El pasado junio tuve un almuerzo con el prestigioso intelectual chileno Axel Kaiser, autor del libro titulado “El odio a los ricos”, que incita a una profunda reflexión sobre la riqueza y la empresa. Su tesis es que el enriquecimiento, especialmente el que va unido a la empresa, es determinante para el progreso social.
Los países más ricos del mundo suelen ser, a su vez, los que cuentan con mayor libertad de empresa, lo que facilita a los empresarios su éxito competitivo, satisfaciendo las necesidades que en cada momento demanda la sociedad, elevando la frontera de la eficiencia y la productividad. Este proceso de generación de valor en el libre mercado es incuestionablemente legítimo, en cuanto que es voluntario y genera excedentes para los que participan.
Las familias y las personas con mayor riqueza se caracterizan por su vinculación con el mundo empresarial, canalizando su patrimonio hacia activos productivos y participaciones empresariales. Además, este colectivo históricamente presenta una propensión al ahorro más elevada, que generalmente se destina hacia la inversión, lo que contribuye a dinamizar la economía, generando un ciclo virtuoso de innovación y progreso.
No obstante, este proceso de inversión y generación de valor conlleva riesgos que son asumidos por estos actores y que en ocasiones deriva en la pérdida de su riqueza. Este hecho se evidencia en que las personas que lideran las listas de Forbes van cambiando sistemáticamente a lo largo del tiempo.
La contribución al PIB de cualquier empresa es mucho mayor que la propia riqueza de sus accionistas (valor actual de sus beneficios ahorrados), ya que también integra los salarios acumulados de todos sus colaboradores, así como los impuestos pagados a lo largo de su vida. Dicho de otra forma, la riqueza de los empresarios y sus familias no deja de ser una parte, y no siempre la mayor, de su creación de valor y aportación previa a la sociedad.
Para los que discuten la legitimidad de la riqueza heredada, conviene recordar que esta herencia forma parte del derecho indisoluble de propiedad (dado que si no sería simplemente una concesión administrativa temporal) y que es el incentivo que permite que las personas se impliquen en proyectos cuya duración va a transcender su propia vida. De hecho, muchas grandes empresas son la acumulación de los esfuerzos y experiencias de varias generaciones. En este sentido, el FMI señaló que la tributación de sucesiones es el principal factor limitante para el crecimiento empresarial a largo plazo.
En la misma línea apuntan las reflexiones del reputado académico sueco Daniel Waldenström autor del libro “Más ricos y más iguales”, con el que también pude reunirme el pasado mayo con ocasión de su último viaje a Madrid. Este profesor destaca que la generación de riqueza es un juego positivo que deriva en un mayor bienestar general, y no un simple juego distributivo de suma cero que equivocadamente señalan otros autores.
Como consecuencia, Waldenström plantea que la solución contra la pobreza no pasa por penalizar y castigar a los más ricos, sino en recuperar incentivos y facilitar el ahorro y la inversión para que toda la sociedad pueda beneficiar de la alquimia de los procesos de generación de riqueza.
En su día, Stanley y Danko demostraron en su reputado análisis del “Millonario de la puerta de al lado”, que la generación de riqueza se materializaba en aquellos que valoraban el ahorro como instrumento de seguridad financiera. El resultado es que la falta de correlación entre el gasto, especialmente si se financia con deuda, y la renta era el factor determinante de la acumulación de la riqueza a largo plazo.
De hecho, la propensión al consumo es menor entre la población más afluente y es un error generalizar la percepción de este segmento de población a través de la visión sesgada de algunos de sus consumos más “ostentosos”.
La falta de comprensión del papel positivo que juega la riqueza en la sociedad es un grave error. Se ha llegado a diseñar un nuevo principio tributario denominado de justicia social, que legitima acciones arbitrarias, discriminatorias o confiscatorias, si las víctimas son las personas más acaudaladas. España es uno de los pocos países del mundo desarrollado que tiene figuras tributarias específicas para gravar selectivamente a los ricos, como el impuesto sobre las grandes fortunas, el impuesto sobre el patrimonio y el impuesto sobre sucesiones.
Este encono resulta incomprensible en un contexto como el actual de libertad de circulación de personas y capitales, y en el que múltiples jurisdicciones intentan atraer y beneficiarse de estos individuos. Puede ser comprensible un cierto recelo hacia estas personas de mayores recursos, pero la demonización de la riqueza no nos hace más ricos, sino que la desplaza hacia otros territorios, convirtiéndonos como sociedad en más pobres, y esto es un error que no podemos permitirnos.
Gregorio Izquierdo Llanes | Director General del Instituto de Estudios Económicos y profesor de Economía de la UNED.

