Al comienzo del pasillo que lleva al estudio de Misterpiro (Madrid, 1994) ya uno se imagina lo que se va a encontrar. Huele a una mezcla de spray y acrílicos, y dentro un ejército de grafiteros apenas levanta la vista de lienzos y esculturas. Piro nos recibe tras un mes en Cuba, con señal de haber pasado muchas noches en aeropuertos, pero con ganas de empezar un nuevo proyecto. “Golden Clouds” podría ser el nombre de su nueva exposición, que verá la luz en el mes de noviembre en Madrid. El artista urbano ha captado pequeños pedazos de cielo de sus viajes y parece que quiere llevarlos al lienzo para que descubramos con él su mundo. Imaginamos que veremos el cielo de Plasencia, la ciudad que vio a este joven artista fusionar grafiti y acuarela sin temor a los comentarios del arte callejero más ortodoxo.

Minutos después de la entrada en el estudio se para el ruido y la música para poder charlar con calma. No hay extractor, ni purificador de aire y la música no ahoga la particular banda sonora de nuestra entrevista. Ahora son apenas un par de botes de spray los que interpretan una particular sinfonía en la que el color predomina por encima de todo. La atmósfera es más densa. En segundo plano habla Misterpiro, con cierta timidez y casi sin parpadear. Se sienta en un sofá multicolor, tanto como sus zapatillas y su camiseta, que rezuman el arte callejero que ha asombrado a medio mundo. De las manos de Piro han salido muros de Nueva York, Londres, Honduras, India o Italia. En sus ojos está la mirada que sueña con llevar el color a todas partes. Eso sí, con el cielo de Madrid presente, al que echa de menos en cada viaje y al que regresa siempre.

¿Alguna vez le han llamado gamberro?

Sí. La última vez ocurrió cuando estaba pintando en la Gran Vía.

¿Las rejas de la tienda de Aristocracy?

Sí. Justo. Es el último curro que he hecho en la calle. Sobre todo, me lo dice la gente mayor, personas que no están acostumbrada a ver esto. Y a veces me pasa todo lo contrario. Por ejemplo, gente joven que igual está acostumbrada a pintar grafiti pasa por ahí y me dice que lo que hago no es grafiti.

¿Es muy purista el ‘street art’?

Claro. Hay gente que todavía sigue saliendo a pintar por la noche. Con respecto a lo de Aristocracy, también me hacía mucha gracia que pasara alguna gente y me preguntase si era legal o no lo que hacía. Otras personas pensaban que había cerrado la tienda (se ríe).

¿Qué le responde a los más puristas?

Nada. Lo que hago es mural, y es una cosa que está un poco en el limbo entre dos mundos, y no me decanto ni por uno ni por otro.

¿Quién fue la primera persona que lo calificó como artista? No vale que me responda con algún miembro de su familia o amigos.

Yo empecé como con 11 años pintando grafiti, pero eso igual no lo consideraba como arte; aunque desde pequeño he estado pintando siempre. He sido como el artista de la familia. Mi hermano el deportista y yo el artista. Así que siempre lo he asumido desde pequeño. No tenía ni idea de que todo esto me llevaría a currar del arte y vivir del arte. Simplemente pintaba, y un día dije: vamos a probar otra técnica diferente, el grafiti, y a ver qué tal. Además, por aquel entonces me gustaba todo el rollo del hip-hop.

¿Hay algún proyecto que marcara ese paso de practicar el grafiti tradicional a su particular forma de trabajar en la calle?

Pues sí. Justo antes de venir a Madrid a estudiar hice una exposición en el pueblo en el que vivía, Plasencia. Era una exposición de algunos de mis cuadros. Ese año pinté mi último grafiti, entendiéndose como grafiti de letras, y luego no he vuelto a hacer ningún grafiti en términos puristas. Después hice mural. No lo había pensado hasta ahora, pero fue como un punto de inflexión.

Ha dejado las letras para recrearse en “explosiones de color” y llevar la belleza de la acuarela a la calle. ¿Qué palabra escribiría en “el mural de su vida” para describir su evolución como artista?

