BrandVoice

Liceo Francés de Madrid, o cómo vivir la etapa de infantil desde una mirada internacional y humanista

Más de un siglo de presencia en la capital y una comunidad diversa definen el día a día del centro, donde los primeros años marcan el inicio de un recorrido académico y personal a largo plazo.

Hay decisiones que parecen pequeñas hasta que llega el momento de tomarlas. El inicio de la vida escolar es una de ellas. En una ciudad como Madrid, donde coexisten proyectos muy distintos, elegir dónde empezar no responde solo a cuestiones prácticas, sino a la forma en que cada hogar imagina el ritmo y el entorno en el que sus hijos darán sus primeros pasos fuera de casa.

La etapa de infantil ha dejado de percibirse únicamente como una antesala académica para convertirse en un espacio con identidad propia. Más que anticipar lo que vendrá después, inaugura nuevas rutinas y una forma distinta de organizar el tiempo: aprender a relacionarse, descubrir el lenguaje y construir curiosidad desde lo cercano, mientras muchas familias redefinen también sus propios equilibrios entre horarios, trabajo y vida personal.

Dentro de ese ecosistema escolar, el Liceo Francés de Madrid, con más de 140 años de presencia en la ciudad, reúne a alumnos de múltiples procedencias culturales, más allá de la imagen que durante años lo vinculó casi exclusivamente a familias francesas. Hoy, su comunidad incluye también a numerosas familias españolas que forman parte del centro desde hace generaciones, reflejando una trayectoria marcada por la diversidad y la continuidad. Sus aulas de infantil funcionan como un primer contacto con una educación internacional donde el aprendizaje plurilingüe se mezcla con la convivencia diaria y donde empezar el colegio se vive como un proceso gradual, no como un cambio brusco.

Una elección con perspectiva

Hoy, el contexto social también influye en cómo se vive ese paso. Padres y madres que deciden más tarde, agendas profesionales consolidadas o incluso abuelos que participan activamente en la elección convierten ese inicio en una conversación compartida donde la educación forma parte de un proyecto familiar más amplio. La tradición internacional del Liceo Francés de Madrid reconocida por su exigencia académica, su mirada humanista y una forma de entender la educación que trasciende lo puramente lingüístico— aparece entonces para muchos como una elección lógica dentro del panorama educativo de la ciudad.

Esa etapa se vive de otra manera cuando se desarrolla en un entorno donde conviven lenguas y referencias culturales diversas. En el Liceo, el francés y el español vertebran el día a día desde los primeros años, mientras el inglés ocupa también un lugar esencial dentro del proyecto educativo. Todo ello se integra en una dinámica natural en el aula que, con el tiempo, incorpora otros idiomas —como el alemán o el italiano— ampliando el horizonte cultural de los niños.

Más allá del lenguaje, también se comparten referencias, acentos y formas de mirar el mundo que se mezclan espontáneamente en el juego y la conversación. En un campus como el del Liceo —con sedes en Conde de Orgaz (Plaza del Liceo, 1, Madrid) y La Moraleja (Camino Ancho, 85, Alcobendas)—, donde los espacios abiertos, la lectura y las actividades culturales forman parte del paisaje diario, el aprendizaje se construye desde gestos pequeños que acompañan el crecimiento sin prisa.

Con el tiempo, empezar el colegio termina reorganizando también la vida fuera del aula. Nuevos horarios, pequeñas historias que vuelven a casa o canciones que se repiten sin darse cuenta empiezan a formar parte de la rutina. Son detalles discretos, casi imperceptibles al principio, que terminan construyendo una sensación de pertenencia: la escuela deja de ser un lugar desconocido. Quizá por eso, el inicio escolar sigue siendo un punto de inflexión: no tanto por lo que cambia fuera, sino por la manera en que transforma la mirada de quienes lo viven por primera vez.

Artículos relacionados