Trajeado con corbata, un líder que sepa guardar la compostura, que no tenga ningún punto negativo en su expediente académico y que no se salga de los patrones tradicionales establecidos. Este era el concepto anticuado que se tenía de los dirigentes políticos y empresariales en un tiempo no tan lejano. Hoy en día, mujeres realmente preparadas como Angela Ahrendts, la ejecutiva mejor pagada de Apple, políticos de ascendencia afroamericana como Barack Obama o primeros ministros que muestran públicamente su homosexualidad como Xavier Bettel, rompen con este canon demostrando que ninguna de estas características les influye en su profesionalidad. Ahora es el turno de Justin Trudeau.

Nació en la ciudad canadiense de Ottawa en el tercer año de mandato de su padre Pierre Trudeau, el cual fue Primer Ministro de Canadá durante 11 años. Tatuado con un cuervo en su brazo izquierdo, deportista y aficionado al boxeo y al rugby, este joven político de 43 años ha conseguido pasar de estar en la última posición en las encuestas al comienzo de la campaña electoral, a convertirse en el Primer Ministro de Canadá con 184 de los 338 escaños que hay en el Parlamento de dicho país y terminar con casi una década conservadora de Harper.

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Desenfrenado, diferente, pero realmente preparado y cercano al pueblo. Sus propuestas medioambientales, su enorme crítica a la austeridad y a las desigualdades sociales le han llevado a cambiar la imagen de los canadienses en 78 días, la campaña electoral más larga del Canadá moderno. Sus propuestas son claras y directas: bajada de los impuestos a las clases medias y subida de estos a las clases más altas, mayor inversión en infraestructuras y en servicios sociales y mayor implicación en el cambio climático.

Su posicionamiento a favor del matrimonio homosexual, del aborto, de la legalización de la marihuana y de una mayor transparencia en el gobierno con un proyecto de ley sobre la apertura de documentos gubernamentales han sido los puntos clave de Justin Trudeau durante su tiempo en la oposición.
No han sido suficientes las acusaciones de “exceso de juventud” o de “falta de experiencia” por parte del sector más conservador de Stephen Harper para intentar ganar estas elecciones. Por otro lado, sí que han perjudicado las decisiones de Harper sobre el Estado Islámico, el atentado terrorista en Ottawa el año pasado o la propuesta de prohibir el velo integral a las mujeres musulmanas.

Podemos decir con total seguridad que nos encontramos ante un cambio muy relevante en cuanto a la imagen que un líder político o empresarial tiene que tener. No es necesario tener una imagen impoluta ni una perfección estética para conseguir llegar a la gente, como lo ha hecho Justin Trudeau. Ese político que ha sido capaz de quitarse la ropa para una buena causa (como hizo en 2011 para recaudar fondos para las enfermedades hepáticas), besar al humorista Dany Turcotte en televisión o hacer de animador con sus miembros de campaña Tommy Desfosses y Adam Scotti el día de las elecciones, pero a la vez centrándose en los verdaderos problemas que tienen los ciudadanos canadienses y conectando con ellos.