La inacción climática es, hoy por hoy, el mayor peligro para la prosperidad mundial. Así lo recoge el nuevo informe Global Risk Report 2022, elaborado cada año por el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), y que analiza los principales riesgos a nivel internacional en función del impacto y del grado de probabilidad de que ocurran. La nueva edición, que acostumbra a presentarse en la reunión anual de Davos –aplazada por segunda vez consecutiva por la pandemia–, está inevitablemente marcada por las desigualdades entre países en la recuperación económica por el coronavirus y en el proceso de vacunación. 

El cambio climático, número uno del ranking 

El año pasado, la lista de riesgos la encabezaba la crisis sanitaria. Sin embargo, en 2022, los cerca de 12.000 expertos consultados para la elaboración del documento señalan las consecuencias del cambio climático, los desastres naturales –como los incendios forestales, las lluvias torrenciales o las inundaciones que trastocaron el mundo en 2021– y la pérdida de biodiversidad como las tres amenazas más graves a las que deberemos afrontar de cara a la próxima década. “Los costes de no conseguir el objetivo de alcanzar las cero emisiones para 2050 serán enormes”, se explica en el documento. Concretamente, se calcula que no actuar para frenar la crisis climática podría conllevar pérdidas de entre el 4% y el 18% del Producto Interior Bruto (PIB) global, afectando de manera muy distinta a las distintas regiones. 

Una de las principales razones que ha llevado a cerca del 77% de los expertos del Foro Económico Mundial a considerar la inacción climática como el desafío más preocupante para las economías es que no confían en los esfuerzos que se están haciendo para hacer frente al desafío climático. Más bien al contrario: consideran que la mayoría de las medidas de recuperación tras la pandemia están fallando a la hora de favorecer la transición verde como herramienta de estabilidad. ¿Los motivos? Que todavía se otorgan demasiados subsidios a las empresas basadas en los combustibles fósiles y pocos incentivos para que las compañías transformen sus tecnologías y sus maneras de producción en unas neutras en carbono. 

Los costes de la fractura social 

La erosión de la cohesión social también forma parte de la lista de los peligros más acuciantes que tendremos que abordar a corto (en los próximos dos años), medio (entre los próximos dos y cinco años) y largo plazo (entre los cinco y los diez próximos años). Se trata del riesgo que más se ha acentuado con la pandemia, aunque lleva tiempo consolidándose como resultado de “la polarización política, el disgusto, el enfado y la división de la sociedad, la pérdida de empatía y la marginalización de las minorías”. Según recuerdan desde el Foro Económico Mundial, esta pérdida de capital social afecta, no solo a la estabilidad de un país, sino al bienestar de los individuos y, en consecuencia, a la productividad económica. 

Las desigualdades económicas, sociales, tecnológicas e intergeneracionales son también un detonante de la fractura social. Sobre todo porque, no solo se han acentuado en 2020, sino que todo apunta a que se trata de una tendencia al alza. De hecho, según un estudio del Banco Mundial, en 2021 el 20% de la población más rica del mundo recuperó la mitad de las pérdidas del primer año de la pandemia, mientras que el 20% más pobre perdió un 5% de sus ingresos. Además, en 2030, se espera que, en comparación con antes de la crisis sanitaria, 51 millones de personas más vivan en situación de pobreza extrema. 

Pero no hace falta irse al futuro para ser testigos de una desigualdad que afecta a todo el planeta. El ejemplo más claro está, según se menciona en el texto, en las campañas de vacunación contra la COVID-19: actualmente, solo el 6% de la población de los 52 países más pobres del mundo está vacunado. “Estas diferencias crean recuperaciones económicas desiguales y agravan las divisiones sociales preexistentes y las tensiones geopolíticas”, recoge el informe. 

Crisis de suministros, de deuda y de salud mental 

La crisis de suministros que hoy está detrás del desabastecimiento de productos como los chips informáticos, los ordenadores, los coches e, incluso, algunos medicamentos tampoco se escapa del análisis del Foro Económico Mundial. De hecho, la “crisis de medios de subsistencia” ocupa el quinto lugar en el ranking de amenazas de mayor impacto. Aunque ahora se debe a la ralentización de la actividad industrial causada por la pandemia, en el futuro, lo más previsible es que esté ligada a una crisis de recursos naturales –como el agua o los alimentos– provocada por el cambio climático. 

Precisamente, la crisis de recursos naturales, la aparición de nuevas enfermedades infecciosas y el daño medioambiental humano son otros de los riesgos que siguen en la lista. Por último, se incluyen la crisis de deuda y los conflictos geoeconómicos como tendencias de gran impacto en la próxima década. No es para menos: según las estimaciones del Foro, la carga de deuda de los gobiernos que han impulsado medidas para mantener a las empresas a flote y preservar los empleos durante la pandemia es actualmente muy alta, pero alcanzará su punto más crítico entre 2025 y 2027. A corto plazo se le suma otro daño colateral del coronavirus: el deterioro de la salud mental, que es una de las cinco mayores amenazas que nos afectarán en los próximos dos años. Y es que, se calcula que el confinamiento y la crisis han provocado cerca de 53 millones de casos de depresión adicionales a nivel global. 

Todo esto ha llevado a que las perspectivas de los expertos que elaboran el Global Risk Report 2022 no sean, en general, muy halagüeñas. Concretamente, la mayoría de los expertos dicen sentirse inquietos (61,2%) o preocupados (23%) ante las perspectivas del mundo, mientras que solo un pequeño porcentaje tienen una visión positiva (12,1%) u optimista (3,6%).