Me la voy a pensar…

Le dejo tiempo. No se preocupe.

Cuando pintaba grafiti en realidad a mí lo que me gustaba era pintar acuarela, pero me cerraba mucho a las letras. Me daba como un poco de, no ansiedad, pero me sentía encerrado en el grafiti, porque no era lo que de verdad me gustaba. Aunque me gustaba pintar en la calle, y como todo el mundo pintaba letras, yo también hacía letras. La palabra podría ser “libertad”. Probar la técnica de la acuarela en un formato más grande fue una liberación.

© Lucho Dávila

Multidisciplinar. Esa es la palabra con la que se define como artista. No le gustan las etiquetas.

Sí. Bueno, hasta ahora soy un artista plástico porque me he centrado en temas manuales, en murales y cuadros, no he salido mucho de ahí. Aunque he hecho un poco de escultura, he probado un poco de fotografía… Me defino como multidisciplinar porque a la hora de crear si te pones una etiqueta, luego te cuesta evolucionar.

Hablando de etiquetas, el ‘street art’ ya no es tan alternativo o independiente como lo era antes. ¿Es bueno o malo?

A mí me parece bueno, porque ahora el ‘street art’ lo bueno que tiene es que permite a artistas que han estado pintando toda su vida en estudio o taller, evolucionar y poder pintar en una pared. Hace dos años era una novedad que el artista urbano se fuese a la galería. De repente veías exposiciones de arte urbano y a la gente le chocaba un poco, incluso en el mundo del grafiti exponer en una galería estaba mal visto. Ahora el paso de un mundo a otro es el contrario. Los ilustradores y los artistas más clásicos están liberándose un poco, probando, viendo que se hace mucho mural, y entonces salen a la calle. Mola mucho ver que gente que ha pintado en pequeñito está pintando cosas grandes.

La galería convierte al ‘street art’ en un arte menos fugaz que un mural en una fachada de una casa.

Sí, bueno… Ese concepto de que la obra es fugaz, efímera, por lo que he hablado con otra gente que pinta mural, tampoco nos crea mucha preocupación. En el siglo XXI ves mogollón de arte y casi no puedes verlo en la realidad, entonces la gente pinta para la foto. Es muy guay ver un mural, pero a veces te vas a localizaciones súper extrañas, a un rincón en un pueblo, a una montaña o a una casa abandonada, y mucha gente no lo puede ver.

Vivimos mucho bajo el poder de Instagram.

Totalmente. Y de la imagen.

¿Es bueno para el arte?

Para mí es bueno, porque, por ejemplo, algunos países o un pueblo pequeño pueden ver mis trabajos, pero en realidad no lo puede disfrutar todo el mundo. Gracias a la imagen todo el mundo puede estar disfrutando de mi mural.

Al mismo tiempo también están “democratizando” el arte en cierto modo.

Sí. Estoy muy acostumbrado a esta forma de trabajar porque hay mucha rivalidad en la calle. Normalmente pintas la pieza un día, y tienes que hacer la foto corriendo porque al día siguiente alguien es probable que pinte encima. 

¿Cómo reacciona cuando le pintan encima?

Al principio me parecía una putada. Después de estar todo el día pintando… Luego ya no. Al final haces las cosas y te quedas con el recuerdo que tienes. Así es la calle. Y a veces se trata de que te pinten encima únicamente. El otro día pinté una casita muy guay y la derribaron; pero me hizo gracia que hubiera estado un año entero trabajando y que de repente la tiraran. Hicieron una foto de una pala excavadora tirando el mural entero y me hizo gracia. Para que se quede está la obra pequeña que hacemos. También es guay que un artista urbano tenga esa parte de obra pequeña para estudio, para tener un trocito de algo que trabajas en tu casa y a lo que sabes que no le va a pasar nada.

Volvamos al inicio de nuestra conversación. ¿Sería en este caso un gamberro el autor del “crimen”, de la pintada sobre su obra?

Depende de la actitud con la que lo haga. Por ejemplo, hay un muro y quieres pintar en la calle y no te queda otra que pintar ahí, pues vale. Otra cosa es hacerlo para fastidiar. No es gamberro el que pinta en la calle, sino el que hace daño a otra persona.

