeres podrían verse como menos complejos, y precisamente eso es lo que no quería”, comenta Gates. “De hecho, eso es justo lo contrario: los problemas de las mujeres son cuestiones verdaderamente complicadas. Solo habría que hablar de la violencia de género o el del matrimonio infantil para darse cuenta de que son temas muy duros”.

La imagen más pública de Melinda Gates también ha llegado a Berlín. Durante años, intentó conservar su privacidad. (“Bill ya era una figura suficientemente pública, así que yo sabía como se veía a mi otra mitad”) Pero con el tiempo comprendí que la defensa de una causa concreta implica hacerte ver y poner la cara por ella. “Yo animo a mis hijas a tener su propia voz en este mundo, y se me hizo evidente que para ello necesitaban un modelo a seguir”. Así que hace tres años llegó a Alemania para dar una charla TEDx centrada en la planificación familiar y en el control universal de nacimientos. Su compromiso original de 70 millones de dólares anuales por la causa, se duplicó tres meses más tarde. Y además acaba de anunciar un montante adicional de 120 millones de dólares.

Bienvenido al centro de atención y de la polémica, Melinda… El periódico oficial de El Vaticano, bajo el pontificado de Benedicto XVI, publicaba un titular de portada (Control de la natalidad y desinformación: los riesgos de la filantropía), que la acusaba directamente de difundir mentiras. Un complejo reproche para un católico que dice que reza o medita a diario (“como sea que quiera llamarse”). “Es un lugar realmente incómodo para ir”, dice Gates, “para ir y hablar de sexo, reproducción, herramientas de control de natalidad. Pero es que precisamente éstas son las cosas de las que hablamos dentro de la fundación”.

De ahí Gates aprendió dos valiosas lecciones. En primer lugar, que cuando ella habla, la fuerza de su convicción y de sus recursos, hacen que el mundo escuche. “Al poner en evidencia los problemas de planificación familiar, y ver que se podrían mover recursos en un escenario más global, fue cuando me convencí que había problemas de otras mujeres que yo debería asumir. Y eso implicaría algún que otro revés”.

“Algunas voces comentan cuán equivocada está la señora Gates, y que ella debe haber sido engañada por personas que han querido hacer dinero a costa de venderle herramientas de salud reproductiva”, comenta Bill Gates. En respuesta, él le dio a ella el diario como si se tratase de un regalo; noticia que ella enmarcó y cuelga de la pared de su oficina en la sede que la fundación tiene en Seattle. “Ella decidió que iba a hablar y hacer frente a la controversia. Era un área muy compleja, pero eso era algo que también sabía”.

Los que conocen la fundación rechazan la idea de que Melinda opera como número dos de Bill (número uno). “Cualquiera que se interese puede ver que ella está verdaderamente jugando un papel de liderazgo”, comenta Aaron Dorfman de la Comisión Nacional para la Filantropía Responsable, un organismo para el adecuado control del sector. “Cuando comenzamos a trabajar no lo hacíamos al mismo nivel”, dice Melinda Gates. “Yo estaba en Microsoft varios niveles por debajo, y él era el director general. Hemos tenido que evolucionar bastante para llegar a estar realmente como iguales. Y eso es algo que no sucede de la noche a la mañana, tuvimos que hablar mucho del tema (al margen del trabajo) hasta llegar a estar comprometidos con la causa”.

“Literalmente, nos entregamos a reuniones y temas que tratamos conjuntamente, pero también estamos cómodos cuándo tenemos que tomar una decisión sin la otra persona (aún más cuando la tomamos juntos). Y en realidad, no siempre es cuestión de dinero, sino algo más: “Para cada proyecto que he emprendido siempre he tenido una pareja”, comenta Bill Gates. “En los orígenes de Microsoft, Paul Allen fue quien me ayudó a desarrollar las ideas y poner en marcha los primeros proyectos. Luego llegó Steve Ballmer, a quien conocí en la universidad y me ayudó a dirigir la compañía, algo que hizo con gran éxito. Ahora esa otra parte es Melinda dirigiendo la fundación”.

Ella lleva el mismo título que su marido: cofundadora y copresidenta. El padre de Bill es otro copresidente y Warren Bufett, que está canalizando su fortuna a la fundación, y actúa también como consejero. “Ella y Bill son los que toman la decisión final”, añade Susan Desmond-Hellmann, CEO de la fundación desde el año pasado. “El proceso de aprobación y gestión que se inicia con los presupuestos y estrategias anuales implica a los dos como partes igualitarias a la hora de decidir”.

Las iniciativas de la familia Gates en planificación familiar fueron rápidamente ampliadas a temas más específicos como la salud de la madre, antes, durante y después del embarazo. Y una vez lanzados, también apoyaron la salud infantil como una extensión natural. A continuación, vino el compromiso de ampliar las oportunidades educativas para las niñas. ¿Y qué es lo que se supone deben hacer esas chicas jóvenes cuando salen de la escuela? Gates entiende que la mayoría de ellas no van a conseguir trabajar en los países en desarrollo. Así que ella apoya y da luz verde a numerosos programas para fomentar la creación de microempresas tales como la agricultura a pequeña escala y la banca móvil.

El resultado es un conjunto de iniciativas para apoyar y ayudar a mujeres y niñas de todo el mundo. La fundación no escatima a la hora de gastar en este ámbito, de hecho su red de inversión alcanzó los 3.900 millones de dólares el pasado año. Entre otros muchos programas la fundación apoya a M-KOPA, una organización con sede en Kenia que fabrica lámparas de energía solar. Sobre el papel es un programa de género neutro pero en el fondo ayuda a las familias a reducir costes, aminorar los peligros ligados a las lámparas tradicionales de queroseno y sobre todo, ayuda a las niñas que a menudo hacen los deberes durante la noche después de un largo día de duro trabajo.

