Por si fuera poco, Chema Martínez (Madrid, 1971) es un motivador nato de ejecutivos –mantiene una colaboración estrecha con empresas como Deloitte o Telefónica–, alumnos de colegios y deportistas. En esta nueva vida también imparte conferencias, ha escrito tres libros más sobre el running después del éxito del primero en 2009 y arrasa en las redes sociales con sus casi 70.000 seguidores en Twitter. Le apasiona sentir que no tiene techo.

Chema, vivimos en una sociedad en la que con más de 40 años tenemos miedo de reinventarnos. Tú te reinventaste con 42 cuando dejaste el deporte de élite y sigues haciéndolo con 45…
No, de eso nada. Yo no dejé el deporte de élite; fue él quien me dejó a mí. Mi cabeza sigue siendo la de un asesino de las competiciones, siempre quiero ganar, pero tuve que asumir que no se puede competir eternamente con los mejores en los mejores campeonatos. Hay un momento en el que debes asumir que tus capacidades ya no son las que eran ni volverán a serlo. Es un momento duro.

¿Y cómo lo aceptas?
Entendiendo que la vida continúa, que ahora tienes familia y haces otras actividades que también te apasionan, que son retos. Intento superarme en ellas y, por supuesto, no dejo de dedicar tiempo a correr, que es como más disfruto. Sigo manteniendo mi mentalidad de deportista de alto nivel y he seguido creciendo.

Sigues manteniendo esa mentalidad en la actualidad. ¿En qué consiste esa nueva vida de la que hablas?
Buena pregunta. Verás: consiste sobre todo en aceptar retos, sentir que hay mucho más después del kilómetro 42 donde acaban los maratones. Ahora quiero continuar creciendo como padre, persona y deportista. Para mi sorpresa, he encontrado nuevos desafíos en este último campo. Antes competía y corría en una pista de asfalto y ahora lo hago en la jungla, en el desierto, con arena y dunas, y con una mochila de supervivencia. Aquí tengo margen para progresar, en las competiciones soy muchas veces el más joven… y no he alcanzado mi techo. Eso permite que mi pequeña bestia competitiva emerja de nuevo y es maravilloso. Todavía recuerdo la primera vez que corrí en un desierto, el de Jordania. ¡Cuántas dudas sentí! ¡Cuántas dudas!

Y ahora también te atreves con libros y conferencias…
Claro. Mis cuatro libros –La guía del corredor; No pienses, corre; No pienses, corre más y Correr es vida– son parte de mí, de mi vida como runner. Creo que ayudan a los que se animan a correr, pero lo que realmente me encanta es dar conferencias, interactuar con la gente, provocarles, picarles, animarles, que estén atentos y que no se duerma nadie. No repito nunca ninguna. Me las preparo a conciencia.

Es inevitable preguntarte lo obvio: ¿Cuál es tu secreto para reinventarte de esta forma?
El mismo que cuando me mantenía en la alta competición con 40 años y la gente se sorprendía. Ilusión y trabajo, les decía. La clave es poner toda la pasión que hay en mí, cumplir nuevos retos.

Vives el deporte o la mentalidad de deportista 24 horas al día. ¿Cómo logras desconectar?
Es curioso. La verdad es que no lo hago, porque para mí el deporte es una forma de conectarse a la vida, de ser feliz en pequeños momentos aquí y ahora sin tener que esperar a la gran felicidad que mucha gente busca a largo plazo. Por eso, cuando me lesiono siento que me falta algo, me siento incompleto. Intento explicar en mis conferencias y también a mis hijos que engancharse al deporte es algo realmente bueno.

¿Cómo educa a sus hijos un deportista de élite? En realidad dos deportistas de élite porque tu mujer también lo fue [Nuria Moreno, olímpica en Sydney 2000 con el equipo de Hockey sobre Hierba].
Para nosotros es importante que hagan deporte, pero también que no sientan que deben seguir nuestros pasos. No son la prolongación de nuestros egos. Sobre todo ahora que son pequeños, intentamos que aprendan a jugar y a disfrutar del deporte con sus amigos, que conozcan gente practicándolo. Nuria y yo hemos sido deportistas de alto nivel, nos han visto ganar medallas… pero no queremos que quieran ganar siempre y necesiten hacerlo para disfrutar. Este verano en Baleares los tres fueron campeones de acuatlón [una prueba que combina natación y atletismo] en sus respectivas categorías de edad: doce, diez y seis años.

Y eso no os gusta demasiado…
Nos gusta, pero preferimos que no se formen la expectativa de convertirse en deportistas de alto nivel. Mira: en 18 años compitiendo tuve tiempo de ver muchísimas cosas. He visto a gente que se creaba esa expectativa, dejaba de lado los estudios y, al final, no llegaba y se volvía a casa sin nada. Mi hija mayor, Paula, fue a Inglaterra este verano y volvió diciendo que le gustaría ir a la universidad en EE UU. Pero sabe que, para poder hacerlo, debe compatibilizar el deporte, que le ayudaría a que le dieran una beca, con los estudios. Ésa es la idea.

En España solemos confundir competir con luchar, admirar con envidiar y ganar con hacer polvo al otro. También confundimos la ambición con el egoísmo y el desprecio a los demás. Hay mucho que cambiar y quizás el deporte pueda ayudarnos.
Yo te puedo decir lo que aprendí sobre todo en mis últimos años de vida profesional como deportista de alto nivel. Aprendí que si das el 100% y te has preparado, sea cual sea el resultado tienes que sentirte satisfecho. Si has quedado tercero, eso quiere decir que ha habido dos personas que han leído mejor la estrategia de la carrera o han entrenado más. El protagonista eres tú, el que lo da todo y debe sentirse satisfecho con ello eres tú, y el que tiene que pasar los fracasos y las lesiones de la mejor manera posible eres tú.

No todo es ganar…
No todo es ganar aunque está muy bien [sonríe con picardía], no te voy a decir otra cosa. Los deportistas de élite ganamos muy pocas veces y hay que estar preparado para la derrota, para volver a entrenar después del fracaso y marcarse nuevos objetivos. Los campeones se hacen en los malos momentos. Soy, mentalmente, muy duro y ésa ha sido una de mis principales fortalezas en la pista.

La ambición también es básica para un deportista.
Sin duda. Yo siempre he apostado por ganar –cumpliendo con todas las normas de la competición– y, a veces, he querido ir a por el oro y me he quedado sin una medalla. El oro te puede cegar y hacer que leas mal la carrera. Por ese motivo he quedado muchas veces cuarto o quinto pero, ¿sabes una cosa?. Lo volvería a hacer. Quería cumplir mi sueño de cruzar la meta con los brazos abiertos. Ganar.