¿Cuál es la realidad económica del sector taurino ahora mismo?
La realidad son los números, de momento. Es un mercado de producción de eventos, artístico, que mueve muchos ingresos, taquillaje, televisión, sponsors… Es un volumen de mercado muy elevado. Y en esos términos es de los espectáculos de masas más importante. Pero el tratamiento de esta economía está muy desequilibrado porque la fiesta de los toros está considerada como un ‘espectáculo maldito’. Eso en la economía directa, porque la economía indirecta, además, crea muchos empleos y alimenta, económicamente, a muchos sectores: hostelería, imprentas…

¿Por qué un ‘espectáculo maldito’?
Porque no está admitido por el cuerpo social. Pero eso puede tener su tratamiento. No es cuestión de ser imperialista, económicamente hablando. Hay países en los que la tauromaquia no cabe, pero yo creo que hay que potenciar y proteger la tauromaquia donde tiene raíces históricas y, por lo tanto, también económicas. No se trata de hacer una guerra de poder a poder, sino una adaptación e infundir respeto por lo que cae por su propio pie: la identidad, la tradición y la cultura de los pueblos. Y no me refiero solo a nivel nacional, sino a nivel regional.

Fotografía: Nani Gutíerrez

¿Y en lo que al sector respecta?
Al contrario de todos los sectores de producciones de eventos o artísticas, el sector taurino se ha quedado anclado en el pasado por la historia del mercado de la producción taurina. El origen de la producción de la tauromaquia es totalmente rural, es un mercado de trato. No lo digo de manera peyorativa, es una realidad. Es un mundo muy encerrado en sí mismo al que le cuesta adaptarse al ámbito social en términos culturales de comunicación (y también económicos). Pero eso no es una fatalidad. Se puede equilibrar.

Y además de eso, el 21% de IVA.
Sí, pero eso no es solo un problema de la tauromaquia, lo es también de los sectores culturales. Según se entiende, ha sido una medida puntual referente a la coyuntura económica para relanzar la economía. Puntualmente. Espero que España tenga la cordura, en la gestión política de la cultura, de reencontrarse con un IVA cultural, porque no hay cultura que se pueda sostener sin subvenciones, sin ayudas, sin tratamiento fiscal específico. Con esto no queremos pedir subvenciones para la tauromaquia o un tratamiento específico. Yo entiendo que la tauromaquia es un producto cultural especial (por lo de la vida y la muerte). Sin embargo, y aunque no pidamos una ayuda específica, sí niego una multa a la tauromaquia. El día que se baje el IVA cultural en España habrá que bajar el IVA de la tauromaquia, entre otras cosas porque, institucionalmente, la tauromaquia forma parte de la cultura bajo las directrices de ese Ministerio. Repito: no pido una ayuda específica y económica para la tauromaquia, pero sí niego todo tipo de intervencionismo que altere su economía.

¿Se ha afeado el trato de la tauromaquia porque los empresarios miraron más por las cuestiones económicas que por las del propio toreo?
Efectivamente, son aficionados (sin que suene peyorativo). En ese sentido son partícipes del arte. Muy bien. Pero el concepto del aficionado encierra el arte y lo encasilla. A partir de la pasión y de la afición al toro, hay que abrirse e irse hacia las demás artes. De hecho, este movimiento está siendo natural, históricamente hablando, porque grandes artistas y personalidades como García Lorca, Picasso o Hemingway han ido hacia la tauromaquia. El equilibrio existía, pero en las últimas décadas hay que ir en busca de la armonía entre el arte de la tauromaquia y las demás artes. Hay que provocarlo. Eso implica una modernidad del discurso.

¿En qué momento se dio esa escisión?
Yo tengo mi interpretación personal. Pienso que es una cuestión de evolución sociológica. Cuando yo llegué a España, hace treinta o cuarenta y cinco años, este barrio [se refiere al Barrio de las Letras] estaba ritualizado por la tauromaquia. Está la cervecería alemana, las entradas se podían comprar en el centro, la calle Victoria, el hotel… Algunos banderilleros o empresarios venían aquí a tomar su cerveza. ¡Había tertulias! Todo un barrio del Madrid central estaba habitado por la tauromaquia.

En 2012 Warner adquirió la plaza de Las Ventas para que fuera un referente cultural y multifuncional. Quiso techarla, pero la cubierta se desplomó. Además, el pliego de condiciones de gestión del coso madrileño era entonces de 2.300.000 euros. ¿Se quiso hacer demasiado?
No, lo que estaba previsto, según Warner, era utilizar Las Ventas como lo que debe de ser: una sala de espectáculos polivalente. No iban a techar la plaza para que los toros estuvieran bajo una carpa, sino para otros espectáculos en invierno. Yo creo que Las Ventas, por su naturaleza y su localización en el centro de Madrid, debe de ser polivalente. Eso no es negar los valores de la tauromaquia, sino potenciar Las Ventas como centro de actividad cultural. Y es ahí donde se busca, por este medio, enganchar la tauromaquia con la cultura y con los espectáculos en general. Por ahí vamos a andar también. De hecho, estamos en contacto con Warner y vamos a retomar ese tipo de producciones de espectáculos. Yo siempre estaré pendiente de no alterar nunca lo que le da identidad a Las Ventas: su alma. Y su alma es la tauromaquia.

¿Cree usted que el éxito está penado?
Sí. Es una diferencia que podemos tener con la civilización norteamericana. En la vieja Europa, el éxito está penado. Yo creo que el éxito debería ser el motor de la motivación de la juventud y del cuerpo social. Por lo tanto, no debería existir el celo o la frustración. El éxito debería servir de ejemplo, pero sin llegar a algunos extremos de la civilización americana, donde solo queda el éxito y la riqueza. Yo hablo de virtudes y de valores. En mi caso, tengo éxito profesional, pero es el fruto de mi entrega total y de mi existencia en el arte que es el mío: la tauromaquia. Con 7 años quería ser torero y ahora, con 69, soy productor al más alto nivel de la tauromaquia.