Economía

Cómo afecta el temporal de nieve a la economía española: impacto en logística, planes preventivos y bonanza en las estaciones de esquí

Del caos en aeropuertos al auge de la nieve y la energía: cuánto cuesta el clima extremo y quién gana y pierde con cada gran borrasca.

Un avión es remolcado en el aeropuerto durante el episodio de nieve, mientras se aplican los protocolos habituales para mantener la operativa aérea. Foto: Getty Images

El temporal invernal que atraviesa estos días España y buena parte del hemisferio norte no es solo un fenómeno meteorológico. Es, cada vez más, un evento económico de primer orden, capaz de paralizar aeropuertos, tensionar mercados energéticos, alterar la actividad económica a corto plazo y, al mismo tiempo, activar motores locales como el turismo de nieve. El balance, como casi siempre en estos episodios, es desigual: hay sectores que pierden millones en cuestión de horas y otros que encuentran en la nieve su mejor aliada.

Transporte bajo presión: aeropuertos, trenes y el coste de la interrupción

En España, el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas logró recuperar la operativa normal en sus cuatro pistas tras las demoras provocadas por la nieve, según confirmó Aena el 28 de enero (Europa Press). El episodio activó el Plan de Actuaciones Invernales, un dispositivo que para la temporada 2025/2026 cuenta con un presupuesto de 2,3 millones de euros, destinado a 21 aeropuertos con riesgo de incidencias por hielo y nieve.

La cifra parece modesta, pero el coste real de un temporal no se mide solo en prevención. Cada retraso o cancelación implica ingresos no generados, gastos adicionales en personal, reubicación de pasajeros y efectos en cadena sobre hoteles, congresos y turismo urbano. En grandes hubs, un solo día de disrupción puede traducirse en decenas de millones de euros de impacto indirecto, aunque no siempre aflore en las estadísticas oficiales.

El patrón se repite fuera de España. En Estados Unidos, la tormenta invernal de enero de 2026 ha provocado miles de vuelos cancelados y apagones masivos. La firma AccuWeather estima que las pérdidas económicas podrían situarse entre 105.000 y 115.000 millones de dólares, una cifra discutida por algunos analistas, pero que sirve para dimensionar la escala económica de estos episodios.

Energía: el frío que encarece la factura global

Uno de los primeros termómetros económicos del frío extremo es el mercado energético. En Estados Unidos, los futuros del gas natural llegaron a dispararse cerca de un 50% en apenas dos días, hasta situarse en torno a los 3,53 dólares por millón de BTU, a medida que los mercados descontaban temperaturas árticas y posibles interrupciones de suministro, según el seguimiento de Bloomberg y CNBC, con análisis coincidentes recogidos por The Economic Times.

El impacto trasciende fronteras. Europa, más dependiente del gas natural licuado estadounidense desde la reducción de flujos rusos, observa estos movimientos con inquietud. Un invierno riguroso en Norteamérica puede traducirse en mayor volatilidad de precios también en el mercado europeo, presionando tanto a industrias como a consumidores finales. Según la Oficina de Estadísticas Laborales de EE.UU., los servicios de gas ya acumulan subidas superiores al 10% interanual, muy por encima de la inflación general.

Cuando la nieve suma: estaciones de esquí y economías locales

Pero no todo son pérdidas. Para las estaciones de esquí y los territorios de montaña, la nieve sigue siendo un activo económico estratégico. En comunidades como Aragón, el sector mueve en una temporada invernal normal en torno a 150 millones de euros, con cerca de 1,5 millones de usos y unos 1.300 empleos directos, cifra que puede elevarse hasta los 12.000 si se incluye el efecto arrastre sobre hostelería, comercio y servicios locales, según datos del sector recogidos por Radio Jaca SER.

El gasto medio diario por esquiador ronda los 70 euros, de los cuales solo el 20% va directamente a las estaciones; el resto alimenta el tejido económico del entorno. En comarcas como el Valle de Tena o Benasque, la hostelería es el principal motor de empleo, y el turismo invernal puede llegar a duplicar la actividad económica. No es casual que estén previstas inversiones públicas cercanas a 80 millones de euros, en gran parte con fondos europeos, para mejorar conexiones y remontes.

La lección de Filomena: el precedente económico

El recuerdo de la borrasca Filomena sigue siendo un referente. Según el Informe Anual de Catástrofes 2021 de Aon, el episodio tuvo un coste económico de 1.157 millones de euros en España, de los cuales 505 millones estaban asegurados. Agricultura y hogares concentraron más del 65% del impacto.

Filomena no fue una anomalía aislada. En los últimos cinco años, el coste acumulado de las catástrofes naturales en España supera los 12.000 millones de euros, con un crecimiento medio anual del 10,7%, según Aon. Más que el número de episodios, lo relevante es su intensidad económica: menos eventos, pero más caros.

Contexto global: un riesgo cada vez más medible

A escala internacional, estos temporales se enmarcan en una tendencia más amplia. En 2025, los diez desastres climáticos más costosos provocaron pérdidas superiores a 110.000 millones de euros, según la ONG Christian Aid. Naciones Unidas estima que, si se incluyen efectos indirectos como interrupciones prolongadas de la actividad, daños ambientales o desplazamientos de población, el coste anual real de las catástrofes supera los 2,3 billones de dólares (Informe GAR 2025, UNDRR).

Más allá de la magnitud, el dato clave para economías avanzadas es otro: estos impactos son cada vez más previsibles y, por tanto, más gestionables desde el punto de vista económico.

Un balance desigual, pero cada vez más predecible

El temporal actual confirma una realidad que ya asumen empresas e instituciones: el impacto económico del clima no es excepcional, pero tampoco imprevisible. A corto plazo, paraliza transporte y encarece la energía. A medio plazo, redistribuye oportunidades, beneficiando a sectores como el turismo de nieve, la energía o los servicios de emergencia. Y a largo plazo, acelera inversiones en infraestructuras, seguros y planificación.

La diferencia respecto a hace una década es la anticipación. Hoy se modelizan mejor los riesgos, se activan planes preventivos y se asigna capital a resiliencia. Solo en España, Aena destina más de 2,3 millones de euros anuales a planes invernales para proteger nodos logísticos críticos, una inversión pequeña frente al coste de la improvisación.

Incluso sectores tradicionalmente vulnerables, como el turismo de montaña, muestran cómo el clima puede convertirse en ventaja competitiva cuando existe planificación: en regiones como el Pirineo, la nieve sigue sosteniendo miles de empleos y más de 150 millones de euros anuales de actividad económica.

El mensaje final no es de alarma, sino de aprendizaje económico. El clima seguirá teniendo un coste. La diferencia está en cuánto se anticipa, cómo se reparte y cuánto se amortigua. En ese margen —entre la disrupción y la preparación— se juega buena parte de la estabilidad y la competitividad económica de los próximos años.

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