Usted es un artista atrevido. Tanto pinta una reja de una firma de joyería, como decora unas zapatillas. Ha trabajado con muchas marcas. ¿Lo hace por amor al arte o como superviviente del mundo del arte?

Ambas. El 80% lo hago porque me gusta la colaboración, disfruto con lo que hago. Por ejemplo, Converse es un caso bastante puntual porque me dejaron hacer lo que yo quería, desde el vídeo, elegir la ropa que llevaba puesta… Eso fue guay. Hay marcas que igual no me gustan mucho, pero también hay que comer.

Foto: Lucho Dávila

¿Ha dejado de aceptar encargos ahora que su carrera ha despegado?

Sí. Aunque sí puedo hacer algún favor a alguna marca pequeñita. Eso me gusta bastante. A veces casi sin cobrar. Para mí es una satisfacción que alguien me diga que le mola lo que hago y me pregunte si me gustaría colaborar con su marca. También hay marcas que me piden cosas súper absurdas, por ejemplo, que les pinte una historia rara o que esté un día haciendo algo. A esas les digo que no puedo. Me gusta hacer colaboraciones, no me importa mucho, porque al final siempre tiro para mí y hago algo que me gusta. Además, las marcas son las que tienen el dinero. No se puede vivir sólo de pintar cuadros. Las marcas son como los mecenas del siglo XXI. Te ponen como una especie de reto. A mí me gustan los retos, ver cómo puedo apañármelas para coger esta marca y hacer que mole.

Se habla más de su técnica que del mensaje que puedan transmitir sus obras. ¿Ciega al público la potencia del color de sus trabajos o hay poca reivindicación en los mismos?

No sé si lo que hago es nuevo o no, pero no me he lanzado a decirlo. Yo simplemente pinto así. Tampoco me gusta tirarme flores. Igual a la gente lo que le choca más es ver en un mural esa técnica de acuarela y color, o simplemente que sea mucho color. Realmente no me gusta decir mucho. Simplemente lo hago de forma irracional.

Recuerdo una reivindicación concreta en su obra, un mural de Piornal (Extremadura), que pretendía concienciar sobre los incendios forestales. También es de sus pocos trabajos en los que hay presencia de blanco y negro.

Me pareció una oportunidad. El tema lo elegí yo. Éramos 12 artistas y cada uno tenía que elegir una crítica social sobre algo. Elegí algo que tenemos bastante cerca porque siempre se nos están quemando los árboles, y me lancé a probar con algo de blanco y negro. Aunque realmente no me quedé muy contento con ese mural porque era como ondulado, de chapa, no era yo al cien por cien; pero sí note bastantes cosas buenas de la gente al ver que me había involucrado en un tema social.

¿Por qué tan poco blanco y negro en sus obras?

No sé. Es algo impulsivo. Hablé con una amiga mía que es fotógrafa y ella es muy de color carne y colores neutros. Le dije que iba a probar a hacer unos test en colores pasteles, pero luego al final no sé qué me pasa que siempre acabo metiendo color. No soy capaz.

¿Pintaría un mural en blanco y negro en caso de que se lo pidiesen?

En mi día a día no es un reto que tenga en mente, ni mi prioridad, pero si de repente me lo pide alguien, lo intentaría. De hecho, ahora tengo una expo en noviembre y voy a ir por ahí.

¿Quién se lo podría pedir para que se hiciera realidad?

No lo sé. A lo mejor una marca. No creo que cualquier marca porque siempre me escriben porque les mola el rollo del color. Quizá algún particular, aunque como no lo he hecho y no se ha podido ver, no sé si me lo pediría.

¿Sería una gamberrada contra su propio arte en caso de que accediera a ello?

Sí. Yo creo que sí. Iría contra mi persona totalmente, aunque es cierto que luego a la hora de vivir y de estar en mi casa me gusta todo blanco. Le he estado dando vueltas y para la expo de noviembre sí que voy a hacer algo en blanco y negro.