La Fundación Gates también está muy interesado en la financiación de proyectos piloto: si tienen éxito son recompensados ​​con más dinero; mientras que cualquier fracaso se ve como una oportunidad de aprendizaje. Megan White Mukuria es un claro ejemplo: fundó el grupo ZanaAfrica con sede en Kenia, una iniciativa centrada en las compresas femeninas. Son muchas las chicas en diversos países cuyos bajos ingresos no les permiten comprarlas, y eso las obliga, cuando tienen el periodo, a quedarse en casa sin asistir a las escuela, e incluso en algunas ocasiones tienen que abandonar los estudios. Los números son significativos en África: hasta una de cada diez.

ZanaAfrica se adapta perfectamente al enfoque de financiación que la fundación Gates tiene. Después de una primera subvención de prueba de 100.000 dólares en el año 2011 para elaborar compresas con materiales locales como el bambú o el yute, Mukuria vio rechazada su propuesta para una segunda fase. Tocaba validar las posibles estrategias de distribución y el acercamiento a la necesaria educación sanitaria. Ese “no” inicial se convirtió en un “tal vez sí” dos meses después y se conformó en un inversión definitiva de un millón de dólares tres meses después. El mes pasado ZanaAfrica recibió una donación de 2,6 millones de dólares.

“Ellos (la Fundación Gates) no se plantearon inicialmente financiar la ampliación del negocio porque las compresas se encontraban fuera de sus directrices en materia de sanidad”, comenta Mukuria . “Pero superado ese escollo, literalmente, se plantearon ‘Tenemos que hacerlo’; en el fondo, la realidad era que si ellos no lo hacían, nadie lo podría hacer”. Solo era cuestión de esperar al próximo año para acogerse a las subvenciones del programa Putting Women and Girls at the Center of Development Challenge.

Alrededor de 20 afortunados se repartirán un montante de más de 20 millones de dólares en subvenciones destinadas a apoyar proyectos específicos ligados a la mujer. Una pequeña cantidad de dinero para Gates, pero una gran señal para aquellos grupos que ven en las mujeres y las niñas su más importante y principal meta; también el primer paso hacia aquello que Gates realmente busca, convertir a la fundación en un centro de información e inversión para aquellos que deseen ayudar en esta área.

“Todo el mundo trata de leer en las hojas del té aquello que les permita ver lo que está a su favor (o en contra)”, dice Dorfman , el perro guardián de la filantropía , “y muchos grupos ajustan en consecuencia sus planes de trabajo”. Eso encaja con la consistencia crítica sobre la que se sustenta la Fundación Gates, que además de tener mucho poder, debe tomar decisiones que conllevan siempre una gran repercusión.

“Mi experiencia ha sido que a ella [Melinda] le gusta tener otras percepciones, otros puntos de vista”, dice Desmond-Hellmann. “Tenemos gente en la fundación que tras una larga carrera se ha especializado en determinadas áreas técnicas; así, alguien puede hacer de la lucha contra la tuberculosis su objetivo de vida”. Comentado si alguien llega a decir que no a Melinda Gates, ella se ríe. “Es más probable que en lugar de no, la gente diga ‘Bueno, eso no es posible. Tenemos mucha responsabilidad ante los pueblos del mundo”, comenta Gates. “Espero que al final de nuestra vida alguien vuelva la vista atrás y afirme, ‘Melinda y Bill se dispusieron a cambiar el mundo en nombre de los pobres. ¿Hay ahora más niños vivos gracias al trabajo que ellos desempeñaron? ¿Hay menos gente afectada de malaria? ¿Hay más mujeres con acceso a los anticonceptivos?’ Eso es lo que en el fondo realmente cuenta”. De vuelta en Berlín, después de una cena de Estado en la sede de la Cancillería, Gates se dirige a su jet privado. Deja los pasillos del poder y un país con ciertas dificultades en su gobierno: ahí están los miles de sirios, amén de otros refugiados, que están esperando para pedir asilo.

Es imposible ignorar a todas aquellas mujeres que empujan carritos y cuya triste existencia se hunde entre bolsas de plástico. Sus vidas privadas se desarrollan en tiendas de campaña, incluida incluso la enfermería. Los hombres se acaban hacinando, ansiosos por ser llamados para inscribirse en algunas de las listas, fondos o servicios. Después de haber hecho todo el camino a Berlín, los refugiados no tienen más que hacer sino esperar. “Es inevitable no pensar cuando ves una imagen de un niño varado en la playa, o de una madre, pues la mayoría de esas caras son de mujeres”, comenta ella. “O incluso si consiguen atravesar la frontera, su destino son obligados campamentos donde la vida de los refugiados es especialmente horrible, sobre todo para las mujeres amenazadas tanto de violencia como violación. Viendo situaciones así mi corazón se rompe. ¡Hablo de una enorme angustia”.

La Fundación Gates está diseñada para moverse con gran rapidez. El matrimonio Gates ha dictado que todos los activos deben ponerse a trabajar para que la organización no se vea dañada durante los 20 años que sigan al fallecimiento del último cofundador. Así que Gates está invirtiendo cerca de 17,5 millones de dólares en torno a la actual crisis de los refugiados de Oriente Medio, inversiones que permitan aliviar el terrible sufrimiento. Medidas que, por otro lado, Melinda ve como un paso más en la mejora de la vida de las mujeres más pobres.