Entre otras labores, la fundación que lleva su nombre hace donaciones en diferentes campos de la cultura y la sociedad, además del concurso de arquitectura anual que lleva celebrando desde el año 2003 (otorgando un premio de 199.350 euros con el apoyo económico del The Richard H. Driehaus Charitable Lead Trust). Su contribución total a la arquitectura, al diseño y a la conservación de los edificios sobrepasa la cifra de los 30 millones de dólares.

¿Quién tiene el poder en el siglo XXI? ¿Quién maneja el dinero para su propio beneficio o quién ayuda con él?

Es una pregunta interesante. Depende de la dinámica. En el caso de la arquitectura y del diseño, son los ministerios y los alcaldes los que tienen ese poder, aunque en realidad no se puede hacer gran cosa sin que lo revise antes el poder público. A veces creo que el funcionario tiene más impacto que el promotor, aunque éste consiga objetivos por sus recursos y por sus deseos de beneficio. No es que yo esté en contra del beneficio, pero a veces se hace demasiado evidente su búsqueda. Tampoco me interesa que todo encaje en el sitio donde se vaya a construir. Lo importante es que se proteja. Lo que trato de decir es que los edificios a veces se salen de escala, evidentemente, para generar más beneficios, cosa que no siempre es buena para la sociedad. De ese modo, el edificio puede ser icónico pero de una forma negativa, porque de alguna manera destruye la línea general, visual y las proporciones. Y eso es muy triste. Hay grandes torres que han estropeado edificios históricos de cien años o más en Nueva York o en Londres, por ejemplo. Todos los edificios tienen su propia expresión, como en Madrid: el edificio de Correos, el Banco de España… Pero el conjunto funciona por el material y la escala.

¿Qué sucede entonces si se quieren construir más plantas?

Si quieres tener más plantas, pagas un canon o una prima que se utiliza para hacer cualquier mejora de edificios o parques (también para la gestión de los materiales). Otra cosa que hacemos son los créditos fiscales. Evidentemente, cuesta más reparar o restaurar estos edificios, por lo que te dan un crédito fiscal de un 20 o de un 30%. En definitiva, a la gente le gustan aquellos sitios de los que se sienten atraídos y donde estén a gusto. La actividad está en el centro de las ciudades, no en los suburbios. Así es en Chicago, pero también en Madrid. En el centro es donde está toda la energía. Cuando vas a trabajar no te queda otra, pero cuando sales a tomar una copa, ¿adónde vas? Pues a lugares que te son agradables. Y eso, de hecho, se puede medir. La tecnología te permite hacerlo. Esto es importante porque beneficia también al turismo. Es una expresión de quién eres y de tu historia.

Foto: Diego Martínez

Sobre la identidad de una ciudad y su historia, Chicago ardió en octubre de 1871 y se destruyeron multitud de edificios históricos…

Es interesante eso. Muchas de las casas eran de madera y aquel verano fue muy seco, así que ardieron con facilidad. A posteriori, se construyó muy rápido porque Chicago era un centro de transportes importante; además se promulgaron códigos y leyes para que aquello no volviera a suceder. Utilizamos otro tipo de materiales, como la terracota (para los tejados) o el azulejo. Se contrató a arquitectos de Nueva York, Boston, Chicago… Se desarrollaron muy buenos edificios a partir de ahí pero con expresión. De hecho, mi oficina (la Ransom Cable House) fue diseñada por el arquitecto Henry Ives Cubb y parece un castillo escocés. El museo (Nickerson Mansion), que está enfrente, tiene carácter italiano.

Los edificios antiguos suelen tener (o tenían) azoteas ajardinadas o para hacer vida. Sin embargo, los nuevos cuentan con un helipuerto.

¡Efectivamente! Con los romanos sucedía algo así: el exterior era una fachada aburrida pero el interior tenía patios, jardines y ángulos muy interesantes desde donde se podía tener una mejor visión y más aire. Desde el punto de vista de la vivienda, ahora mismo tenemos más comodidad, sin ninguna duda, pero menos espacio lúdico y menos lujo en ese sentido. Somos como anónimos. Hace poco estuve en unas oficinas –muy bonitas, por cierto– que no tenían identidad. Nosotros, en cambio, estamos mejorando el jardín del edificio de mi oficina. También estamos cogiendo ideas de Madrid por el tipo de piedra, rejas… Pondremos árboles altos pero que dejen ver, porque queremos que la gente aprecie el edificio. Entre esos árboles colocaremos unas macetas de plomo que se sostienen sobre tres pies. Las estamos haciendo en Inglaterra y tendrán imágenes de leones (es otra idea que hemos sacado de Madrid, por cierto). En otoño caerán las hojas, cambiará el color, y aquello parecerá un cuadro de Monet. Merecerá la pena.

¿Y es viable algo así, desde una perspectiva económica?

Yo sí creo que lo es. No hay que hacer publicidad porque el edificio en sí ya hace una afirmación de quiénes somos. No estamos hablando de tamaño o de poder. En el caso de mis oficinas, es una pequeña perla pero con mucho impacto en una ciudad con rascacielos.
De acuerdo, es viable, pero no está al alcance de cualquiera hacer una restauración de ese tipo.

Es cierto. Requiere una inversión importante. Trabajo mucho en la conservación y la preservación del patrimonio, y lo sé. Son veinticinco años ya. Trabajo con la fundación Richard H. Driehaus Charitable Lead Trust y también en el ámbito internacional, como ahora con el Premio Rafael Manzano. Y por eso estamos aquí, en España, para mostrar lo que estamos haciendo y cuáles son las mejores prácticas en Estados Unidos. También está la oferta aspiracional. En cualquier ciudad, gracias al Ministerio de Fomento, hay obras que se quieren emprender, que contarán con arquitectos españoles y de todo el mundo. Habrá planos y diseños para cada mejora que se quiera hacer. Eso, evidentemente, requiere recursos. Pero lo que quiero decir es que, a largo plazo, ese dinero será una buena inversión porque le dará mucho valor a la zona. Y no solo a los edificios, sino a su panorámica, a sus parques, a sus calles… Y los precios van a aumentar, por lo que se podrán recaudar más impuestos. Creo que la arquitectura tiene que ser sostenible para siempre. Ningún país puede sustituir toda su arquitectura en cien años, así que hay hacer las cosas minuciosamente y bien pensadas, como una inversión a largo plazo.