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Revolución cítrica

En un sector tan marcado por la tradición como el hortofrutícola, la tercera generaciónal frente de esta firma consigue romper los esquemas sin perder de vista los orígenes.

Francisco Vicente y José María Gea Belmonte, propietarios de Belsan Growers. Foto: Yolanda Méndez.

Basta con pasarse por la cuenta de Instagram de Belsan Growers (@belsangrowers) para darse cuenta de que no es una empresa más del sector. Dedicada a la producción y comercialización de cítricos -trabajan con unos 60 millones de kilos anuales, de Murcia y el sur de Alicante, de los cuales exportan el 95%–, sus imágenes, campañas y mensajes resultan rompedores en una industria tan tradicional como la hortofrutícola. Algo que llama mucho más la atención al descubrir que se trata de un negocio familiar, fundado por los abuelos en 1989, que dirige, desde hace ocho años, la tercera generación, los hermanos Francisco Vicente y José María Gea Belmonte. Ambos han sabido combinar creatividad e innovación respetando los valores que sus abuelos y padres defendieron antes que ellos.

Belsan apuesta por la innovación en un ámbito tan estático como el campo. ¿En qué se diferencia la compañía de otras del sector?

En que no competimos donde compite la mayoría. Durante años, el cítrico se ha tratado como una commodity, un producto básico. Y decidimos salir de ahí. Para nosotros, la calidad es el mínimo exigible, no el argumento de venta. Por eso no vendemos fruta, sino que ofrecemos fiabilidad, criterio y continuidad.

¿Cómo se logra esa transformación en un negocio familiar como el vuestro?

Nuestros abuelos Francisco Belmonte y María, construyeron el ADN de la empresa: trabajo, cumplimiento y respeto por el producto. Nuestros padres, Vicente y María Teresa, que siguen hoy trabajando en el negocio, nos enseñaron a crecer sin perder el control. Nosotros lideramos visión y estrategia, pero romper esquemas no significa romper valores. Es llevarlos más lejos que nadie.

De hecho, sorprende vuestra decidida apuesta por la creatividad…

Decidimos hacerlo al entender que ser uno más es la forma más rápida de desaparecer. Pero la creatividad va más allá de la estética: afecta a cómo pensamos el negocio, cómo elegimos clientes, como diseñamos procesos… Es una herramienta de posicionamiento.

«Romper esquemas no significa romper valores. Es llevarlos más lejos que nadie»

¿Cómo se traduce en el negocio?

Supone un cambio radical de posición. Cuando empezamos a ir directos a cliente, sin intermediarios, la empresa entra en una fase de crecimiento muy fuerte. Ya no competimos por céntimos, sino por confianza y capacidad de respuesta. También lanzamos cada año una edición limitada de cajas. O hemos lanzado el proyecto Li, de rodajas de limón deshidratadas, que nos permite competir en otro mercado menos estacional.

Pese a todo, no podemos olvidar los desafíos del sector, ¿cuáles os preocupan más?

Los relacionados con la mano de obra, el clima y la presión sobre márgenes. La diferencia está en cómo se afrontan. Nosotros respondemos con planificación, datos y relaciones a largo plazo.

Menos del 20% de las empresas familiares sobrevive a la tercera generación, ¿cómo tumbáis la estadística?

No intentando ser más listos que nadie, sino sumando generaciones en lugar de sustituirlas. Nuestros abuelos fundaron. Nuestros padres consolidaron. Nosotros proyectamos. Todos dentro y todos alineados.

¿Cuáles serán los próximos pasos?

Estamos construyendo algo que va mucho más allá del cítrico; un holding empresarial y un family office para ordenar, proteger y hacer crecer el patrimonio familiar con visión de décadas. Dentro de esa visión nace Bodega Paraísos Perdidos, en la DO Bullas, donde ya comercializamos más de 20.000 botellas bajo la marca Vida Salvaje y Vermut del Paraíso.

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