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Si la OTAN dejara de existir: riesgos, oportunidades y escenarios futuros

En este sentido, este artículo de fantapolítica puede servirnos como ejercicio de reflexión sobre distintos escenarios posibles, casi como si estuviéramos ante un episodio de Black Mirror y tuviéramos que elegir el próximo capítulo de la política internacional.

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Vivimos tiempos geopolíticos profundamente complejos y preocupantes. No solo por la cuestión de Groenlandia, que genera inquietud creciente, sino porque los conflictos en el mundo se multiplican: desde Oriente Medio hasta Venezuela; pasando por las ya clásicas tensiones entre China y Taiwán; por una América Latina que vuelve a situarse en el radar de las ambiciones estratégicas de Estados Unidos; por la guerra entre Rusia y Ucrania; y por un África que, lejos de los focos mediáticos, sigue ardiendo en conflictos que parecen interminables: Somalia, Sudán, Etiopía.

En este contexto observamos un aumento constante de los presupuestos de defensa, escuchamos hablar de una “carrera armamentística”, de escaladas nucleares y de una nueva fiebre por los búnkeres tecnológicos. La política internacional se mueve entre miedos reales y escenarios imaginarios y distópicos que, al final, no están tan lejos de la realidad.

En este escenario tan fragmentado y multitudinario, las variables son prácticamente infinitas y los actores políticos tan influyentes como imprevisibles. Aún no sabemos hasta qué punto los líderes europeos seguirán viéndose condicionados por la personalidad de Donald Trump, por los aranceles y por decisiones económicas que llegan desde el otro lado del Atlántico. Emmanuel Macron fue uno de los primeros en alzar la voz en Davos, afirmando: “Preferimos el respeto a los matones” y advirtiendo que “el mundo se desliza hacia la ley del más fuerte”.

En este sentido, este artículo de fantapolítica puede servirnos como ejercicio de reflexión sobre distintos escenarios posibles, casi como si estuviéramos ante un episodio de Black Mirror y tuviéramos que elegir el próximo capítulo de la política internacional.

Lefteris Farmakis, estratega de divisas (FX) de Barclays, ha comentado recientemente la situación de Groenlandia en el marco de las crecientes tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y Europa. Farmakis subrayó que un deterioro significativo de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea hasta el punto de una eventual salida estadounidense de la OTAN “impondría una prima negativa al euro”. En otras palabras, la moneda europea se depreciaría de forma notable en un escenario de ruptura profunda de las alianzas históricas.

Entre la fantapolítica y el análisis

El escenario en el que Donald Trump decidiera sacar a Estados Unidos de la OTAN y, al mismo tiempo, anexionar Groenlandia representaría una de las crisis geopolíticas más graves desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué podría ocurrir desde el punto de vista jurídico y político? La anexión de Groenlandia supondría, de facto, una ruptura frontal del Artículo 5 de la OTAN, dado que Groenlandia es territorio soberano de Dinamarca, país miembro de la Alianza.

Los aranceles punitivos, las consecuencias comerciales y el fin de un pacto histórico nacido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial obligarían al mundo a replantearse la geopolítica en su versión más cruda y realista. Podríamos asistir a una reacción de rebeldía por parte de los líderes europeos, al rediseño de fronteras estratégicas, a la búsqueda de nuevos socios comerciales y a la apertura de escenarios bélicos hasta ahora impensables.

Muchos analistas ya interpretan las maniobras de Trump entre aranceles y nuevas ambiciones territoriales como una auténtica guerra híbrida dirigida, paradójicamente, contra sus propios aliados. La América de Trump parece estar replegándose sobre sí misma, regresando a su continente. Aún no está claro a qué precio. Su objetivo declarado es reforzar a Estados Unidos; la OTAN no parece ser su prioridad, ni tampoco la estabilidad de las alianzas tradicionales.

¿Estaría Europa realmente a salvo en un escenario de disolución de la OTAN?

La respuesta, al menos en el corto y medio plazo, sería claramente negativa. La arquitectura de seguridad europea presenta debilidades estructurales profundas: la ausencia de un mando militar unificado, la disparidad extrema en los presupuestos de defensa entre los Estados miembros y, sobre todo, una dependencia histórica de la tecnología militar, la inteligencia estratégica y la disuasión nuclear estadounidense. Sin el paraguas de la OTAN, Europa quedaría expuesta a un vacío de poder que podría traducirse en una fragmentación de sus políticas de seguridad, con cada país actuando de manera autónoma para proteger sus propios intereses.

Este escenario aumentaría de forma significativa el riesgo de conflictos regionales. La alternativa de una aceleración forzada hacia una Defensa Europea común tampoco estaría exenta de riesgos: requeriría plazos largos, generaría fuertes tensiones políticas internas entre Estados con visiones estratégicas divergentes y, en sus primeras fases, carecería de credibilidad militar real. En este contexto, el fin de la OTAN obligaría a Europa a enfrentarse a una decisión histórica: aceptar la irrelevancia estratégica en el nuevo orden internacional o avanzar hacia una integración forzada en materia de defensa, a todo costo.

El impacto sobre los mercados globales sería inmediato

La desaparición de la OTAN provocaría una reacción de pánico en los mercados financieros, con caídas abruptas en las bolsas internacionales y una volatilidad extrema en sectores clave como la energía, los seguros y el transporte, todos ellos altamente sensibles al riesgo geopolítico. En paralelo, los inversores buscarían refugio en activos considerados seguros, impulsando al alza el precio del oro y fortaleciendo divisas como el dólar estadounidense o el franco suizo. A medio plazo, el mundo podría deslizarse hacia una economía estructurada en bloques geopolíticos rivales, con cadenas de suministro fragmentadas, mayores barreras comerciales y una creciente militarización de la economía global.

El papel de China en un mundo sin OTAN

En este escenario dominado por hipótesis y fanta-política, China representa, quizá más que ningún otro actor, una gran incógnita. La desaparición o el debilitamiento de la OTAN abriría un espacio geopolítico en donde Pekín podría aprovechar.

China podría presentarse como una potencia estabilizadora y pacificadora, promoviendo un discurso basado en la no injerencia, el respeto a la soberanía nacional y la cooperación económica como alternativa al modelo occidental de alianzas militares. Esta narrativa podría resultar atractiva para numerosos países, especialmente en África, América Latina y parte de Asia. A diferencia de Estados Unidos, su proyección de poder no se basaría principalmente en bases militares o pactos de defensa colectiva, sino en una combinación de poder económico, diplomacia silenciosa y presión estratégica a largo plazo. En este sentido, algunos analistas podrían ver en China a un “nuevo Estados Unidos”, aunque con una diferencia fundamental: las profundas divergencias culturales.

En cualquier caso, conviene subrayar que todos estos escenarios siguen siendo, por ahora, ejercicios de especulación. La política internacional rara vez sigue guiones preestablecidos y, pese a las tensiones actuales, el sistema global continúa sustentándose en equilibrios frágiles.

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